Por Asmara Gay

Me imagino que al leer el título de este ensayo algunos de ustedes se preguntarán por qué lo he nombrado “La poética del lector”, pues, aunque el término “poética” evoca de alguna manera a la poesía como género literario, en realidad se refiere a otra cosa. Concretamente, “poética” sugiere el modo de ser del quehacer literario; es decir, apunta a la praxis del creador. Quien conozca la palabra “poética” (y quien no la conozca lo sabrá al leer estas líneas) sabe que deriva del vocablo griego ποιησις (‘creación’), y que dentro de la historia de la literatura esta palabra ha sido usada para indicar dos cosas:

  1. La primera: que la literatura es un arte y, en ese sentido, como cualquier arte, tiene reglas de composición. El que la “poética” se refiera a la composición proviene de Aristóteles (Poética), quien con esta palabra trataba de sistematizar una serie de textos de creación literaria que se producían en su época e intentaba elaborar una noción que separara el arte literario de otras obras escritas con métrica, pero cuyos temas eran médicos o musicales. Además, para “el lector” —como llamaba Platón a Aristóteles— era importante exponer en este tratado sus consideraciones sobre lo correcto e incorrecto, lo pertinente y lo no pertinente en cuanto a los recursos literarios que usan los escritores. Así, desde el siglo IV a. C., la poética está ceñida a una visión de la composición literaria. Tres siglos después, un latino compuso una epístola al cónsul Lucio Pisón y a sus dos hijos con el fin de instruirlos en el arte de la poesía. Esta Epístola a los pisones, escrita por Horacio, que se conoce más como Arte poética, establece lo que debe tener en cuenta el escritor para su oficio: la unidad en el arte, la belleza, la imitación de los creadores griegos, el uso del lenguaje, los tipos de versos y el efecto de una obra literaria en el lector. Los siglos que vendrán son un reflejo de estas dos miradas del arte literario: Beda el Venerable (siglos VII al VIII) introduce con su Arte métrica la teoría del ritmo en la poesía, Mateo de Vendôme (s. XII), Gervasio de Melkley y Godofredo de Vinsauf (s. XIII) crean artes poéticas destinadas a la composición de obras en verso, que incluían algunas cuestiones de carácter teórico, como fórmulas de comienzo y de cierre de un texto, procedimientos para alargar o acortar las frases, recomendaciones para desarrollar el estilo de los autores y para usar las figuras retóricas con las que se puede crear poesía (Cfr. Beristáin, 1998, pp. 432-435).

Este significado de la poética tiene su clímax y, por lo mismo, su declive con la publicación del Arte poética de Nicolás de Boileau (s. XVII). Compuesta también en verso, recupera lo expuesto en las poéticas precedentes que tuvieron gran influencia de Aristóteles y Horacio. Con Boileau y sus seguidores, lo correcto en el arte literario se vuelve norma y no sugerencia. Armonía, belleza, verdad, precisión y elegancia eran los principios por los que debía regirse cualquier escritor.

Con esta explicación de las primeras poéticas queda claro el primer sentido de lo que significa “poética”: la composición literaria basada en reglas transmitidas por hombres que, uno a uno, retomaron las ideas de Horacio y Aristóteles como aquello que debía seguirse para escribir literatura.

  • La segunda cosa que significa la palabra “poética” está relacionada con lo que acabamos de explicar. Gracias a Boileau y a su intransigencia con respecto de la creación literaria, muchos de los escritores contemporáneos de Boileau se rebelaron ante sus postulados (estamos en el siglo XVII) y comenzaron a escribir fuera de la normatividad clásica que representaba el escritor francés, también llamado el legislador del Parnaso, y sus seguidores. Así, tenemos a Madame de Staël, a Juan Jacobo Rousseau, y a otros que rompen con el canon de lo correcto en la escritura y quienes a través de sus meditaciones y de sus obras literarias amplían el concepto de “poética”. Con ellos, el Romanticismo se abre camino, el arte comienza a liberarse y se empieza a romper lo “correcto” y el “deber ser” en la literatura. Desde entonces, el concepto de “poética” se mueve y empieza a usarse, también, para referirse a la manera individual en que cada escritor crea sus obras literarias. Lo correcto en la creación se traslada a lo que es correcto para cada autor y, sobre todo, para cada obra que el autor está creando.

