Comienzo a darme cuenta:

la mano que escribe los versos ha envejecido.

Ha dejado de amar

las arenas en las dunas,

las tardes de lluvia menuda,

el rocío matinal de los cardos.

Prefiere ahora las sílabas de su aflicción.

Siempre ha trabajado más que su hermana,

un poco mimada, un poco perezosa, más bonita.

Le ha tocado siempre la tarea más dura:

sembrar, coger,

coser, fregar. Pero también acariciar, es cierto.

La exigencia, el rigor, terminaron por fatigarla.

El fin no puede tardar: ojalá tenga en cuenta su nobleza.

***

Eugénio de Andrade fue un poeta portugués. Recibió el Premio Camoes, el más importante de las letras portuguesas.

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Escrito por Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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