No pido otra cosa: el cielo sobre mí y el camino bajo mis pies.

Robert Louis Stevenson

En la radio suena su canción, una balada tímida, mediocre. La mujer se acomoda a la derecha de la cama, boca abajo, le lanza una mirada cómplice, “sigue” dice.  El hombre se estira como un gato, transpira, le acaricia la espalda con sus manos, despacio. Las conciencias se funden por un instante, revolotean en el aire como mariposas heridas, dan giros, se apropian de las silabas de la canción, de su ritmo. Gimen, colapsan un par de segundos al unísono, se acuestan juntos, después de algunos besos se quedan profundamente dormidos.

Son jóvenes, se aman, es su aniversario, el cuarto, quizás el quinto, no llevaron la cuenta con juicio. Sueñan escenarios similares, mejores cosechas, una casa grande, la alegría de los futuros hijos.

Afuera el campo renace, palpita como los brillos del rocío que se resbala sobre las hojas y los pétalos. Amanece, el día es soleado, el cielo cristalino.

Un pájaro azul picotea cerca de la ventana, canta. El hombre despierta, aperezado. Se prepara. Todos los días tiene que trabajar duro, muy duro… es jornalero, recogerá la siembra. Pero luego será el patrón de su propia finca, sí, está completamente seguro. Antes de partir le echa un par de monedas a su alcancía, se limpia el café que le ha empapado el bigote y se despide de su esposa:

—… Hoy regresaré un poco tarde, voy a la fonda de don Iván a tomarme unos vasos de ese licor de naranja que le regaló el primo de la ciudad. Te amo.

La esposa lo mira alejarse desde la puerta. Susurra una pequeña plegaria, tiene un presentimiento. La nubecilla de polvo alcanza a colarse, con una enorme mochila en su espalda, y asegurándose el sombrero con una mano, sale el marido, a bordo de una motocicleta destartalada.

Por el camino saluda y es saludado.

En la avenida, a dos kilómetros de donde se encuentra el campesino en su motocicleta, un grupo de uniformados prepara un retén.

—¡Rápido, hombre, que no tenemos todo el día!—dice uno de ellos, el jefe.

Los demás asienten de mala gana. Son un grupo pequeño, han viajado a bordo de un camión grande, están hambrientos y de mal humor, habrá sido el calor que hace debajo de la lona negra del compartimiento de carga. Viajar en esas condiciones puede hacer que cualquiera se sienta como una bestia y se comporte como tal.

El segundo al mando es un hombrecillo sucio, de barbas ralas y de un cabello crespo y corto que da la impresión de ser un trozo de paja enmarañada. Está sentado al borde de la carretera, lustrando su fusil mientras fuma un cigarrillo. Los demás uniformados han terminado de poner los conos del retén. Permanecen un par de horas operando.

A las cinco y media de la tarde, el campesino prende la moto destartalada, desea probar el vino de naranja y saludar a Iván, a quien no ve hace varios meses. Solo será un vaso y un rato de conversación, piensa, porque le toca conducir y puede que el licor en verdad sea fuerte, mañana hay que secar los granos al sol…  va por el camino de la vía nueva, la avenida tres de julio, como la bautizó el alcalde, a sus dos costados se levantan incontables árboles autóctonos y flora invasora. Ya oxidada y algo más altas de lo usual, se tensaron, las cercas de alambres de púas que son escaladas por las enredaderas a cada hora que pasa.

El horizonte enrojece en un tumulto nuboso como un bosque de vapores incendiados.

El segundo al mando se ha parado en medio de la carretera, releva a otro a uniformado, mira el reporte, se descuelga el fusil y apoya la boca de este en la carretera, la espalda le duele, su pecho delata una tos dolorida por los abusos a lo largo de los años.

Cuando paró al campesino hablo con un tono frío, distante y autoritario.

—Documentos —dijo sin más.

Cuando hubo hecho la revisión agregó:

—Baje, le haremos requisa.

El campesino se puso de píe, algo temeroso.  Dos uniformados más se acercaron, el uno le quitó el bolso, lo tiró al suelo y comenzó a escarbarlo furiosamente, el otro retiró la moto al costado izquierdo de la carretera, a pesar de la brusquedad, el campesino quería creer que se trataba de una inspección de rutina. Detalló los uniformes, en busca de alguna insignia, un logo, algo… pero nada, las botas de los hombres se veían viejas y peladas como cueros quemados por el sol y carecían de esa pequeña placa metálica que suelen llevar los militares. El campesino comenzó a sudar y tuvo que esforzarse para que los temblores no se apoderaran de sus piernas.

—Nada, patrón, este no trae nada.

—La moto apenas si funciona. —dijo el otro.

—¿Profesión? —sentenció el segundo al mando mirando al campesino.

Los comentarios de los hombres lo desconcertaron, no oyó la pregunta del segundo. Un culatazo se estrelló en su rodilla.

—¿PROFESIÓN? —repitió el segundo, con el fusil en alto, a la espera de atacar de nuevo.

—¡Jornalero!…, ¡Soy jornalero!

—¡De pie!; ¡desvístase!

Dolorido y entre lágrimas, el campesino trata de cumplir la orden.

Otro uniformado toma las prendas que van quedando esparcidas por el suelo y las arroja en el compartimiento de carga del camión. El campesino queda completamente desnudo, y humillado, trata de cubrir sus genitales mientras permanece cabizbajo. El segundo al mando improvisa un discurso, dice que tomarán la motocicleta y las pertenencias para fines de la revolución: …siéntase honrando por colaborar en esta causa, la más noble de todas. Los otros uniformados afilan la mirada, permanecen quietos y en silencio, como a la espera de la siguiente orden.

Un hombre se baja del asiento del conductor del camión, su uniforme está en mejor estado que el de todos los demás. Es un hombre negro, calvo, de mirada impasible.

—Rompan files, —dice al llegar— ¿Por qué carajos hacen tanto ruido?

El segundo da un paso al frente.

—Ya nos íbamos, señor. Ya terminamos con este, tenemos una moto y las llaves…

—Bien, ya sabe que hacer.

Recogen los conos de la carretera, suben la moto al camión mediante una rampa, por un momento, parece que ignoran al campesino desnudo. Hasta que el hombre negro lo llama, le dice que por favor lo acompañe al cultivo, al lado izquierdo de la carretera, porque tiene que contarle algo. Cuando llegan a la cerca el hombre negro corta un segmento con un solo movimiento de su machete. Los otros uniformados esperan, con el motor ya encendido.

Al cabo de unos minutos, se escucha una detonación.

A un par de kilómetros, la esposa despierta sobresaltada. En la radio suena una canción conocida, un tango que habla sobre el dolor y la distancia. Ella se sienta en el borde de la cama y susurra una pequeña plegaria, recién ha anochecido, pero ahora tiene el mismo presentimiento.

Cristian Felipe Leyva Meneses

(Armenia, Quindío, Colombia, 1997) Músico, Poeta accidental y Escritor. Participó en dos antologías de microrrelato, Porciones del Alma IV (2018) y Academia para escritores II (2019). Ha sido colaborador en varias revistas y fanzines alternativos, entre ellos destaca Revista Telescopio, Revista extrañas noches literatura visceral, Seatle Escribe, ERRR Magazine y Revista del absurdo.

Blog Personal: https://corpusfelipegarnifex.wordpress.com/

Ilustración: Eduardo Naranjo.

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Escrito por Colaboradores Mandrágora

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