Como vivimos en la época de lo hiper, tengo que aclarar ciertas cosas para los casos hipersensibles: no, no me gustan las letras misóginas del género que estoy analizando en esta columna. Sí, admito que se pega su maldito ritmo.

El reggaetón-y toda la música denominada como “urbana”-tiene una construcción rítmica que recuerda a la interminable música ritual. Lograr persuadir y dejar a la consciencia sometida en un limbo lleno de patrones eficaces, de una figura completa y entera. Tiene mucho sentido que este tipo de música, junto con la electrónica, tengan un amplio dominio en el mercado. La electrónica, por un lado, cumple con la exigencias sensoriales, transitivas, hedonistas y efímeras que establece la cultura del consumo y de estetización. La música electrónica nos aliena en el mar de sensaciones fugaces e intensas, logrando satisfacer nuestra urgencia por orgasmos efímeros y múltiples, satisfaciendo al mundo de lo hiper.

El reggaetón y su urbanismo son, de cierta forma, una de las múltiples corrientes que buscan conectar con lo que ahora es nuestro junto con lo que se nos ha negado. Este género es de esas consecuencias no intelectuales ni intencionadas: es un daño colateral, una forma difusa que apareció cuando nos convertimos en lo que somos ahora. La música no busca darle silueta y voz a algún dios extraviado entre los árboles. Ahora los dioses están perdidos entre el concreto, bajo el asfalto, entre las prostitutas, drogas y centros comerciales, entre las diferencias gigantes que deshumanizan.

El reggaetón se concibe en este mundo. Busca encontrar algo, pero no sabe qué. Consigue alienar, drogar y perder a todos a un ritmo en apariencia interminable. Sobre esta naturaleza ritual se apoya el alto contenido sexual de sus letras. El ritmo es la libertad sexual negada, la violencia del tabú, el único comportamiento que, en su acto, sigue siendo puro. A pesar de que en la gran mayoría de letras se presenta una postura misógina, siguiendo con la estructura patriarcal y con una mujer estática, el rito que permite es letras explota en una alienación sexual. El vacío en el sexo, instaurado por los poderes más insoportables de las religiones, desaparece. Niega todo principio, busca la animalidad. Así como la electrónica busca el éxtasis, un destello estético, el reggaetón busca un limbo rítmico y una animalidad, y solo en la animalidad podemos encontrar luces de libertad.

Las apariciones de gente como Becky G muestran un cambio en el rol femenino del género. Estas empiezan a romper el tabú del placer sexual, a explotar su sensualidad en este mundo estetizado. La sexualidad femenina es quizá uno de los pilares más importantes de la lucha en el arte: lograr conseguir un erotismo desde el lado femenino es cuestionar todos los principios estéticos del arte hecho desde una postura masculina. En el reggaetón se puede ver el mismo fenómeno, al igual que en la pornografía: ya se empieza a producir pornografía con el objetivo del placer femenino, así como ya se escuchan mujeres que buscan el rito sexual desde su profundidad, desde su feminidad. El empoderamiento femenino se logra observar en distintos ámbitos, y estos, como todo, pueden estar llenos de contradicciones. El reggaetón es una imagen importante de la sociedad actual: las personas han tenido una sexualidad reprimida y solo en esos rituales logran, a través de las tendencias hipermodernas, explorar lo que el mundo les niega: su propia naturaleza de un ser sexual. Además, muestra como el mundo cada vez siente que ya no hay un origen o un sentido de pertenencia. El reggaetón es un grito desesperado, una inocencia y una inmadurez: la consecuencia de un mundo abandonado.

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Escrito por olivettilettera25

Estudiante de física en la Universidad del Valle de Guatemala. Fundador del certamen de poesía Luis Cardoza y Aragón en la ciudad de Antigua Guatemala, co-fundador de la revista literaria Dibujos de un ciego. He dispersado mis cuentos y poemas por México, España,Argentina y Guatemala. Tengo dos poemarios publicados: Autorretrato (desvergonzadamente auto-publicado, 2013) y Poemas a la nada (Tujaal ediciones, 2016)

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