Footfalls echo in the memory
Down the passage which we did not take
Towards the door we never opened
Into the rose-garden

T. S. Eliot

Nuestro destino era la estación Charles de Gaulle Étoile. Suzanne, la única persona a la que conocíamos que hablaba español, nos estaría esperando allí. Era la primera vez que estaba en París, aunque debo precisar, era la primera vez que no estaba en Guatemala. Desconocía el idioma, la conversión exacta de la moneda y sus políticas actuales. Mis referencias de los franceses se limitaban a mis conocimientos literarios, autores que leí ávidamente durante mis estudios universitarios y que vagamente recordaba. Mis referencias históricas, en cambio, eran más precisas: recordaba la Guerra Franco-Prusiana, la Tercera República francesa y la Ocupación alemana, recuerdos difusos que nunca terminan de olvidarse. Pero estaba consciente que desconocía Francia, ignoraba las problemáticas que aquejaban a sus ciudadanos y consideré imprudente, en alguna reunión nocturna, mencionar algún dato irrelevante de mi memoria. Pero, cuando Santiago dijo una noche que Suzanne nos invitaba para el invierno, asentí sin prestar demasiada atención. En varias ocasiones lanzábamos comentarios por el estilo, sin que el otro realmente escuchara, asentir era nuestra manera de no preguntar ¿qué dijiste?

     –Su familia la visitará este año.

     Sin percatarme del todo, una fría tarde de diciembre nos encontrábamos (con mapa en mano) en una estación de trenes llamada Cergy Saint–Christophe esperando un tren que nos llevaría a Charles de Gaulle Étoile, donde Suzanne estaría esperando. Santiago preguntó, antes de salir del hotel, si era necesario que lleváramos el mapa. Estaba seguro de recordar las instrucciones de Suzanne y consideraba que era de tontos pensar que no pudiéramos encontrar un tren y contar las paradas, once en total. Sin embargo, decidí llevar el mapa. Uno siempre puede perderse en una ciudad desconocida. En Cergy Saint–Christophe conté las paradas en el mapa, eran diez. Santiago, perplejo, observó el mapa y contó. Su dedo volvió nuevamente a contar y sonrió.

     –Son diez.

     El frio en la estación era soportable. Varios minutos de espera después, el tren llegó.   Santiago, de los dos, fue el primero en subir junto con varias personas con rostros grises y de diferentes nacionalidades. Al cerrarse las puertas, por el altavoz una voz femenina (ininteligible) pronunció algunas palabras que desconocí salvo por un nombre, de lo que parecía lógico, la siguiente estación. El tren en movimiento era cómodo y acogedor. Éramos pocas las personas que abordábamos el compartimiento final, tanto las que subieron en Cergy Saint–Christophe con nosotros, como las que ya iban de alguna otra estación, que rápidamente identifiqué con mi dedo como Cergy Le Haut ¿Qué significarían todos esos nombres? Lentamente observé. ¿Cuáles eran los destinos de los pasajeros? Una anciana afable leía un periódico y por ratos cabeceaba. Tres hombres, de indescifrables nacionalidades, se burlaban de un cuarto que intentaba ignorarlos pero que al final empujaba a uno del grupo entre carcajadas.  La voz de Santiago (también mi voz) reflexionaba sobre los precios de boletos de transporte y meditaba las conveniencias de comprar un paquete económico que Suzanne le recomendó. Mi voz también respondía, era parte de la conversación. ¿A dónde irán? Pensé mientras observaba a la gente en el tren, sus rostros lucían cansados. Todos parecíamos cansados, la luz del tren era intensa y acrecentaba nuestros defectos, poros abiertos y ojeras. Santiago (frente a mí) enumeraba los lugares que visitaríamos al día siguiente, los restaurantes recomendados y los obsequios para amigos y familiares. Él también lucía cansado. Mis ojos dejaron de deambular por la cabina del tren y se centraron en su rostro. Las mismas ojeras de hace cuatro años pensé. Estábamos tan acostumbrados a vernos, desde el primer día que amanecí en su cama. Recordé el día (era domingo) cuando Santiago veía al techo, suspiró y dijo buenos días. El sol entraba lentamente por la ventana. Estuvimos tan cercanos de la felicidad. Allí, estaba justo allí cuando se nos escapó. Cuatro años. ¿Por qué seguíamos juntos? Neuville Université dijo el altavoz, la misma voz ininteligible. Varias personas bajaron y otras subieron. Observé el mapa, las siguientes estaciones serían Conflans – Fin d´Oise, Acheres Ville, Maisons Laffitte y luego Sartrouville. Lentamente el tren iba disminuyendo la velocidad, los pasajeros que bajarían se preparaban para descender, otros veían por las ventanas. Las calles, novedosas para nosotros, eran aburridas y desencantadas para algunos parisinos. Las puertas se abrieron, ninguna persona bajó y ninguna subió. Al parecer nadie vive en Conflans – Fin d´Oise. El lugar se veía desolado. Santiago dijo algo sobre la estación, algo que no logré escuchar, pero asentí. El tren en movimiento, seguía su secuencia, metódico. Las paradas se sucedían, gente subía y bajaba. Un celular sonó. Risas de complicidad. La anciana y su periódico ya no estaban, en su lugar había ausencia. Santiago veía entretenido las calles efímeras. Algunas casas al fondo, el atardecer próximo a la noche. Los arboles de sucedían, iban creciendo y de pronto, desaparecían, lo mismo que el tiempo. Todos nos quedamos atrás. La mano de Santiago, esporádicamente tomó la mía, un gesto común. Sin pensarlo, algo inherente. Maisons Laffitte leí en un letrero verde al mismo tiempo que el altavoz pronunciaba un Maisons Laffitte ininteligible para mí.

