Recuerdo haber estado alguna vez en algún lugar cuya localización histórica (en cuanto temporal y geográfica) no recuerdo. Solo sé que fue en algún lugar urbanizado y polvoso. Habían un par de casas pero el ambiente era, si no fuera por la presencia de aquellos niños —cuyos apodos eran, ciertamente, extraños: Ello, Yo y Superyó— y yo, solitario. Lo que sí tengo bien presente de ese día es lo que vi y escuché, y lo que luego cavilé —pasmado— cuando hube acabado de presenciar aquellos repugnantes hechos:

I: acto y escena únicos

Un sitio polvoso, casas.

(Están tres niños, un animal a pocos metros [queda a merced del lector imaginar cuán lejos y qué animal es este; puede ser cualquiera] y Thanatos. Este último estará siempre en escena, cual mancha negra, cual sombra, alrededor del niño de apodo “Ello” sin decir, jamás, una sola palabra)

Ello (y Thanatos): ¡Mirá, mirá, allá va, ve; allá va! ¡Tirale algo!

Yo: No, no, ¿por qué?

Ello (y Thanatos): Porque sí, ja, ja, ja. Sino yo lo voy a hacer.

Yo: Ay, esperate, pues.

Superyó: No lo hagás, pobrecito.

Ello (y Thanatos): Callate, que lo haga. Sino, es marica.

Yo: Sí, sí, lo voy a hacer. No soy marica.

(Se prepara, busca una piedra en el suelo, la coge y la lanza al animal)

Yo: Hey, mirá, ja, ja, ja; ¡le di, le di!

Ello (y Thanatos): Venite, vamos a ver.

(Corren todos los niños a ver al animal)

Yo: Juela, le saqué sangre…

Superyó: Te dije que no lo hicieras…

Ello (y Thanatos): Ja, ja, cabal le diste. Tenés pulso. Y vos, Superyó, ya callate; siempre sos solo mariconadas.

Superyó: No, lo que pasa es que yo sí pienso.

Yo: Me siento un poco mal…

Superyó: ¡Claro! ¿Acaso no era de esperarse? Acabás de herir gravemente a un animal. Te lo dije, pero siempre salís haciéndole caso a Ello.

Ello (y Thanatos): Cállense los dos, es solo un animal. Hay más como él. No importa que muera. Quizás ni siquiera sienten.

Superyó: ¿Cómo sabés?

Ello (y Thanatos): No puedo saberlo porque no soy el animal. Pero como es un animal, seguramente no siente. Los humanos sí sentimos. Lloramos cuando algo nos duele: ese animal no llora.

Superyó: ¿Y si no puede llorar?

Ello (y Thanatos): Todos pueden llorar.

Superyó: Sos un bruto, Ello, siempre lo has sido. Esa impertinencia no se te quita. Vos no estudiás, no entendés nada. Esos animales no pueden llorar por no sé qué incapacidad biológica. Lo supieras si, en vez de estar peleando con los niños y viendo a las niñas, pusieras atención.

Ello (y Thanatos): ¡Ah, callate!

Yo: Superyó, ¿creés que se muera? Me da cosa verlo así. Me siento mal.

Superyó: Puede ser. Pero no sé qué hacer. ¡No sé qué podríamos hacer para ayudarlo! Le está saliendo sangre y se retuerce. ¡No puedo seguir viéndolo así! Me voy, me voy, bichos; adiós. No puedo con esto, es demasiado.

(Sale Superyó)

Ello (y Thanatos): Ja, ja, al fin se fue. Nunca se divierte.

Yo: Ello, ¿qué hacemos? No podemos dejarlo allì.

Ello (y Thanatos): Acabar lo que terminamos…

Yo: ¿Decís…?

(Silencio corto, de unos 5 segundos)

Ello (y Thanatos): Sí, eso: matarlo.

Yo: Me siento aún peor. No quiero matarlo. ¿Cómo podemos hacer eso? Le va a doler. Acordate lo que dijo Superyó.

Ello: Superyó es un marica; no aguanta nada. Siempre anda con babosadas de hacer el bien. No se divierte nunca.