Hasta aquí todos habrán notado que estos significados de la palabra poética siempre han expresado la creación de los autores, como dije al principio, la praxis del creador. Me imagino que ya no son pocos, sino que ahora todos se estarán preguntando por qué entonces le he puesto a esta comunicación “La poética del lector”, cuando la poética invariablemente ha representado la manera de crear las obras literarias.

Trataré de explicarme: Ocurre que un autor, por más que haya desarrollado su propia técnica de escritura y ésta sea impresionante, infalible, se aleje de lugares comunes, cree personajes fantásticos, novelas profundas y hermosas, poemas conmovedores y cuentos inquietantes, ese autor: es nada sin un lector. Cualquier manera de crear literatura, a la que ya me he referido de manera general, y que ha pasado por varias etapas históricas explicadas brevemente en esta comunicación, toda la manera de componer, digo, a partir de nociones generales o individuales de acuerdo a cada autor depende y es producto precisamente de esa Poética del lector.

¿Y qué es la Poética del lector?

Sin duda, y en términos simples (y complejos a la vez) es la creación del lector (volvemos a Aristóteles, ποιησις [‘creación]); y esta creación puede verse desde diversas miríadas, pero las reduciré a tan solo tres que me interesa destacar en esta charla:

La primera es que cuando leemos se crean en la mente imágenes que nos hacen maravillarnos o inquietarnos del vívido mundo que nos comunica un autor. Entramos en su mundo, a través de sus palabras, construidas con cuidado, con perseverancia para evitar que algo quede poco coherente, inexacto o que no produzca interés en el lector. Sin embargo, ese  mundo, el mundo del autor impreso en el texto, se transforma. Quien lee va creando (ojo, no recreando), va creando las imágenes, anécdotas, acciones, pensamientos que están en el papel. Un mundo nuevo nace en el lector, un mundo nuevo que, aunque surge de una lectura, no es del todo aproximado a ella.

El hombre que lee se exalta, la lectura lo ha tocado hondamente, y quiere contar a todos aquello que leyó y que lo conmovió, como si aquella lectura la hubiera soñado, como si hubiera sido un sueño manifiesto de su propio universo que desea comunicar con premura al que tiene al lado para hacer surgir de nuevo aquel mundo, instalarse de nuevo en aquel mundo del que acaba de salir y que le ha dejado una profunda impresión.

Marcel Proust, en un ensayo titulado Sobre la lectura, dice:

En cuanto a mí no me siento capaz de vivir y pensar más que en una habitación en donde todo sea creación y el lenguaje de vidas profundamente diferentes de la mía, con un gusto opuesto al mío, en donde no encuentro nada de mi pensamiento consciente, en donde mi imaginación se exalte al sentirse sumergida en el seno del no-yo; no me siento feliz sino al poner el pie […] en uno de esos hoteles de provincia con largos corredores fríos en donde el viento de afuera lucha con éxito contra los esfuerzos de la calefacción, en donde el mapa de geografía detallada del barrio es todavía el único ornamento de los muros, en donde cada ruido no sirve más que para revelar el silencio luego de haberlo desplazado, en donde los cuartos guardan un perfume de encierro que el gran viento viene a lavar, aunque sin borrarlo, y que las narices aspiran cien veces para traerlo a la imaginación, que está encantada con ello, que lo hace posar como a un modelo para intentar recrearlo con todo su contenido de pensamientos y recuerdos; en donde por la noche, cuando uno abre la puerta de su cuarto, tiene la sensación de violar toda la vida que permaneció allí dispersa, de tomarla osadamente de la mano cuando, una vez cerrada la puerta, avanza un poco más, hasta la mesa o hasta la ventana; de compartir una suerte de libre promiscuidad sobre el canapé, ejecutado por el tapicero del lugar a la manera de lo que él creía era el gusto de París; de tocar por todos lados la desnudez de esa vida en el designio de turbarse a sí mismo por su propia familiaridad, dejando aquí y allá cosas, haciéndose el amo de este cuarto lleno hasta los bordes del alma de los otros y que guarda hasta en la forma de los morillos y el dibujo de las cortinas la impronta de su sueño, al caminar sobre los pies desnudos sobre un tapiz desconocido; esta vida secreta, entonces, uno tiene el sentimiento de encerrarla consigo cuando va, temblando, a asegurar la cerradura; de empujarla delante suyo en la cama y de acostarse al fin con ella en las grandes sábanas blancas que le muestran por encima la figura, mientras que, bien cerca, la iglesia toca para toda la ciudad las horas de insomnio de los muertos y los enamorados (Proust, 2005, pp. 20-22).

