a Ledianys Olaya

No lo dudo: de sobrevivir a la cruda que agarró la noche del 18 de febrero de 1980, Bon Scott habría escrito su autobiografía. Sería una muestra de la picaresca australiana, repleta de jugosas anécdotas aderezadas con las conclusiones a las que llegó tras años de vagabundeo con micrófono en mano y banda de rock detrás. Su oficio era cantar, pasárselo bien, echarse los tragos y ligar con toda mujer que tuviera la disposición de hacerlo: tendríamos una historia muy entretenida.

            Al comienzo se habría negado a ocuparse en un volumen de 300 páginas al afirmar que su vida ya estaba contada en las letras de sus canciones. Pero después le entraría el gusanito, se diría por qué no y firmaría el contrato para recibir el anticipo de parte de la editorial. La escribiría entre las pausas, cada vez más prolongadas, que se tomaría AC/DC entre grabar nuevo disco y salir de gira para darlo a conocer ante el público que se limitaría a pedir las mismas canciones de siempre. Eso sí, se negaría a aceptar la ayuda del escritor de apoyo que asignan para estas tareas y habría mandado a volar al editor que quisiera meterle tijera al manuscrito: se la habría discutido de punta a cabo él solito. Por algo resumió la historia del rock and roll, con tanta gracia y sapiencia, en «Let There Be Rock».

            ¿Por dónde empezaría? Seguro evocando las travesuras que hizo en su pueblo natal de Forfar, Escocia, y el largo viaje que hizo con su familia en barco rumbo a Australia. Luego vendrían la adaptación al medio, rodeado de canguros y cocodrilos de agua salada, la iniciación sexual, el descubrimiento del rock and roll, su aprendizaje de la batería, los meses que estuvo preso por inadaptado social, el accidente de moto que lo dejó quieto por algún tiempo y su encuentro con una incipiente banda glam llamada AC/DC, primero como chofer, luego como cantante y letrista, superando la barrera de edad que lo separaba de los hermanos Malcolm y Angus Young. Todo relatado como si se juntara con varios amigos a la mesa de un bar con trago de bourbon en la mano derecha y el brazo izquierdo rodeando la cintura de la futura compañera de juergas; sería necesario un glosario para explicar el significado del inglés con tinte australiano y las traducciones al español, por acercársele, se parcharían de regionalismos mexicanos, argentinos o españoles según la ubicación de la editorial.

            Apuesto a que la autobiografía de Bon Scott hubiera recibido reseñas elogiosas: pocos podrían igualarlo en agudeza, candidez, sentido del humor y conclusiones acerca del oficio de vivir de hotel en hotel, de ciudad en ciudad, de país en país, de cama en cama. La habría escrito con el mismo sentimiento con el que cantó a la invasión de ladillas que padeció en «Crabsody In Blue», se habría extendido en detalles acerca de su encuentro con la vagina dentata oculta entre las carnes de Rosie, la demonio de Tasmania que lo retó a mano a mano, sin límite de tiempo, y hubiera dado su versión acerca de la trompada que le metió al incauto que le preguntó si era un AC o un DC dado que el nombre de la banda, aparte de basarse en la corriente alterna/corriente continua, era utilizado en lenguaje callejero para aludir a la bisexualidad: «Soy el rayo de enmedio», le gritó antes de fulminarlo cual Júpiter tonante. También adjuntaría un manual para el trato con promotores que se niegan a pagar el dinero convenido o se alzan con la taquilla entera mientras la banda aguarda su pago.

            Bon Scott asimiló la influencia de Chuck Berry al escribir sus letras; también debió ser buen lector. Eso explica que se sienta como «mano dentro de guante de terciopelo» después de hacer el amor, describa al cercano objeto de deseo con el «rostro de un ángel sonriendo cual pecador, una Venus de Milo con brazos» («Touch Too Much»), o sus apuros económicos sean tales que no tiene ni para darle de comer a su gato y tenga miedo de que el comisario en persona venga a somatarle la puerta para cobrarle el alquiler («Down Payment Blues»).

            También se cuenta que Bon Scott respondía las cartas que le mandaban sus admiradores. Hace falta que se localicen y se recopilen para acercarnos a sus confidencias, sus preocupaciones, el afecto que prodigaba a los suyos y los planes que no alcanzó a poner en marcha. A falta de la autobiografía que no escribió, tenemos los recuerdos de su ex esposa Irene Thorton (My Bon Scott, 2014) y las biografías que se publican de tiempo en tiempo acerca de AC/DC, reciban la autorización de la banda o se publiquen a pesar de las demandas judiciales en su contra. Ahora se me ocurre: ¿por qué no se rastrean las entrevistas que Bon Scott dio para la prensa y la televisión desde que perteneció a The Spektors, cobró fama con The Valentines, estuvo de paso por Fraternity e hizo residencia con los Mount Lofty Rangers, para extractar sus declaraciones, darles secuencia cronológica, corregir alguna que otra cita inexacta y publicarlas en libro como se hizo con Jimi Hendrix para armar el volumen Empezar de cero (versión al castellano por Sexto Piso Ediciones, 2014)? No cobro patente por la idea.

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