Yo: ¿Entonces…?

Ello (y Thanatos): Matemos al animal, de todos modos nadie nos está viendo.

Yo: ¿¡Pero cómo!? ¿¡Cómo podemos hacerle eso a un animal!?

(La figura de Thanatos se hace más grande)

Ello (y Thanatos): Fácil, así.

(Ello le pega una patada al animal. El animal sale precipitado a unos 2 metros, máximo, de su ubicación. Yo se pone a llorar)

Yo: ¡NO, ELLO, NO! ¿¡POR QUÉ LO HICISTE!? ¡MIRÁ, LE ESTÁ BROTANDO MÁS SANGRE, ¿¡POR QUÉ LO HICISTE!?

Ello (y Thanatos): Porque sí. Hay que parar de hacerlo sufrir, ¿o no? Entonces vamos a matarlo.

Yo: No tenía que ser de esa forma… Si íbamos a matarlo porque no había remedio, entonces, como mínimo, hubiéramos acabado con su vida rápido. Lo que estamos haciendo es tortura

Ello (y Thanatos): No te preocupés. La verdad es que yo ni creo que esa babosada sienta algo. Vamos a verlo.

(Empiezan a caminar los dos niños para ver al animal. Yo se va secando las lágrimas. Comienza a hablar Yo, hiperventilado)

Yo: Ello, ya es demasiado. Le sacaste el ojo. Esto es demasiado. Este animal no tiene por qué sufrir. Si nosotros no hubiéramos estado en ese momento y en ese lugar, cuando el animal pasó, no le hubiera pasado nada. Y vos sos el culpable: siempre me andás diciendo que haga ¡estupideces! ¡Siempre llamándome marica si no hago lo que decís! ¡Siempre diciendo que Superyó también es marica porque él no te hace caso en nada! ¡Siempre hacés lo mismo! ¡Siempre yo soy el idiota que te hace caso! ¿¡Por qué no lo hacés vos, ah!? ¿¡Por qué!? Si tan macho sos, ¿por qué no lo hacés vos?

(Ello responde sonriendo)

Ello (y Thanatos): Porque yo jamás he sido marica. Si les digo que hagan algo es para que sean hombres. Yo no tuve miedo de golpear al animal y no me siento mal por él. Es solo un animal. Pero si ya te pusiste a chillar, deejémoslo aquí, vos no aguantás. Yo voy a matarlo.

(Ello se acerca al animal moribundo que lo veía con el ojo que todavía conservaba en la órbita. El otro ojo, desencajado, todavía con el nervio óptico conectándolo al cerebro, yacía a milímetros de él; en la tierra, polvoso y ensangrentado. Ello, sin inmutarse, deja ir una patada contundente en la cabeza del animal. Se la destroza y muere)

Yo: Me siento horriblemente mal, Ello. Vos me incitaste pero yo decidí hacerte caso en vez de escuchar a Superyó. Ahora el animal está muerto pero eso no quita el sufrimiento que pasó. Ni siquiera sé por qué te hice caso. Solo lo hice y no pensé nada… Ahora estoy arrepentido, me siento mal y, lo peor, es que eso de nada sirve; eso no va a revivir al animal.

Ello (y Thanatos): Calmate, ya se murió, es lo importante; lo destruimos los dos. Yo también tengo algo de culpa, vaya; para que no sintás que solo sos vos el culpable.

Yo: Eso no importa, Ello. No me interesa que vos también lo hayás dañado y lo hayás matado en última instancia. Yo sé que a vos no te importa, vos sos así; pero yo no. Yo ya manché mis manos de sangre y estoy tan pequeño, ¡estamos tan pequeños! Si tan solo hubiera escuchado a Superyó, si tan solo lo hubiera escuchado. Estoy tan pequeño y participé en una muerte… ¡participé en una muerte, Ello, participé en una muerte! Participé en una muerte, participé en una muerte…

