“I can’t write without a reader.

It’s precisely like a Kiss – you can’t do it alone”

John Cheever

Las secciones de poesía siempre están escondidas, relegadas o inexistentes en las librerías de Guatemala. Eso no significa que no existan ejemplares de poesía a la venta, siempre encontraremos los poemas de amor de Pablo Neruda, el preciosismo de Rubén Darío o el imperdurable “yo pienso en ti/ tú vives en mi mente/ Sola, fija, sin tregua, a toda hora…” que todos hemos leído, obligados o de buena gana.

Hace algunos días entré en una de estas librerías de segundas lecturas, libros que ya fueron leídos por alguien (por muchos) y que su destino es, junto con otro montón de libros, el mismo destino: costar la mitad de lo que alguna vez fue su precio real. La respuesta a la pregunta ¿tiene sección de poesía? siempre me decepciona. Siempre los mismos libros, uno, dos, tres libros viejos. El dependiente de la librería me mostró una pequeña sección, escondida entre la literatura infantil y los clásicos juveniles, donde se vislumbraban, oh sorpresa, una veintena de libros, grandes y pequeños, nada, en todo caso, pero poesía al final. Sentado en el suelo, observando los ejemplares, empecé a identificar poetas que no es usual encontrarlos abandonados: Margaret Atwood, Nicolás Guillén y hasta un Giosué Carducci. Decidido por la poesía completa del Yambambó, yambambé (Cuba y yo tenemos afinidades literarias) me percaté de un libro pequeño, delgado y blanco. Entre mis manos ya no era poesía sino narrativa, que por descuido o equivocación terminó en una sección “errónea”. La obra: Oh, esto parece el paraíso de John Cheever, su última novela (según mis conocimientos) y que New York Review of Books consideró en su momento como una obra “extensa, impresionista, de la mejor narrativa poética”.

Nunca, hasta ese día, había leído nada de John Cheever, ni un cuento siquiera. Nosotros los lectores nunca hemos leído todos los libros, pero si “conocemos” todos los libros, anhelando siempre tener el tiempo suficiente para leerlos… y Oh, esto parece el paraíso empezaba con “ésta es una historia para leer en la cama, en una casa antigua, una noche de lluvia”: suficiente para dejar a Nicolás Guillén (consiente de que estará allí cuando regrese por él) y leer a Cheever bajo sus propios términos.

Empezar por el final. Rodrigo Fresán en “Apuntes para una teoría del paraíso recuperado” considera que la obra novelística de John Cheever debe leerse como las diferentes escalas de una odisea mística a lo largo y ancho de sucesivos territorios terrenos, pero todos imbuidos, siempre, de la potencia de lo místico. Oh, esto parece el paraíso finaliza el proceso místico del viaje novelístico, es Ítaca para el autor.

El protagonista de esta historia es Lemuel Sears, un hombre elegante, de pelo blanco y piel morena que empieza a sentirse viejo. Teme estar llegando al final de su vida y perder así la capacidad de enamorarse, capacidad de ejercer con personas de ambos sexos. Pero en el curso de pocos días dos acontecimientos cambiarán su destino: el primero es conocer a Renée (el tipo de mujer que olvida comprar naranjas y cuando te despiertas con ella entre los brazos te das cuenta que lo primero que tendrás que hacer es ponerte los pantalones y salir a comprar fruta), una joven de la que se enamora perdidamente, y el segundo es la lucha que debe emprender contra la gente que ha contaminado la laguna Beasley, un atropello a la placidez del paisaje y también a la continuidad de su existencia.

Un bebé perdido en el arcén de la 336, cerca del cruce con la 224 será el acontecimiento encargado de unir las vidas de Horace Chisholm (ecologista), Samuel Sears y la familia de Betsy; juntos defenderán poéticamente el lago Beasley.  

Scott Donaldson considera Oh, esto parece el paraíso no como un alegato nostálgico, sino al contrario una eufórica celebración del presente y de los goces de la madurez enfrentada al futuro. El futuro como sinónimo de batalla, tal vez la última batalla, porque al final los seres humanos se esfuman, pero el paisaje permanece.

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Escrito por Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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