No hace mucho me encontré en una charla llamada Qué chilero ser chapín, acaso porque tengo un magnetismo con el hubris. Los conferencistas eran Otto Wolf y Álvaro Gámez, autores de aquel libro de fotos que recolecta polvo en los coffee-tables clasemedieros, ilustrando las tradiciones más coquetas del ladinismo con el título Nostalgia guatemalteca. Durante una hora, Wolf y Gámez nos repartieron docenas de razones para «amar a Guatemala y enorgullecernos de nuestras raíces». La gente reía mientras el dúo formaba oraciones sobre chuchos colochos y patojos chispudos. Lamentablemente, no tuve tiempo para levantar mi manita y pedir que me explicaran este chiste.

Primero quiero aclarar que mi pleito con el concepto del orgullo chapín no tiene nada que ver con las estadísticas pesimistas que les encantan a los periodistas: desnutrición, analfabetismo, desempleo, violencia, pobreza extrema, maternidad infantil, y eso. Ya todos lo saben y a nadie realmente le importa. El inconveniente que yo veo en el fervoroso chapinismo es más sencillo: es otra cuestión de realismo.

A continuación, una breve lista de algunas cosas que Wolf y Gámez nos invitan a valorar como parte de nosotros:

  1. El chocolate
  2. La numeración maya
  3. Los paisajes
  4. El segundo himno nacional más hermoso del mundo
  5. El quetzal

Imagino que todas estas opciones les regalaron una bonita foto para el libro, pero no elaboran de ninguna forma sobre la realidad de un guatemalteco promedio. Y no me refiero al conocimiento de la memoria histórica ni nada así. Imaginen un típico guatemalteco, desayunando su Coca-Cola, pidiendo copia para la tarea de Cálculo de la U porque la mate no se le da. Imagínenlo atascado en tráfico citadino durante 4 horas al día, tarareando el último hit de Bad Bunny mientras un zanate le decora el espejo de la moto. La gloriosa estirpe de Tecún Umán trabaja de 8 a 6 en un call-center. No sabe de astronomía y sistemas númericos vigesimales. Nunca ha visto un quetzal volando. Comparte fotos de paisajes con versículos, pero nunca va. No sabe qué rayos significa la lealtad peregne o para qué sirven las aras que el verdugo no debe profanar y eso.

La publicidad suele explotar esta imagen idílica del guatemalteco pueblerino, hablando «como la abuelita», bajando la cabeza y llenándose de carbohidratos. Corre por ahí esa obsoleta cadena de correo donde rezan que «el guatemalteco no enamora: cantinea…» Y a la fecha no entiendo qué valor están tratando de salvar. ¿Qué clase de orgullo exhortan las palabras con ch? ¿Qué mérito tiene comerse un shuco? ¿Para qué sirve un himno lleno de metáforas sosas que nadie entiende?

No tiene ningún sentido que romanticemos nuestro canastito del sastre: la sociedad ignorante, homofóbica, racista y conformista que se perpetra en el nombre de la Biblia y la bandera. Pareciera que el verdadero chapín es aquel que se rehúsa a crecer y madurar, pero que con mucho gusto compra su identidad en una bolsita de frituras, una banderita plástica para el carro y un librito de fotos con arcaísmos cursis. La verdad: no le veo lo chilero.

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Escrito por Angélica Quiñonez

Guatemala 1990 - Licenciada en Comunicación y Literatura - Columnista - Comediante

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