II: soliloquio

Me fue difícil digerir todo lo que vi y escuché. No entendía cuál era la motivación precisa de esos niños para haber llegado a realizar aquellos malévolos actos. Pero, justamente en ese razonamiento encontré mi error: si pretendía encontrar la genealogía de sus comportamientos remitiéndome solo a los niños de forma individual, posiblemente no iba a hallar una respuesta más lógica que la de calificarlos como padecientes de alguna patología mental. Pensé un poco y más y luego empecé a abrir mi panorama: recordé y tomé conciencia de dónde vivimos. Este país, tan hermoso y tan violento, tan chiquito y tan sangriento, es El Salvador. Este país, desde la colonia, ha sido sometido a la violencia; sobre todo, los grupos más pobres. No es de sorprenderse, pues, que los grupos más pobres de nuestro Pulgarcito se socialicen de formas violentas si históricamente han sido tratados violentamente —y todo trato se configura como una interrelación violenta en estos términos y, por tanto, en socialización violenta—.

La socialización es histórica y es a través de ella que se interiorizan esquemas cognoscitivos y marcos valorativos: los primeros remitidos al conocimiento lingüístico y semántico (idioma), episódico (hechos de vida), procedimental (operaciones motoras que actúan en el ambiente) y emocional (reacciones emocionales que se aprenden); los segundos a la axiología con que lo que se dice o se hace es juzgado: es bueno o es malo. Pero no es suficiente, hay más: ideológicamente, los grupos más pobres se configuran y se construyen socialmente como cuasihumanos justamente por ser tratados como tales, sin dignidad: con violencia. Y esta visión ideológica de los grupos no la internalizan ni la manejan solo los grupos ajenos a los pobres. También la internalizan y la manejanlos mismos grupos pobres en sus propios sistemas; es decir, la visión de que ellos mismos son cuasihumanos está presente —y no es patente de forma lingüística porque sí se reconocen como humanos en el habla. Es algo todavía más difícil de ver: es en el trato dentro de estos grupos donde se evidencia que se identifican como cuasihumanos—. Esto es pura alienación espectacular.

Teniendo estos elementos sobre la mesa, se puede pensar que, gracias a la socialización, estos niños, pertenecientes a grupos pobres, desde pequeños, socializados allí, empiezan a internalizar “su calidad” de “cuasihumanos”. Entonces, ¿cómo puede esperarse que traten con un mínimo de dignidad a los animales? Si se socializan violentamente gracias a la experiencia histórica y con la retroalimentacón de su autovisión cuasihumana, ¿cómo no van a ser violentos al interaccionar y relacionarse con otros seres vivos que, para ellos, aunque no lingüística, quizás sí semánticamente, son menos que cosas? Puede que, ideológicamente, en el imaginario social de estos niños, los animales valen tan poco como una piedra, y son tan poco como una. Creo que esa puede ser una explicación plausible: los animales valen menos que ellos porque ellos —según ellos— valen menos que nada y, en cuanto “seres” que valen menos que nada, se socializan violentamente, porque destruirse mutuamente no significa nada porque no “son” nada. Entonces, como un animal vale menos que ellos, violentarlos significa un nada todavía más superlativo.

Sin embargo, tratando de hacer un análisis comunicacional en el plano lingüístico y semántico de las palabras de los niños, dilucidé otro elemento ideológico: el machismo. La construcción de ser hombres, para estos niños, es justamente el ejercimiento de la violencia, de la fuerza, del poder; y con ello someter. Es por eso que la palabra “marica”, usada por el niño Ello, fue tan coaccionaria sobre el niño Yo. Por otra parte, siempre en el plan lingüístico y semántico, tal parece que el fenómeno de la violencia hacia los animales se ejerce cuando no hay revisión adulta; por eso el niño Ello decía que mataran al animal. Nadie los veía. De la socialización histórica violenta tanto adultos como niños no se salvan, están inmersos; pero, a juzgar por las palabras del niño Ello, los adultos dejan atrás el trato violento con los animales —quizás formando una especie de conciencia con los seres vivos en general, aunque no con ellos mismos en cuanto tal— y, en consecuencia, son punitivos con los niños que sí violentan animales. Los niños, por otra parte, están no solo pequeños para esa toma de conciencia y uso de razón —aunque espuria, por el mismo fenómeno de que, entre personas, siempre seguirán siendo violentos independientemente de la edad—, sino que su contexto violento no permite la formación de esta clase de conciencia incluso en términos prematuros. Los niños no difieren de a qué ha de violentarse. Si están en un contexto violento, sencillamente ellos serán también violentos con todo.

