La historia es algo innegable y, a la vez, imprevisible. Enfrentar al hombre a su historia y que luego se intente definir a través de ella es la única forma de que se de cuenta de sus infinitas contradicciones. Yo, por ejemplo, soy hijo del mestizaje. Soy moreno, chaparro, nací en el departamento donde hay una pasarela de prostitución en terrenos del estado, crecí en la siempre contradictoria Antigua Guatemala, hablo español, voy a la universidad, me parece mística la música de Robert Jonhson, no me gusta la marimba, mi abuelo fue y siempre será un revolucionario y mis primeras novelas fueron las de Julio Verne. El color de mi piel, mis lecturas, mi propio nombre y mi apellido son consecuencias de una historia que yo no puedo negar, porque mi identidad va más allá de lo que yo quiera. Pero a mí si me pueden negar mi historia desde el silencio, me pueden negar la posibilidad de ser lo que debo ser, me pueden negar la única cosa que le puede dar valor a todas mis contradicciones.

Si un individuo puede diluirse en la cotidianidad violenta de la modernidad por haber perdido su historia ¿qué le puede suceder a una hilera extensa de generaciones? ¿qué tan largo será el gemido de aquellos que nunca han podido ver su pasado con la libertad de la memoria? En esos, en los que estuvieron del lado equivocado por nada más que suerte, en los que tienen deudas que cobrarle al tiempo, en ellos recae la única cosa que podemos llamar una esperanza política.

La política es de esos actos tan hermosos, como las tormentas, por ser algo tan imprevisible, tan incalculable. Pero gracias a la genialidad de los faros de cada época, podemos determinar puntos desde donde se origina el caos. Maquiavelo, en su imprescindible El príncipe, dice que cuando un estado conquistado que se mantiene oprimido tiene un hilo, por más tenue que sea, con su memoria, las revoluciones son algo inevitable. En ese principio encuentro el único rincón donde puedo hablar de esperanza: la esperanza es mantener las cosas en movimiento. En el monstruo gigante que nace de la política y de la historia, esta esperanza reside en no dejar que solo unos cuantos escriban la historia, en mantener la estructura de poder frágil, dinámica y plural.

Guatemala fue el lienzo donde se superpusieron muchos colores y los originarios colores tan tenues fueron obligados a velarse bajo el rojo inevitable de los sucesos imprevisibles de la conquista. Luego, los duelos de poder mantuvieron a la gran mayoría en un estado de opresión, de negación y de ceguera. Todo lo sucedido era lo esperado por cualquier conquistador y, por el inevitable ruido que hace la vida, los oprimidos no callaron. Podemos recorrer la historia, pero esta ahora es innegable porque ya ha hecho mucho ruido. Ya nadie puede negarla. La única forma de tener esperanza en la política es explotar desde abajo, desde la voz de aquellos que han sido negados por todo lo imprevisible.

Hay que apostar por el feminismo, por el necesario reclamo histórico de las mujeres que viene desde la primera división del trabajo, mucho antes de la existencia de la agricultura. Un grito que surgió cuando nos dimos cuenta de que ya no somos recolectores, cazadores y reproductores por instinto. En los contextos como en Guatemala hay que apostar por aquellos que saben de lo que ha padecido la historia. Hay que apostar por quemar a la segunda España, hay que apostar por aquellos que en este mundo horrible nos han dicho que hay que olvidar. Por eso yo aposté por los volcanes, yo quería verlos erupcionar y lo hicieron.

Ver a Thelma Cabrera en un cuarto lugar fue un golpe duro para este país que tiene la colonia hasta la medula. Era una mujer indígena que representa lo que en verdad somos: un pueblo que dormitó por tanto tiempo y que, por chispazos de la lucidez extraña del siglo XX, empezó a despertar y sufrió. La aparición de nuevas políticas, la aparición de un pueblo de verdad alborotado no solo cuadra con los extensos libros de teoría política, MLP cuadra con las necesidades históricas y políticas. El MLP no es ni mártir ni perdedor, es un volcán que estuvo dormido por tantos siglos y que ahora despertó con una rabia incontenible, la rabia por negar todo lo que necesita ser negado.

La historia ya es de por sí un golpe duro, los ideales mueren y el hombre siempre encuentra el camino para mantenerse en lo qué es: una contradicción sin fin, una sombra, un dolor corporal ilocalizable. Pero hay esperanza, la esperanza de que los dormidos despierten y que mantengan todo en movimiento.

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Escrito por olivettilettera25

Estudiante de física en la Universidad del Valle de Guatemala. Fundador del certamen de poesía Luis Cardoza y Aragón en la ciudad de Antigua Guatemala, co-fundador de la revista literaria Dibujos de un ciego. He dispersado mis cuentos y poemas por México, España,Argentina y Guatemala. Tengo dos poemarios publicados: Autorretrato (desvergonzadamente auto-publicado, 2013) y Poemas a la nada (Tujaal ediciones, 2016)

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