1) Por iniciativa de Max Araujo, abogado y promotor cultural, se están juntando adhesiones para proponer la candidatura del poeta Amable Sánchez Torres al Premio Nacional de Literatura. Me enteré por accidente, a través de una cadena de mensajes que recibí por correo electrónico, y no dudo en unirme a la campaña.

            Español de origen, guatemalteco por amor y por residencia, Amable Sánchez Torres posee el raro don de que no pasa día sin que escriba más de un poema. Nunca dejó de hacerlo, ni cuando portó el hábito de la Orden de Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán, y eso que fue más allá que Abraham respecto a Isaac: reunió todos sus manuscritos y los quemó, cual sacrificio del bien más preciado, poco después de su arribo al país para hacerse cargo del curato de Rabinal, en la Baja Verapaz. Tiempo después, tras fuerte regañada de parte de sus amigos, rehízo de memoria el contenido de «De silencio en silencio (1963-1967)», primera parte del volumen Habitante del vértigo (1971), tercero de sus libros publicados y el segundo aparecido en Guatemala.

            Me siento a hojear mi copia de Habitante del vértigo, me detengo en la sección III que tiene el llamativo nombre de «Avena loca», y encuentro que los tres primeros poemas están fechados el 23 de marzo de 1970. Tendré más razones para admirarme en la sección V, «Riesgo de ser quien soy», al encontrarme que los ocho poemas incluidos entre las páginas 224 y 231 se escribieron el 4 de julio del mismo año. No dejo de preguntarme cómo le haría Amable para escribir al sumar sus deberes eclesiásticos, el estudio de la Biblia, oficiar misa, atender a sus feligreses y reunirse con los demás frailes para rezar. ¿Pasó apuros para retener el poema que llegaba sin hacerse anunciar, y demandando atención inmediata, mientras consagraba las hostias, escuchaba confesiones o meditaba las palabras a pronunciar a la hora de la homilía? Lo cierto es que cada verso se sucede sin tropiezos, límpido como un arroyo a salvo de la contaminación. Invitan a leerlos bajo la sombra protectora de un chopo o un pino con todas sus ramas, sin huella de leñadores y fabricantes de improvisados árboles de Navidad.

            Regreso a los tres primeros poemas de la sección «Avena loca» (mala hierba que afecta a la cebada, el centeno y el trigo; Amable proviene de un pueblo del campo llamado Morasverdes, cercano a Salamanca, actual comunidad autónoma de Castilla y León). Son tres miradas a la soledad del poeta: solo frente al mundo, solo ante Dios, a solas consigo mismo, con la mirada atenta y lista para captar todo cuanto observa. Helos aquí:

¡Desgracia de ser poeta

y darse cuenta de todo!

¿O gracia quizá? Pregunto

solo…

Pregunto y se me responde  

que estoy loco.

Misterio de ser poeta

y darse cuenta de todo

*

Limito solo conmigo,

con mi corazón de ciervo

sorprendido.

Alrededor gira el mundo

indiferente y altivo:

arriba un sol de cien soles,

abajo una luna en vilo,

y yo… ¡tan solo y a solas

conmigo y con mi sentido!

*

«Tiene la cáscara amarga»,

dijeron, y se marcharon.

Solo se quedó en su sitio

el árbol.

También se fueron los pájaros.

Desde la herida del tronco

se transfiguraba el campo

dulcemente. Parecía

la tarde un globo dorado.

2) El voto de obediencia que Amable observó entre 1962 y 1976 no le impidió identificarse con Jonás, Caín y Judas Iscariote, tres de los personajes citados como mal ejemplo a los ojos de Dios por lectores y exégetas de la Biblia. Les prestó atención, sin juzgarlos, menos aún censurarlos, y les otorgó voz para que se defendieran. Abogado de profesión (aparte de licenciado en Teología, y doctor en Letras y Filosofía), Amable sabe que se debe escuchar al demandante y al demandado. Cada quien expondrá sus pruebas para que el jurado emita su opinión y el juez anuncie su veredicto. Llamado a declarar, Caín se pone de pie, acude al estrado y expone:

¿Dónde estaba mi ángel de la guarda?

¿En qué cantina o qué burdel o qué

despacho burocrático?

¿Qué crucigrama estaba resolviendo,

leyendo qué periódico,

planeando qué huelga?

¿O acaso estaba con los querubines

clamando Santo, Santo, Santo,

ante el trono de Dios,

cuando yo alcé la mano como un rayo

y herí a mi hermano como a un olivo verde?

¿Para qué son los ángeles entonces?

Mejor que se jubilen y se callen

de una maldita vez,

si no han podido detener un brazo,

un pie que se dirige hacia un abismo,

un terror,

una guerra…

            Al citar a Judas, hundido por Dante Alighieri y Francisco de Quevedo en lo más profundo de los infiernos que cada quien imaginó, al acusarlo de cometer la mayor traición registrada por la Historia, declara:

Yo me rebelo contra mi destino

y le escupo en la cara a quien intente

jugar conmigo a la gallina ciega.

Judas no es un traidor, sino una víctima

tan indefensa como otras.

Que nadie lo condene

sin escucharlo antes.

Que dijera el Señor «ay de aquel hombre

por quien seré entregado!»

no significa nada comprensible

(…)

Que no quieran ahora

hacer de sus palabras dados mágicos,

echarlos a rodar sobre la mesa

y decir «Judas fue, no hay quien lo dude,

vestidle el sambenito».  

            Amable también es juguetón y se siente en confianza cuando escribió: «Perdóname, Señor,/ trata una vez más de comprenderme:/ Jonás lo único que pide es que no le compliquen la vida./ Tu verdad es hermosa,/ la única hermosa,/ pero es también terriblemente dura./ Yo quiero que continuemos siendo buenos amigos». Y es sobrio, estremecedor, en el cuarteto que dedicó a la decisión que tomó el 8 de febrero de 1976: «Toma tu cruz, Señor, te la devuelvo./ Toma tu sacerdocio y tu prestigio./ Haz sólo tus milagros./ Yo seguiré a mi aire, como siempre».

3) Sigo sin entender por qué la poesía de Amable Sánchez Torres pasa inadvertida y no tiene las reediciones que merece. Se necesita bucear muy profundo entre las ventas de libros usados para dar con ejemplares de La hora de las tentaciones (1972), Tratado del amor y de la muerte (1984) y Delito mayor (1992). Hay un poquito más de suerte con Nudos en la sombra (1996), Cosa cordial (2004) y Como al pasto el rocío (2010). La búsqueda se complica con Travesía del hombre (1963) e Irremediablemente humano (1976), pues solo se publicaron en España, y un título como Insomnios y cicatrices (1978), excepto la copia conservada en la biblioteca Ludwig von Mises de la Universidad Francisco Marroquín, es prácticamente inencontrable. 

            Ojalá que el movimiento alrededor de su postulación al Premio Nacional de Literatura lo coloque a la vista de un editor que ayude a acercarlo a los lectores, sobre todo a los que sólo se quedan con lo más inmediato, siempre presente en los medios y en las redes sociales, en vez de salir al encuentro de quienes les antecedieron.

            Si no, se seguirán perdiendo a Amable.

            En serio.

Bibliografía

SÁNCHEZ TORRES, Amable, Como al pasto el rocío, Universidad Francisco Marroquín, Ciudad de Guatemala, 2010

___________________, Delito mayor, Editorial Oscar de León Palacios y Editorial Palo de Hormigo, Ciudad de Guatemala, 1993

___________________, Habitante del vértigo, Tipografía Nacional, Ciudad de Guatemala, 1971

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