1 Mucho me estremeció enterarme que el poeta nicaragüense Francisco Ruiz Udiel tomó la decisión de suicidarse durante la primera madrugada del 2011. Tenía 32 años, dos libros en su haber y formaba parte del consejo editorial de la revista El Hilo Azul. Gozaba de la estima de Sergio Ramírez y Ernesto Cardenal; reverenció a la poeta Claribel Alegría como su Maestra y siempre se refirió a ella como Su Majestad.

            Para conseguir la obra de Francisco hay tres opciones: 1) viajar a Managua y buscar la librería propiedad de Salvadora Navas, situada frente a la Universidad Centroamericana y cerca de la parada de los microbuses que van a Masaya y Granada; 2) que de repente, por esos azares, asome un ejemplar ofertado a cinco quetzales en las ventas de libros usados; 3) la visita anual de los representantes del Centro Nicaragüense de Escritores a la Feria Internacional del Libro de Guatemala. Hace tiempo tuve a la mano una muestra bilingüe español-inglés con 30 poemas de Francisco, pero no la compré. Si me interesa algún escritor no me contento con la selección hecha al gusto y capricho del recopilador: quiero la obra completa. Después tendría harta ocasión de arrepentirme, pues en años sucesivos no trajeron libros de Francisco y «aunque sea tuviera esta antología» me dije.

            Ahora buscaron entre la bodega del sello Anamá Editores para traer algunas copias de Alguien me ve llorar en un sueño, el primer libro de Francisco, ganador del I Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven convocado en 2005. Retuve mi ejemplar como si alguien quisiera arrebatármelo y ahora lo tengo a la par, mientras lo reseño.  

2 Los suicidas, está de más copiarlo, nos dejan a los sobrevivientes con un montón de interrogantes. A veces aceptamos que tuvieran los arrestos para ponerle fin a su condición humana, otras les reprochamos que se guardaran sus broncas para sí mismos y llegamos a pensar que fueron egoístas. De ser artistas, comienza la búsqueda e interpretación de los guiños y señales que se detecten entre sus versos, sus canciones y sus escritos en prosa.

            Aparte, el suicidio de artistas es poco frecuente en el medio centroamericano. Ahí está el caso aislado del pintor Carlos Valenti. Otros aceleraron su ahogaron en alcohol, como pasó con el poeta Roberto Monzón y el pintor Juan Antonio Franco. Marco Antonio Flores, al cansarse de vivir, agarró su carro, salió de su casa en la avenida Petapa y fue a accidentarse en Santa Rosa. Sobra apuntar que la violencia estatal, la delincuencia y los percances interceptan la trayectoria vital de los artistas, sea en plena juventud, durante la madurez o la ancianidad.

            Comienzo a hojear el poemario de Francisco y encuentro el poema «Alguien busca despertar»:

Estás luchando por despertar

de esos fútiles y menores detalles

que te absorben el sueño,

como la rendija que dejó abierta

la rabia en vos y fue aguja

sin respiro en tu pecho.

Desde ese día tu memoria

te forzó a un juego

continuo del pasado,

te acostumbraste a observar

los mismos rostros,

a nombrarlos, madre, hermano;

inventaste un orden familiar

para justificar el incidente

de tu mirada asestada en el techo.

Hablando de pistas, guiños y señales, Francisco declaró el trato que debía recibir su cuerpo al meterlo dentro del ataúd en «Alguien entra a la muerte con los ojos abiertos»:

Por favor, cuando yo parta

no me cierren los ojos,

no me maquillen el rostro como un cadáver

que aparenta estar vivo,

no me disfracen con saco y corbata

pues la muerte no compra etiquetas,

no me vistan de honor, no lo necesito,

no me pongan mordazas en la boca

ni algodones en la nariz;

no me dejen sin sentido.

            Por ahí rondan las poetas Anne Sexton, Sylvia Plath y Alejandra Pizarnik, muertas por mano propia las tres, nacidas entre 1928, 1932 y 1936. Tal encadenamiento le hizo concluir a Francisco que «Cada cuatro años nace una poeta suicida»:

Cada cuatro años a la muerte

se le irritan los ojos.

Sabemos que ha llorado, lo sabemos,

pero callamos.

Sabemos que también busca algún vientre

y como ella no tiene el privilegio de la carne materna

aferra entonces sus fríos y delgados dedos en el primer ombligo que encuentra.

Ya no tuvimos más libros de Francisco; a cambio están las opciones de encontrar, leer y releer las páginas que dejó publicadas. Desde que se vio aquejado a temprana edad por la «literatosis» –palabra ideada por Juan Carlos Onetti para definir la entrega a la lectura y la escritura; Francisco la utilizó para bautizar al grupo literario que fundó cuando estudiante universitario– supo incorporarse a la tradición de la poesía nicaragüense. Su voz sigue resonando entre nosotros.

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