Es cierto que prefiero los versos breves. Quizá es la manera en que me quiebran lugares comunes la palabra precisa y el silencio que se fusionan en constelaciones paralelas, a las mías y a las de otras miles de gentes en cualquier sitio de este cruel y pequeño mundo cuando simulan ventanas con lluvia.

A pesar de mis inclinaciones y gustos, encuentro en el primer poemario de Angélica Quiñonez, Teoría de cuerdas, ciertas tensiones que se agradecen, porque recuerdan todo aquello que es reflejo-espejo del ser sensible:

“Hoy podría rozar tu mano para destejer la realidad,
y reírme de lo absurdas que son las promesas y los pretéritos”. (Absolutos)

Me fue difícil sumergirme en este cuerpo poético, pues el poema que abre el libro, “Escribí una carta de amor para Percy Bysshe Shelley”, me recordó la primera vez que conocí en persona a Angélica: fue una verborrea de ideas y teorías; casi no hubo silencios, pero sí argumentaciones hiladas y agudas. Lo cual supongo como hábito de quien teje comedia, escritura y otras artes para manejar públicos varios, algo que pocos escritores concilian y son capaces de hacer.

Son escasos también quienes pueden decir tanto con más palabras: las bien elegidas sin que sobre ninguna. Teoría de cuerdas exige, y eso también lo aplaudo. Exige al lector lecturas y placeres. Me encanta el manejo del voseo: es honesto y limpio.

Angélica moldea y digita en cuentas matemáticas espaciales y en espiral  teorías sensuales  (un instinto sapiosexual quizá), que acompasa pérdidas: las humanas, las del tiempo y sus constelaciones.

Hay imágenes con dulzura nostálgica y desesperanzada como la sensación de una inmensidad, cuando la oscuridad se desvanece o aparece porque se puebla de lo imperceptible:

“Hay tanto de vos en todo lo que me toca,
tanto de tus ojos en el sol”. (Si no será la soledad)

“Se me ocurre entonces que el hastío existe
en los espacios que no ocupás vos.
Y repito bajo mi aliento tu nombre, 
para que el tiempo se vuelva música”. (La rareza de los domingos)

“Nadie me creería si les contara 
cómo se me escarchan las venas 
si recorro el mismo camino de piedra 
donde las horas fracturaron el asfalto, 
donde me maldijo tu beso, 
donde todo era más hermoso si lo iluminabas vos”. (Monstruo)

Coincido en que los domingos son días muy raros, que los monstruos acechan en las esquinas de minutos inexistentes con rostros de amantes que no volverán. Coincido en que la poesía reza universos y nombra las cosas rotas, y que todo depende de la tensión exacta en la palabra para que sea una teoría a la cual regresar, revisitar y resentir, en su amplio espectro de significados.

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Escrito por Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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