Me costó mucho dejar de decir “seño” y empezar a decir miss, mientras se burlaban de mi acento en español, no digamos en inglés. Dormía llorando extrañando mi casa, a mis hermanos, a mi perro, algunos amigos y a la tranquilidad. También extrañaba a mis papás, pero era un sentimiento ambivalente, mezclado con todas esas cosas que pasan en la adolescencia. Le dije a mi papá que me quería regresar, que no quería levantarme más a las 4:30 para esperar el bus y regresar a la casa de mi tía casi al atardecer, que no me importaba perder el año, pero que ya no quería estar acá. Me contestó que bienvenida al mundo real y que más me valía que me fuera acostumbrando. Cuando llegaba de vacaciones empecé a dejar de entender muchas cosas. Nunca me gustó andar en moto, siempre tuve mucho miedo de accidentarme y es que he ido a suficientes funerales por esa causa. Y la cosa es que a falta de cualquier tipo de entretenimiento, el rollo es andar en moto en el circuito. Siempre anduve caminando, aunque viviera “lejos”, la pasaba bien así. Dejé de entender ciertas expresiones, dejé de entender porque se hacían ciertas cosas de una forma. Dejé de tener sentido de pertenencia. Y eso es algo muy complicado porque entonces la crisis de identidad se acentúa. Pero en el colegio estaban otras como yo, que se esforzaban al doble para ganar bien las clases y han aprovechado las oportunidades para seguir estudiando y crecer como las hermosas personas que son. Es muy irónico, cuando he ido a las casas de algunos novios, sus madres siempre les dicen que tengan cuidado conmigo, porque seguramente salí de mi pueblo para conseguir marido que me mantengan. Las chicas de pueblo que conocí en el internado han hecho exactamente lo opuesto. Después regreso y cuando regreso, solo llego para percatarme que no es mi lugar. Luego vienen los comentarios, tipo “no pareces de pueblo”, ¿cómo se supone que debería verme? Tal vez sea el clasismo o el elitismo capitalino que lo único que conoce es Tecpán y piensa que ser de un departamento es sinónimo de ruralidad y la ruralidad es atraso y es lo peor que le puede pasar a alguien “civilizado”.

Me alegra mucho haber pasado mi infancia entre ríos y montañas, no en medio del tráfico. Mis abuelas me enseñaron a nutrirme con montes, a ir al molino y a maravillarme por el verdor después de las lluvias. También a trenzarme el pelo, para que no se me fuera a enredar en el molino o para que el sombrerón no me fuera a enamorar. So pena no haberles hecho caso cuando iba al taller de la u y me hice tresmierdas la cara porque se me enredó el motor del barreno entre el pelo. Luego regreso y me doy cuenta que no entro en el parámetro departamental de lo que sirve, porque allá  es útil haber estudiado medicina o ingeniería. Lo demás es perdida de tiempo y es un “¿y para esto te fuiste del pueblo?”. Aún siendo yo, un ente chachalaquero y un tanto imprudente, nunca me deja de sorprender la falta de filtro de mis paisanos. Hace unos meses le tuve que contestar a una cñora que si quería saber la vida privada de mis papás (separados) que les fuera a preguntar a ellos, que sabe bien en donde viven y trabajar, que así se dejaba de rodeos y averiguaba bien todo el chisme. Otra señora a la que he visto nomás un par de veces me dijo que era una pena que yo no siguiera los pasos de mi papá y que ojalá al menos me casara bien.  Hace unos años me dejó de dar pena “ser de pueblo” y empecé a visitar mi hogar tanto como me era posible. Recuerdo bien a los amigos de mi ex burlándose de mi, diciéndome “la negra”, para luego tacharme de loca resentida porque me negaba a salir con ellos o llegar a sus casas para celebrar fin de semestre o algún cumpleaños. Estoy sentada tranquilamente en el  centro cultural cercano al Palacio Nacional y llega un bolo imprudente a decirme a mi que me falta pueblo. Porque estamos en una especie de olimpiadas del oprimide y quien (imaginariamente) tenga “menos” puede señalar más. Y bueno, yo, diseñadora de u privada, blanca para cierta pigmentocracia, soy más privilegiada que él, aunque él sea hombre y citadino. Entonces él se toma a la tarea de explicarme como dejar de ser burguesa. Con toda la estima que se merece Facundo Cabral, pero es más complicado que decir “no soy de aquí ni soy de allá”.

Gracias a mi tesis de Lingüística, descubrí un poquito más sobre la historia de migración, pobreza, marginalidad, desplazamiento y conflicto. Lo que pasa es que la misma antropología guatemalteca nos ha hecho creer que los pijeos están en otro lado, invisibilizando a toda la región oriental. Pero luego recuerdo que tuve que borrar a mis contactos jalapanecos, porque a cada rato le iban a decir a mi papá que soy satánica y comeniños, que qué cosas tan feas las que pongo en mi feis y sinceramente, si no puedo disfrutar del aire fresco y de la tranquilidad de caminar entre árboles, no pienso pagar la cuota de chismes y diretes absurdos que implica vivir en el pueblo. Por ratos la incertidumbre me embarga, el trato hacia mi persona depeden del lugar y de lo que este haciendo. Después de cada elecciones veo con total desesperanza y tristeza los resultados de mi departamento.

Y pienso yo, si usted votó por Otto Pérez Molina, por Jimmy Morales y ahora va a votar por Giamattei, busque algún libro de historia. Si tiene tiempo e internet para decirle a mi papá que soy una lesbiana marihuanera feminazi (y a mucha honra) bien que podría hacerse cargo de sus decisiones políticas.

De enero a junio estuve en un seminario de racismo y para mi fortuna trabajé monitoreo de racismo en redes sociales para MAG. No pasó mucho tiempo para que me saltaran los perfiles de chicas de oriente diciendo cosas propias de un nazi. Causa tristeza pero también lo repudio. Lo repudio especialmente porque yo tenía actitudes homofóbicas y racistas. Bendita deconstrucción, dirían en el tuiter, que la vida, la paciencia de mis amigxs y las reflexiones me han hecho cambiar. Oiga no pasa nada.

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Escrito por Editores Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014. Es una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Publicamos narrativa, poesía, reseñas, opinión y crítica de arte.

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