En estas palabras de Proust está la primera clave de lo que es la Poética del lector: la lectura deja en éste, en el lector, la imagen de los lugares, las acciones, las palabras, los pensamientos que, si bien nos ha dado un autor, nosotros hemos recorrido, realizado, pensado, degustado. Aquel que hemos leído, al momento de leerlo, dejó de ser el mundo de un autor para convertirse en nuestro mundo, pues la lectura no es aquello que dijo Descartes: “la lectura de todos los buenos libros [dice Descartes, citado por Proust (2005, p. 31)] es como una conversación con las personas más interesantes de los siglos pasados [o de nuestro siglo] que son sus autores”; la lectura es una creación que nosotros hacemos en nuestra mente, a través de nuestra imaginación.

Regreso a Proust, dice: “la lectura, en contraste con la conversación, consiste para cada uno de nosotros en recibir la comunicación de otro pensamiento, pero siempre en soledad, es decir, disfrutando de la potencia intelectual que uno tiene en la tranquilidad ―y que la conversación disipa inmediatamente― continuando con el poder de la inspiración, permaneciendo en ese pleno y profundo trabajo del espíritu sobre sí mismo” (p. 33). Y es con estas palabras que se abre el segundo significado que quiero traer de lo que significa La poética del lector: el trabajo del espíritu. 

Cuando leemos se va ampliando nuestro restringido mundo cultural aprendido a través de la sociedad en la que cada uno de nosotros ha nacido. A ese mundo cultural, que es el real, el que rodea al lector, ha de regresar, cuando ha cerrado el libro. Pero este regreso no es el mismo. En el momento en que cierra el libro, el lector se ha transformado, pues ha entrado al mundo de la imaginación del autor que le comunicó algo a la imaginación del lector. De esta forma, el espíritu del lector sufrió un cambio; si se es afortunado, un crecimiento, y si no, una degradación se ha emplazado en él.

La creación que la lectura hace sobre el espíritu del hombre es algo que sabían las viejas civilizaciones. Las sociedades antiguas, con su complicado entramado social, cultural, económico, político, veían a la lectura de manera diferente a como muchos la observan el día de hoy, pues hay quienes afirman que la lectura no sirve para nada, y que esa es su virtud, el conferir solamente placer estético, disfrute, distracción en horas de ocio.

Sin embargo, la lectura siempre ha sido algo más que el mero disfrute de las palabras y de una historia impresas en un texto: según los vestigios más antiguos que actualmente se tienen descifrados, en Egipto significaba transmitir el arte de la palabra y enseñar una sabiduría ético-conductiva para un hijo (lo cual significaba la transmisión de la sabiduría de padre a hijo o de maestro a discípulo), para la continuidad de todo lo que comprendía la vida, de generación en generación.

Las fábulas egipcias están cargadas de enseñanzas morales con el fin de que el alumno se corrija tras repetir constantemente, como en otras culturas, los textos y reflexionar lo que le acontece en relación con lo aprendido. Uno de los escritos más antiguos que se han encontrado, la Enseñanza de Ptahhotep, es un relato del visir del rey Isesi de la 4ª. Dinastía (ca. 2450 a.C.), que dice: Ptahhotep se siente viejo, tiene ciento diez años, y luego de describir con sarcasmo los males de la vejez (la vejez es una condición naturalmente dañina al hombre), se dirige al faraón para pedirle, según la etiqueta cortesana, que le ordene hablar para dejarle una enseñanza a su hijo. “Ah”, contesta al faraón, “¡que pueda hacerse a semejanza tuya y se aleje de las preocupaciones del pueblo!” (Manacorda, 2011, pp. 21-22). Es claro el sentido dolorosamente irónico de la moraleja de Ptahhotep, quien junto con Kaghemni y Hergedef son los iniciadores de la tradición literaria más antigua en Egipto que se ha descubierto. El aprendizaje nacido con sus textos llevará a la institucionalización de la escuela, donde se repetirán con el fin de memorizarlos y transmitirlos de padres a hijos  

