Cuando tenía quince años quería ser Johnny Knoxville, Wes Borland y Pável Nedved. Yo era un chico carente de atención, y escondía tras payasadas y rebeldía una rabia inmensa y un sinfín de complejos. Un pequeño oasis en la adolescencia fue la música.

Soñé con ser músico, pero pronto noté que me faltaba el talento y me sobraba la pereza. No sé cantar y Bob Dylan toca mejor la guitarra que yo. De modo que al cúmulo de complejidades le sumé una más: la noción de inutilidad. En otras palabras, me autonombré un buenoparanada.

Mis profesores eran pintorescos, una mezcla de Tronchatoro y Simon Wiesenthal, y no hacían nada para estimular nuesta creatividad. La excepción fue un maravilloso profesor de inglés que nos hacía cantar Sweet Child O’Mine, Gangsta’s Paradise y Lemon Tree, y siempre tenía una sonrisa para nosotros. Los directores, para quienes el inglés era pecaminoso, lo despidieron pronto. Creo que soy profesor de inglés gracias a él. Que los dioses lo protejan.

No culpo a mis maestros. Los adolescentes hablan otro idioma. Las hormonas y las presiones los superan. Como maestro aprendí a escuchar y sin cruzar los límites he tratado de parecer amigable. Me ha ido bien. En unos meses publicaré una novela para jóvenes.

El adolescente que fui tenía la inquietud de expresarse. En la clase de Idioma Español no había espacio para nada más que la ortocaligrafía y la lectura obligatoria.

El peor favor que pueden hacerle a un escritor es convertirlo en dinosaurio. Rodríguez Macal es odiado por jóvenes y viejos, al igual que Cervantes, Pérez Galdós, el autor del Lazarillo y Adrian Recinos y su infumable Popol Wuj… Infumable entonces por los chicos sedientos de MTV y Telehit.

En segundo básico pretendimos leer El señor Presidente. Todos confabulamos un informe final sacado de monografías punto com y lo mascaramos con un diccionario de sinónimos. La profesora no lo notó. Quizá ella tampoco leyó a Asturias.

Mi primer roce con la literatura fue en casa. Sin el rigor del examen y la calificación, leí Cartas desde mi molino, del injustamente olvidado Alphonse Daudet. Luego encontré un librito titulado Narraciones, por un tal Jorge Luis Borges, y después leí La hoja roja de Miguel Delibes, La metamorfosis de Franz Kakfa, El jugador de Fiódor Dostoyevski y muchas novelas más. ¿Qué sucedía? Pues que esos escritores le hablaban al chico sin padre que fui. Borges hablaba de inmortales y de un francés que quería escribir el Quijote, y Delibes de los últimos días de don Eloy, y no está de más decir que la idea de un hombre que al despertar de un sueño intranquilo amanece transformado en un enorme insecto es simplemente genial.

La Biblioteca Básica Salvat es la culpable de que yo haya escrito libros. Pasaba horas leyendo sus títulos publicados. Recuerdo que uno de esos títulos me llenaba de fascinación: El diablo sobre las colinas, de Cesare Pavese.

El problema con las lecturas obligatorias no recae en los textos sino en quién los elige. Sin menospreciar a los adolescentes, es difícil imaginar a un chico realmente compenetrado con Descartes o Jane Austen. Hay autores que solamente el tiempo vuelve legibles.

Jamás lograremos lectores obligatorios. El hábito de la lectura no es universal, pero puede desarrollarse si se planea concienzudamente. Para eso necesitamos escuchar a los maestros de vocación, y que los padres dejen su conservadurismo pusilánime. (Internet ya nos enseñó todo lo que debemos saber sobre casi cualquier tema, excepto a leer.)

Mi táctica no es infalible, pero ha funcionado bien. Generalmente les pido que traigan un libro de casa. Si no hay ninguno, les pregunto qué les interesa. Se los regalo. Un logro modesto fue que una clase de mecánicos en potencia leyera Vathek, un libro escrito en 1782. ¿Cuál es el truco? No hay ninguno. Simplemente el libro trata sobre el califa Vathek, que erige una torre astronómica para descifrar el futuro. Un día, un mercader tan feo que los guardias lo conducen hasta el califa con los ojos cerrados, le entrega un pergamino mágico. Enceguecido por el poder y la gloria, Vathek viaja sobrenaturalmente al Alcázar de Fuego Subterráneo… un nombre espectacular para el infierno. La novela es breve, pero el espanto y las emociones son eternas, como el sufrimiento del califa.

La escuela me enseñó a odiar los libros. La libertad me enseñó a amar la literatura.

Si eres maestro, deja de lado el libro soporífero que tienes en las manos. Esos chicos aún no merecen el Quijote ni el Quijote los merece. No aún. Llegará el día cuando, si ellos quieren, leerán las Novelas Ejemplares, Cumbres Borrascosas o Hamlet, precisamente porque nadie los obliga.

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Escrito por Mandrágora

Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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