Recuerdo vagamente la primera vez que alguien me insultó. Yo no tenía más de 6 años cuando una niña que consideraba mi amiga me miró a la cara y me dijo que ya no podía jugar conmigo porque yo era una ridícula.

–¿Cómo así? –pregunté.

Ella contestó­–: Porque venís al colegio con vestido.

Imagino que existen estudios psicológicos y sociales sobre el impulso humano para ofender a través del discurso, pero mi legítimo interés no radica en el porqué sino el cómo nos insultamos. Y como expresentadora de un medio nacional, exnovia loca de un par de personas y la chica democráticamente electa la más fea de su clase en el bachillerato, creo que tengo suficiente experiencia en el tema.

Veámoslo desde la gramática. Un insulto suele ser un adjetivo, por lo que puede situarse como modificador directo u objeto directo (principalmente con el transitivo ser) para el sujeto receptor: Sos una ridícula. Pero si la idea es herir con forma y fondo, el insulto comúnmente se traslada a un epíteto (gorda asquerosa) o un símil (hablás como estúpida). He visto muy pocos insultos metafóricos, pero admito que son mis favoritos, como esta joya de Shakespeare: ¡Desfigurado por el espíritu del mal, cerdo, aborto!

La selección semántica es la que diversifica y matiza un insulto. Existen los empaquetados que permiten las malas palabras: hijueputa, pedazo de mierda, cerote. Pero la verdad es que se usan tanto que ya perdieron mucha de su crueldad. Lo más obvio es ir a los derivados del asco, la fealdad y la ignorancia. Luego vienen los términos racistas, clasistas, sexistas, homofóbicos y demás alusiones a problemas sociales. Finalmente están los insultos que pueden prescindir de las malas palabras para ofender, la clase de insultos que tan solo describen nuestras inseguridades. Pero eso toma tiempo. Tienes que observar y entender a la víctima hasta cierto punto para decírselo en el momento correcto. Y si tienes la clase de mente enferma que comparten mis acosadores de la secundaria, incluso puedes perseverar hasta propiciar una depresión suicida. ¡Muchas gracias por los recuerdos, Promo 9!

En conclusión, un insulto efectivo debe ser tres cosas: verídico, específico y oportuno. Inevitablemente, todos seremos insultados a lo largo de nuestras vidas: a veces por ser de una forma, a veces por no ser de una forma, y con mucha frecuencia por lo que hacemos en el tráfico. Lo único que realmente nos blinda del dolor es nuestro concepto de quiénes somos y quiénes nos importan. Díganle autoestima o huevos; yo llamo el callo de la otredad porque necesitas tiempo, dolor y fricción para darle forma. Y voy a ahorrarles un par de meses de terapia psiquiátrica para corroborar lo siguiente: los insultos hablan más de quién los dice que de quién los recibe. Diviértanse con eso la próxima vez que cenen con la familia.

Justo la semana pasada, el presidente Jimmy Morales apeló la decisión de la Sala Cuarta de Apelaciones del Ramo Penal en un caso que pudo haberse litigado con más seriedad en Caso Cerrado con la Dra. Polo. Morales asegura que un Roberto Rímola, presunto comediante y mago de fiesta, cometió injuria y difamación cuando en abril de 2018 lo llamó malparido, cerote y, quizá el más doloroso, no ungido. El presidente ocupó varias horas de su ocupadísima agenda de corrupción alcoholismo administración pública para perseguir a un total desconocido que hace lo mismo que miles de tuiteros, columnistas y peatones a diario.

Estar en el ojo público requiere que te acostumbres al escrutinio, que decidas cuál es la versión de tu historia que importa y quién la ha de narrar. Uno creería que un presidente entiende que es imposible caerle bien a todas las personas afuera de su netcenter. Pienso que el verdadero objetivo de Morales era proyectarse como una potencia intachable, capaz de aplastar a cualquier tipejo que con ciega locura sus colores pretenda manchar. (Ya ve, Señor Presidente. Yo también le pongo líneas del himno nacional a mis peroratas para hacerlas más ridículas.) La idea era intimidar al pueblo con una movida dictatorial, pero ese adjetivo es tema para otro día y otra revolución.

Por eso nada me hace más feliz que ver el rotundo fracaso de la denuncia: porque claramente hubo una ofensa personal e intransferible, patentemente conservada en un video vertical con pésima resolución. Al final del día, la mayor lección de humildad es aprender a insultarte mejor que los demás. Dicen que de eso se trata la iluminación. Yo digo que cuando menos me hará más amena la existencia, porque ridícula ya soy.

Anuncios

Escrito por Editores Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014. Es una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Publicamos narrativa, poesía, reseñas, opinión y crítica de arte.

Un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s