Después de muchos siglos, y varias dinastías, el amor por la lectura alcanza a las distintas esferas sociales, pues en la lectura, y más específicamente en el oficio de escriba, se veía la posibilidad de una movilidad social, casi inexistente en Egipto porque el oficio también se transmitía de padres a hijos. En este momento histórico ya no es sabio aquel que tenga experiencia o inteligencia, sino aquel que lee, porque esta acción le ha permitido obtener cultura y poseer la sabiduría antigua.

La lectura de estos textos supone una idea formativa en el hombre. Ciertamente, hay un placer que se encuentra en la lectura y así lo demuestran los miles de tablillas y papiros encontrados en las bibliotecas fortuitamente descubiertas por los arqueólogos y de las que los antiguos hombres se sentían orgullosos. Pero la lectura implica algo más: en un libro se encuentra la historia de un pueblo, su lengua, sus dudas, los miedos, el dolor, la alegría, las contradicciones que habitan en todos los seres humanos.

Creamos, así, en nuestras mentes de lectores un nuevo horizonte cultural y espiritual que va tomando conciencia de sí mismo. De la mano de la imaginación, las palabras de un autor se asimilan en el espíritu de los lectores para dar paso a un crecimiento que permitirá la creación de otro ser, incluso, por momentos, extraño a la familia de la surgió y de la que sigue siendo parte.

La lectura es, así, no sólo un entretenimiento humano, sino un acto que permite al hombre acercarse a otros pensamientos, que lo llevan, de forma consciente o inconsciente, a volver a crearse, y, en consecuencia, a tratar de reconstruir la civilización de la cual emanó.

El tercer modo de ser de la poética del lector se refiere a la conciencia del arte. El lector observa, a través de la lectura, lo que el autor ha querido expresarle en una obra literaria. ¡Qué fácil suena! Pero es todo lo contrario. Para poder hacer esto es necesario tomar conciencia, como lectores, de aquello que se coloca en las obras literarias. Y no hay conciencia sin conocimiento y sin la reflexión de la manera de ser de un escrito. Insisto: poética proviene de ποιησις, creación. Entonces, en la poética del lector, éste, a través de la observación, también crea un mundo técnico-literario, lo que es correcto e incorrecto cuando se lee; esto, por supuesto, tiene diferentes niveles de comprensión. Remite a las cuestiones morales, sociales, culturales, políticas, simbólicas y estéticas de un texto. Qué se comunica y cómo se comunica es lo que el lector observa en esta tercera dimensión de la Poética del lector. Es decir, la conciencia del arte está relacionada a la percepción del lector (sobre los estratos que conforman una obra literaria relacionados con la lectura, véase Ingarden, 1998).

Así, cuando el autor no ha logrado mantener la unidad, la coherencia, la calidad de su obra, el lector también lo nota. Si tiene conciencia del arte, sabrá cuál es la razón técnica de que esto pase; si no, tan solo cerrará el libro y lo dejará olvidado por algún rincón de su casa, arrepentido del gasto que ha hecho y prometiéndose revisar con mayor cuidado su siguiente compra literaria.

En cierto modo, la primera Poética que existió, la Poética de Aristóteles (del lector, como le llamaba Platón), plantea precisamente este significado de la poética del lector; él tomó conciencia del arte literario de su época y trató de expresarlo a partir de lo correcto e incorrecto que veía tras sus lecturas. Es una muestra de lectura personal, más que una imposición del arte de escribir a las generaciones futuras, como lo recrearon las sociedades que siguieron su pensamiento. La conciencia del arte le confiere vida dentro de las letras a una obra, allí se halla el placer estético que hemos enunciado momentos antes.