De esta forma, se podría concluir que gracias a la retroalimentación dialéctica sobre la autovisión de cuasihumano se cimenta la violencia intragrupal y, debido a la violencia intragrupal se alimenta la autovisión cuasihumana. Y el desencadenante de la acción fue, principalmente, las palabras machistas que dañaron al yo machista —relativo a su ser, no a su apodo— del niño Yo; y a que no había adultos vigilándolos.

Pero no puedo estar seguro. Todo esto es solo una suposición…

III: aclaraciones fuera del personaje

Al principio pensé en no explicar nada de los nombres de los personajes y dejar al lector curioso buscarlos por sus propios medios; pensé que solo los más curiosos llegarían a buscar. Luego pensé que era tedioso y que, mientras esas palabras no fueran más que extraños nombres de llamar a los personajes, y al no tener ninguna carga semántica previa en los esquemas mentales de las mismas, por ende, habría una nula significatividad para el lector. Nadie iba a buscar nada. Nadie iba ni siquiera a asumir que esas tres extrañas palabras sí significan algo. El ello, el yo y el superyó son relativos a la teoría psicoanalítica. El ello son todos los instintos que guarda una persona y con los que nace y que le permiten sobrevivir. El ello se divide en eros y thanatos. En pocas palabras, eros es la parte que trata de unir, y thanatos, la que trata de destruir (por eso Thanatos se presenta detrás del niño Ello). Retomando: el yo es la parte de la persona que se muestra al mundo, que lidia con el mundo y que trata de aplacar los instintos del ello. El superyó es la parte moral de la persona y la que premia o castiga según las acciones se hagan con moralidad. Ciertamente esto no es ni así de corto ni así de sencillo. Pero quiero solo dejarlo esbozado e invitar al lector a que, si gusta informarse más, busque en las siguientes referencias más al respeto; así como de los demás términos aquí tratados.

IV: temas tratados

Ello, yo, superyó, thanatos: Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis; Introducción a la Psicología de Maisto y Morris.

Socialización e internalización de esquemas cognoscitivos y marcos valorativos: La construcción social de la realidad de Berger y Luckmann; Acción e Ideología. Psicología Social desde Centroamérica de Martín-Baró; Introducción a la Psicología de Maisto y Morris.

Alienación espectacular: La sociedad del espectáculo de Guy Debord.

Machismo: El complejo del macho el “machismo” de Martín-Baró.

Ilustración: Absorbed by Light, por Gali May Lucas.

Flavio Menjívar: Escritor de pequeños poemas y crónicas de la vida propia desde 2012. Lector comprometido (aunque con con una trayectoria no muy extensa pero en construcción) desde 2017, gracias a los incentivos de su carrera (Licenciatura en Psicología). Escritor (desde 2018) por mero disfrute de ensayos y microensayos, por lo general con fundamentos referenciales; así como de cuentos, microrrelatos y breves piezas teatrales (sin el fin de pretender tener de forma una estructura dramatizable, más de fondo sí buena calidad de información). Uno de sus primeros ensayos, llamado Acciones gubernamentales, fue seleccionado en el Concurso Internacional de Arte Reflexivo en 2017, organizado por ONG Apoyo Urbano, Jóvenes Contra la Violencia Centroamérica, Asociación de Municipios de los Nonualcos, Art’eD y Galería-Taller Ahtzic Silis;  también se seleccionó y publicó en un libro de antología en el II Concurso de Microrrelatos “Academia para escritores” un microrrelato de nombre Sobre un dialéctico adialéctico en 2019, organizado por Academia para Escritores.

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Escrito por Editores Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014. Es una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Publicamos narrativa, poesía, reseñas, opinión y crítica de arte.

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