Mucha gente me hace esa pregunta. La mayoría de las veces es una ingeniosa línea que usan los desconocidos en Internet para tratar de seducirme sin pagar el boleto de un show. Otras personas preguntan por la mera curiosidad, acaso albergando la esperanza de que podrían dedicarse a eso también. Así que, ya sea que te interese, o que viniste aquí porque estoy claramente evitando tu encantadora retórica en mi inbox, permíteme explicarte.

Nadie nunca me ha preguntado qué necesita para cantar bien, y aún menos personas me han preguntado cómo escribir un libro. Ser cantante o escritor demandan un talento patente, la clase de autoridad que te confieren un vibrato perfecto o una portada autografiada. La gente los ve, los escucha y deduce que no cualquiera puede hacerlo. Pero un comediante es una persona cualquiera que hace lo que todos hemos aprendido desde bebés: habla. Y ni siquiera habla con la gracia de un poeta o la autoridad de un pastor; habla como lo haría un amigo que te alegra la fiesta.

Existen docenas de talleres para aprender la disciplina de la comedia. Incluso escribí el texto de uno, basado en mi conocimiento académico sobre tropos, retórica y estilística. Sin embargo, mientras lo preparaba me di cuenta de cómo la literatura y la comedia convergen en el mismo dilema: puedes obtener todos los diplomas y certificados del mundo, pero la gente sólo te recordará por la impresión que creaste en ella. Tu percepción sobre cuan talentoso o profesional creas que eres no es más que una fachada. Que te llames cómico o escritor es como llamarte “buena persona”, “muy inteligente” o “gran líder”. Otra gente debe premiarte con esas descripciones, la única manera de ganarlas involucra dedicación, sinceridad y muchísimos fracasos. Si ya te describes con esos epítetos, te felicito: eres una persona insoportable.

Así que sí, es completamente posible que seas mejor que otro comediante aún sin haber estudiado un solo curso. Este es un arte discursivo que puede deducirse fácilmente cuando tienes las destrezas interpersonales bien desarrolladas y sabes replicar patrones verbales. Piensa en las veces que te han mencionado una anécdota con la condición de que A o B persona la cuenta mejor. La comedia es exageración, es casaca. Las palabras son de todos, pero algunos las usan mejor.

Algunos consiguen enamorar a su audiencia con la adecuada mezcla de sorpresa, exageración, sutileza y desfachatez. El aprendizaje en un taller te permite aprender las mecánicas de los chistes e interactuar con personas que conocen el arte mejor que tú. Después de todo, sería muy estúpido que asumieras que eres el mejor en una disciplina que jamás has intentado. Piensa que tú tampoco retarías en una batalla de karaoke a Ricardo Arjona. Superarte es tu responsabilidad como artista, y educarte en el tema te ahorrará muchos errores y fallas. Te dará también una comunidad de pares para apoyarte y aconsejarte. Pero antes de que me preguntes cuándo inicia el próximo curso y dónde será tu primera presentación, hablemos de la pregunta que realmente importa: ¿por qué?

Cuando era adolescente solía hacer tiras cómicas y pequeñas rutinas de chistes para mi grupito de amigas. Todas éramos rechas, así que me burlaba de las niñas populares y los maestros estrictos. Yo sufría de una profunda depresión y continuamente llegué al extremo de hacerme daño para evadir ese dolor. Sin embargo, siempre hallaba un alivio redentor en hacer reír a quienes me rodeaban. Años después, cuando la casualidad me llevó a mi primer curso de comedia, redescubrí esa sensación y la convertí en un propósito mayor

Diferente de la literatura, la religión o la música, la comedia me enseñó que puedo crear felicidad en otros a pesar de no sentirla en mi interior. Me enseñó a celebrar la fealdad y la frustración por encima de la belleza y el prestigio. Creo que esa es mi responsabilidad ahora: hago comedia porque quiero ver un mundo más feliz, aunque sea por unos minutos en un bar. Presiento que todos llevamos un dolor inconfesable adentro, y quiero crear algo que te alivie mientras reúnes la fuerza para resolverlo.

Así que, si te encanta la idea de ser comediante, primero pregúntate por qué. Lo primero que salta a la vista es un payaso presuntuoso hambriento de aplausos y validación. Si no piensas hacer tu comedia por la gente en la audiencia, mejor hazte influencer y háblale a una pantalla. Si no te gusta la idea de poner la felicidad de otros antes que tu orgullo, hazte modelo y mejor no hables. Pero si estás listo para un camino complicado y extremadamente sufrido para ser la parte más alegre en el día de otro, permíteme ser la primera en comprarte un boleto.

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Escrito por Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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