He dicho al principio que la manera de ser de la literatura de cada autor depende y es producto precisamente de esa Poética del lector. Tan es así que aún el día de hoy se necesitan de talleres literarios para que un texto llegue a buen puerto, pues lo más importante de los talleres son los comentarios técnicos, pertinentes, sobre ese texto que hacen los lectores. Qué funciona, qué no funciona, qué puede agregar o quitar, qué ha omitido el lector sin darse cuenta, qué recurso literario hace falta para que su texto tenga el efecto que desea. En ese rubro se mueve este significado de la poética del lector.

De este modo, a través de la conciencia del arte, las dos poéticas, la del autor y la del lector, se unen, pues la del primero depende y es producto de la otra; y con la del lector ocurre lo mismo, pues no puede comprender el arte sin detenerse y observar lo que ha puesto un autor en una obra literaria. Este es un enlace inevitable de codependencia.

A esto se refiere La Poética del lector: a la creación de un mundo propio, al trabajo espiritual y a la conciencia del arte, lo que me parece importante rescatar porque, como lo he dicho al inicio de este ensayo: un autor es nada sin su lector.

Y, a todo esto, entonces, ¿y por qué leer poesía? Como lo he repetido a lo largo de estos párrafos, poesía proviene del griego ποιησις, creación, que expresa, desde la antigüedad el arte del pensamiento y de la palabra, y si hasta ahora se ha entendido algo, mínimo, sobre la manera en que actúa la lectura en el ser humano, se entenderá la urgente necesidad que tiene el hombre de leer poesía, pues ésta, antes que nada, es un auxilio para mantener nuestra imaginación.

Con el paso de los años, el hombre va perdiendo la capacidad de maravillarse ante el mundo que lo rodea (Bachelard, 1997), de crear imágenes e historias como lo hacía naturalmente de niño, pues el mundo jala al hombre hacia una vida práctica que va acompañada de la pérdida de la imaginación.

Pero una imagen poética logra resonar en la mente del ser humano con un ritmo que lo acerca al arte de la palabra y con una reflexión que se instala en su espíritu. Los adultos olvidamos que leer poesía no es reconocer que el poeta tiene sentimientos, sino que estas creaciones son, primero, juegos donde se mezcla cierta cantidad de sílabas, sonidos, versos, estrofas, imágenes, figuras retóricas y, también, el trasvase de cierta experiencia humana.

En la lectura de la poesía el ser humano reconoce sus anhelos, angustias, problemas, sensaciones e ideas; es decir, se reconoce en lo que expone el poeta, lo que le permite al lector liberarse, por un momento, de sí mismo y contemplar y crear su propio mundo bajo la mirada del otro. Pero comienzo a repetirme y sé que cuanto explique de aquí en adelante sobre la lectura de la poesía recaerá necesariamente en lo que ya he dicho acerca de la Poética del lector.

Lea, pues, el lector, a partir de su poética e intente que ésta mejore cada día con buenos autores y ayude a éstos a mejorar su propia poética, pues ambas poéticas, como ya vimos, son dependientes una de la otra.

Referencias:

Aristóteles (2011). Poética (1ª. reimp. de la 2ª. ed.) (Versión de Juan David García Bacca). México: UNAM.

Bachelard, G. (1997). La poética de la ensoñación (2ª. reimp.) (Trad. Ida Vitale). México: FCE.

Ingarden, R. (1998). La obra de arte literaria (1ª. ed.) (Trad. Gerald Nyenhuis). México: Taurus / Universidad Iberoamericana.

Manacorda, M. A. (2011). Historia de la educación I. De la antigüedad al 1500. (12ª. reimp.) (Trad. Miguel Martí). México: Siglo XXI.

Poética y Retórica (1998). En Helena Beristáin. Diccionario de retórica y poética (8ª. ed.) (pp. 400 y 426-443). México: Porrúa.

Proust, M. (2005). Sobre la lectura (2ª. reimp.) (Trad. Pedro Ubertone). Buenos Aires: Libros del Zorzal.

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Escrito por Editores Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014. Es una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Publicamos narrativa, poesía, reseñas, opinión y crítica de arte.

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