     París, desconocida, inexistente y difusa para mí. Por eso me bajé, cuando las puertas se abrieron en Sartrouville para descender, sin Santiago. Me bajé porque nadie allí me conocía y yo no conocía a nadie. Sus ojos, cuando las puertas del tren se iban cerrando tenían la misma expresión que meses atrás, cuando la botella azul estaba hecha pedazos a nuestros pies. Miedo. Ninguno de los dos tenía el valor para levantar la mirada del suelo y ver al otro, comprender que el simple contacto de nuestros ojos revelaría que nosotros éramos la botella azul. El silencio, luego de los inevitables gritos, se había instalado entre nosotros. Desde el suelo, desde los cristales desperdigados, pude observar que Santiago me veía, la misma mirada pensé, la misma mirada del tren. Pero las puertas estaban cerradas ya.  El vodka derramado. El olor nos recordaba que existíamos, que estábamos en silencio. Momentos antes, entre los gritos inevitables, mis manos estrellaron la botella azul, dando por finalizada la discusión. La mirada de pánico de Santiago me veía desde el suelo, reflejada en el pedazo más integro de la botella. El líquido nos reflejaba, reflejaba el techo, la bombilla amarilla y a dos personas que ya no podían utilizar las palabras; el reflejo de nuestros cuerpos en el vodka derramado era lo único que quedaba de nosotros.  Nuestras miradas separadas por los vidrios de la puerta, las ventanas en movimiento, la botella azul y la distancia que, a cada segundo, era más notoria. El letrero azul rezaba: Sartrouville.

     Observé al tren continuar, difuminarse con Santiago. Las personas que se bajaron fueron desapareciendo en distintas direcciones, a sus hogares, con sus familias después de un día laboral. Un abrigo negro desapareció gradualmente, llegaría a una casa, abriría una puerta, saludaría, la cena estaría casi preparada, se quitaría los zapatos y colgaría el abrigo. El silenció y la soledad de la estación se volvieron reales, el tiempo avanzaba inevitablemente. Mis pies empezaban a sentir el suelo, mi nariz empezaba a respirar el frio y mis ojos empezaban a descubrir una pequeña ciudad, sus posibilidades.

     ¿Sartrouville era una posibilidad? 

     Los pasos inevitablemente me llevaron a una plaza, con edificios viejos, una iglesia irrelevante y calles que se bifurcaban en otras calles que irremediablemente llegaban a puertas. ¿Qué debía hacer? Los nombres de restaurantes, bares y tiendas iban apareciendo frente a mí, Sartrouville dejaba de ser una estación y un letrero, se iba construyendo con cada paso que lograba. Sin embargo, debía dejar de caminar y enfrentar la realidad: no tenía dinero en la billetera, en los bolsillos del abrigo, mis manos identificaron unas fichas, pocas. No tenía nada, salvo unas cuantas frases en francés, tres o cuatro euros y la posibilidad de continuar… no obstante, qué significaba “continuar”.

     Frente a una librería llamada Dens gens qui Lisent me detuve y entré. Era un lugar moderno, blanco y limpio que contaba con un espacio para leer y otro para degustar un café. Al adentrarme entre las estanterías, empecé identificar nombres de autores o posibles títulos que lograba traducir para mí. Mejor dicho, el nombre del autor automáticamente me proponía un título que yo me decía conocer en español. Podría trabajar aquí, se me ocurrió cuando encontré la sección de literatura traducida, pero debía aprender el idioma ¿sería difícil? También debería buscar un pequeño apartamento, amueblado, para empezar. Un sofá cama me dije, mientras ojeaba un libro de Alice Munro. Un sofá cama siempre es útil, sirve para las visitas. Necesitaría un sofá cama y una taza grande, para mis cafés matutinos.

     –Un tritre espécial

     –No, gracias, merci.

     Qué difuso se empezaba a volver el pasado, una neblina espesa comenzaba a tragarse mi vida en Guatemala, lentamente todo se volvía eco o retazos que debía ir uniendo, como un rompecabezas de una vida que tuve, que tempranamente se estancó. El cambio les sucedió a otros, no a nosotros, aunque nosotros hayamos tenido que sufrir las consecuencias dijo Raymond Carver. No tengo dinero, pensé.

     Continuar significaba aprender francés, conseguir un trabajo como migrante. En un restaurante podría ejercer como mesero o asistente de limpieza. Sin embargo, por el momento, tendría que dormir en albergues o casas de caridad hasta que logrará reunir un poco de dinero para alquilar un pequeño apartamento con bombillas amarillas y una pequeña ventana que daría a una calle. Con el tiempo, dejaría de contar lo del tren, la estación Charles de Gaulle Étoile y la mirada de Santiago. Continuar significaba, al parecer, olvidar, olvidar que tuve un apartamento, libros y un trabajo. El altavoz dijo, al mismo tiempo que yo leía Houilles Carriére -sur- Seine, en el mismo tono ininteligible. Varias personas se prepararon para bajar, un señor con una cámara Polaroid enfocaba a una niña que lloriqueaba en los asientos de nuestra izquierda.  Santiago preguntó:

     –¿En qué piensas?

     Las puertas en la estación de Sartrouville se cerraron, nos faltaban dos estaciones para llegar a Charles de Gaulle Étoile con Suzanne, que nos esperaba.

     –En el señor de saco negro. 

     –¿Quién?

     –Se bajó en Sartrouville, dije.

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Escrito por Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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