Voy a admitirlo:

era lindo, a veces.

Cuando pienso en los típicos atardeceres llovidos

y el bar atestado,

muero por morderte la lengua

con el gusto de una vulgarísima mandarina.

Juro que la paz

–finalmente–

la entendí cuando

me desarmaste.

Recorrimos este mundo

y los otros

sin siquiera abrir la puerta

ni encender el auto.

Jamás decías que me amabas,

pero yo sabía que era cierto de vez en cuando.

(Ni siquiera los profetas

creen en el amor absoluto–

y ni vos ni yo

tenemos vocaciones redentoras.)

Caminábamos hasta tu puerta

y nos despedíamos de a mentira.

Y está bien: no era feliz

pero con mucha suerte puedo decirte que no estaba triste.

No como antes, al menos.

 

 

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Escrito por Angélica Quiñonez

Guatemala 1990 - Licenciada en Comunicación y Literatura - Columnista - Comediante

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