Le duela a quien le doliere seguiré predicando mi verdad: la serie televisiva es la novela del siglo XXI. Las últimas dos décadas nos trajeron Breaking Bad, The Sopranos, Mad Men, Lost, Game of Thrones, y muchas otras historias que han marcado indeleblemente el panorama cultural de occidente. Es válido decir que la influencia literaria en la televisión ya es recíproca.

En parte, entiendo a las personas que defienden vehementemente el hábito literario. Al fin y al cabo, existe un mito maravilloso en torno a los escritores y sus dotes para hacer explotar nuestra imaginación con puras palabras. Sin embargo, tengo que darle el crédito a las producciones contemporáneas que reúnen a miles de actores, maquillistas, guionistas, técnicos, extras y más para producir 50 minutos de un episodio, y casi 25 episodios por temporada. Quizá haya una imagen más intelectual asociada a un libro, pero el acto de ver televisión no es exactamente pasivo y descerebrado. De hecho, lo considero el siguiente paso de la apreciación literaria en la era digital.

Lo sé, probablemente van a apedrearme, pero consideremos por un segundo la labor integradora que logró la ficción televisiva, cómo convirtió un simple aparato en el centro de la vida doméstica y la fuente de nuestra educación social y sentimental.

Quizá sus aprendizajes y vicios nos han influenciado más de lo que nos gustaría admitir. Una simple búsqueda en Google revela cientos de artículos antropológicos sobre el impacto de Friends en el lenguaje y comercio estadounidenses. Lo mismo podría decirse de Chespirito en Latinoamérica. Pero diferente de una novela, cuyo goce egoísta conforma su mayor placer, una serie de TV es una experiencia colectiva. En esta era, millones de seguidores se conectan por medio de foros y cadenas de tuits, comentando las experiencias de los mismos personajes que pronto se volverán sujetos en un video-ensayo de YouTube, o ejemplos en un salón académico. La televisión es una plataforma para las ansiedades sociales, y por eso es tan importante que nos sintamos representados por sus personajes. Por eso es tan necesario que sus narrativas le hablen a nuestros valores y dilemas.

Es casi imposible tener una conversación estos días sin que alguien nos pregunte si estamos viendo esta u otra serie, en cable o en streaming, cómica o dramática. Y a juzgar por la manera en que aún se banaliza el medio en Centroamérica, creo que deberíamos empezar a confiar en sus capacidades narrativas. Estoy bastante cansada de esperar la gran película centroamericana, o peor aún, la novela definitiva de la región. Quizá es momento de confiar en un medio más democrático y emotivo, un medio que ha abierto los castings diversos y que suele ser más indulgente con su disponibilidad de géneros. Quizá esa caja negra podría reflejarnos con mayor claridad si nos animamos a encenderla.

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Escrito por Editores Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014. Es una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Publicamos narrativa, poesía, reseñas, opinión y crítica de arte.

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