La literatura es extraordinaria por tratarse de un estado del ser, entre varios asuntos, el lugar para verse reflejado como en un espejo, sitio para el autodescubrimiento, para reconocerse en el otro. Otra postura ante el mundo. Esta sobrepasa sus propios límites cuando propicia encuentros singulares originados fuera de la portada del libro, por sobre cualquier muro, más lejos de la imposición de toda frontera, un espacio destinado a los hombres que va más allá de la escritura.

Durante el último febrero, las Letras me llevan hasta conocer a Alejandro Córdova, narrador nacido en El Salvador en 1993.  Tomamos un café. El día a medias luces, nublado, detenidas las horas en la bruma de la gran ciudad. Entre mis idas y el trayecto de Alejandro, gravitamos en el Café la Habana, un día previo a la presentación del cuento que lo trajo a México: Lugares Comunes, publicado por Índole Editores en el 2018. Nos volvemos entonces marejada de palabras, nebulosa aparte de las voces y el ruido que tejen el relámpago que es la Megalópolis. La conversación fluye en un discurso retrospectivo al centro de nosotros cuando hablamos del oficio del literato, sus raíces y los matices que lo signan. Se deja en manifiesto que todo hombre en su vida tiene una historia que sabe, a lo mejor, algún día contará, aunque el suceso lo sobrepase. En este punto es inevitable que recuerde las palabras de Giovanni Papini cuando dijo que si cada hombre tuviera las habilidades para hacerlo escribiría una novela de su propia vida.

En Lugares Comunes el autor imagina el momento en que se conocieron sus padres durante la guerra civil salvadoreña, acontecimiento real que desemboca, mediante el artificio de la ficción, en una narración trazada en siete fragmentos, piezas dirigidas desde la A hasta la G, a manera de fábula, donde  recrea hábilmente y sin tapujos el momento cuando  Nerio, el protagonista, es llevado preso por algo que no hizo, porque no es guerrillero, ignora que está siendo utilizado como carnada para salvaguardar a Canarias, el auténtico líder,  del operativo del escuadrón. En la cárcel conoce a Dimas (el tipo que ama más la Revolución que a las mujeres), Popeye (él único que conoció a Fidel Castro en la Habana), Milton (guitarrista, el que solía gritar sus poemas en la plaza) en fin, “la realeza de la sección 7”, y Andrea, el amor de su vida, mientras el país se desmorona en medio de secuestros, balas, explosiones y el futuro mutilado. Pero no es A. C.  quien nos cuenta la historia sino El Hijo de Nerio, el seudónimo con el cual se nombra, la otra voz que vibra en su garganta. Se trata pues, de una obra de auto ficción y metaliteratura, la narrativa de la propia narrativa en un tiempo real, en el momento que todo acontece dentro de Lugares Comunes. No hay principio ni desenlace, sino moebius de palabras que retoma toda la belleza de una escritura, con técnica impecable, que mezcla los mismos motivos, lugares y escenas del imaginario, en una canción desgarrada.

En el inicio del libro le es entregado  al lector un epígrafe, la llave, que  apunta el acceso al texto y cifra la esencia del mismo, los versos del Tercer Poema de Amor  del poeta Roque Dalton:: “A quienes te digan que nuestro amor es extraordinario/ porque ha nacido de circunstancias extraordinarias/ diles que precisamente luchamos/ para que un amor como el nuestro/ (amor entre compañeros de combate)/ llegue a ser en El Salvador/ el amor más común y corriente,/ casi el único”.

El relato ha recibido la aprobación de sus lectores y galardonado con el VI Premio Centroamericano Caratula de Cuento Breve. El jurado del certamen dijo que Lugares Comunes “es una narración veraz y genuina acerca de las formas en que los hijos de una guerra buscan lidiar con la orfandad. La voz narrativa no duda en mostrar sus costuras y suturas, valiéndose de estrategias propias de un guion cinematográfico, a través de una serie de episodios virtuales que son narrados al estilo de un comic”.   (Fragmento del Acta del jurado, compuesto por Sergio Ramírez, Alexandra Ortiz Wallner y Daniel Domínguez.)

El cuento breve dibuja la escena que me persigue- como a todos los centroamericanos- y que hace años: no vi, porque nací fuera de tiempo, pero la veo detrás de mis ojos en el cruce entre la memoria y lo imaginario donde los fantasmas y los espectros se presentan y una suerte de pesadilla se forma. La tierra arrasada, los hombres muertos, la guerra es un estigma que se trae en los genes, como un cuchillo atravesado en el organismo imposible de desenterrar.

Alejandro sabe plenamente que escribir es afrontar los más grandes peligros, aceptar correr todos los riesgos, transferirse entero, dividirse en otro para entregarse porque no se puede hacer otra cosa ante la necesidad de decir. Conoce con certeza que es mirar de frente a los fantasmas propios y ajenos. Sobre todo, cuando asume el compromiso absoluto de contar una historia que lleva en sus entrañas, en palabras de Annie Ernaux, “la herida siempre abierta”, que aparece y huye sin cesar en la memoria: el Conflicto Armado.

Centroamérica es el patio pequeño del mundo, al parecer, con una noche eterna, donde es posible todavía mirar el brillo de algunas estrellas. Porción de tierra apretada, una palabra larga germinada en suelo breve desde la cual algunos migramos y volvemos. En tiempos de democracias fallidas, proyectos políticos y económicos caídos, la creación artística es un acto de memoria, la sociedad tiene el derecho de la ficción para sanear los ultrajes, para reinventarse y volver a construirse. Contar historias para sobrevivir y prorrogar el día de la muerte.

Pese a todo seguimos, de pie, soñando.

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Escrito por Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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