“Lo que sucede en tu casa es lo que tratas de proteger todo lo posible, tanto tiempo como sea posible”

Alice Munro

¿Alguna vez olvidaremos Comala o Macondo? ¿Qué tienen en común estos lugares? ¿Cómo llegamos? ¿Existen?

La literatura necesita de la realidad para crear, construir y mantener la existencia de la imaginación, esa capacidad cerebral para crear realidad virtual. William James afirma que la imaginación son las sensaciones, que una vez experimentadas, modifican el organismo nervioso, de manera que es probable que reproduzcamos copias de ellas sucesivamente luego de desaparecidas estas. No obstante, también es posible que la imaginación intente imponerse a la realidad, que busque ser la realidad.

La imaginación, según James, puede ser “reproductiva” cuando las copias son literales y “productiva” cuando se combinan elementos de diversos orígenes para crear nuevos conjuntos. Estos mecanismos han sido utilizados por el arte para derrotar al tiempo, fijar la inestabilidad de la vida. Por ejemplo, Juan Rulfo se agencia de la imaginación productiva para crear Comala, un pueblo existente en la localidad de Colima. Las características peculiares de este pueblo lo convertirán en el lugar más importante de las letras latinoamericanas; incluso mucho más que Macondo. A diferencia del escenario de tintes casi míticos dónde se enredan, yuxtaponen y pierden las vidas de los Buendía, Comala sí es. Existe más allá de los fantasmas que escribió Juan Rulfo. El autor utilizó ciertos aspectos de la realidad (nombre, clima y referencias geográficas) para construir la Comala de Pedro Páramo, la misma que condenará al silencio.

Macondo, el pueblo soñado por José Arcadio Buendía en Cien años de soledad, empezó a fraguarse en el viaje que realizó Gabriel García Márquez cuando tenía quince años con su madre a Aracataca, para vender la casa donde había pasado su infancia. El pueblo se había vuelto un lugar polvoriento, caluroso y desolado: una ciudad fantasma. El autor utilizó estas imágenes para empezar a construir una pequeña sociedad que se convirtió en una utopía de fundación. Comunidad minúscula y primitiva, autárquica, en la que existía igualdad económica y social entre todos sus miembros y una solidaridad fundada en el trabajo individual de la tierra; una aldea que empezó con unas cuantas casas de barro y cañabrava hasta su apoteósica desaparición.
Ambos autores combinaron elementos de diversos orígenes para crear nuevos conjuntos; utilizaron la memoria, el sueño y la realidad para erigir pueblos míticos en la literatura hispanoamericana…

El lector perspicaz se preguntará a estas alturas ¿para qué tanta perorata dicha ya? Y tendrá razón, sin embargo, creo oportuno hacer mención de estas invenciones narrativas porque considero que Alice Munro es la gran forjadora de Ontario, así como Juan Rulfo hizo con Comala, Gabriel García Márquez con Macondo y William Faulkner con Yoknapatawpha.
Alice Munro nació en Wingham, Ontario, en 1931. Creció en el seno de una familia de granjeros y estudió en la Universidad de Western. Ha publicado doce volúmenes de relatos, dos antologías y una novela. Ha recibido varios galardones por su trayectoria literaria, destacando el Govemor General´s Award, el Man Booker International Prize y el Premio Nobel de Literatura por “su maestría en el arte del relato”.

Los relatos de Alice Munro tienen rasgos particulares que los distinguen e individualizan. Entre los aspectos significativos, se debe destacar la figura/voz/personaje femenino predominante en sus historias, esta afirmación no debe confundir al lector, en el Mundo Munro los hombres existen, son parte argumental de los mismos, pero son las mujeres las encargadas de narrar, de “contar” lo que está sucediendo. Los detalles, por otro lado, son componentes necesarios en la construcción de los entornos rutinarios de los personajes; la importancia de enumerar, especificar y evidenciar objetos (muebles, ropa, vajillas) demuestra la cualidad sentimental que poseen en la vida misma. El cuento “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio” tiene como eje central el “robo” de una mesa de comedor y seis sillas. Un juego de dormitorio, un sofá, una mesita de té… y podría seguir, enumerar todos los muebles que la autora enumera. El tercer rasgo de la narrativa de Alice Munro, primordial según mis reflexiones, es el espacio geográfico donde sitúa los acontecimientos que cuenta.

Los espacios geográficos en los que se desarrollan las historias de Alice Munro, el Mundo Munro, coincide con el de su biografía. Nunca se aventura fuera de Canadá, limite espacial de sus narraciones. Los espacios recurrentes de la autora son la provincia de Ontario y el escenario de la Columbia Británica, entornos rurales o semirurales (granjas, pueblos o ciudades pequeñas); en todo caso su literatura nunca es urbana, de la ciudad. En “Flats Road” Benny intenta llegar a Toronto buscado a Madeleine, su esposa, que ha huido de él. Su incapacidad de comunicación y orientación lo obligan a regresar, luego de varios días, frustrado de la ciudad.
Personajes e historias están fundidos con este espacio concreto que no puede ser omitido o intercambiado y que adquiere una entidad literaria cuya dimensión y significación, fidelidad y familiaridad es comparable a la creación productiva de Juan Rulfo y Gabriel García Márquez.
Desde La vista desde Castle Rock la autora se ha encargado de ir reconstruyendo la historia de Ontario, aquellos lejanos días cuando Andrew (antepasado familiar de la autora) regresó a Castle Rock en Edimburgo y recordó el día que su padre le aseguró que un día de buena visibilidad se podía ver América. Ese día pensó que había visto el sueño de su padre. Se tardó unos cuantos años para conocer los mapas lo suficiente para enterarse que nunca vio América sino Fife, concejo de Escocia. Esta pequeña anécdota, imaginada por Munro, sirve como punto de partida para la eventual cartografía que irá desarrollando desde la emigración de sus antepasados desde Escocia, hasta su propia vida en Ontario.

Alice Munro no inventa, no destruye, no diviniza pueblos, se limita simplemente a describir el suyo, lo que conoce. La concreta geografía es aprovechada por la autora y la vuelve el escenario principal de toda su narrativa. Ontario es un núcleo donde se entrecruzan el destino de muchas mujeres, algunos hombres. Queenie logró escapar de su marido mientras Carla regresó con Clark, al que si amaba a pesar de los golpes. Fiona ingresó al mismo centro de atención, Hogar de Reposo Vistas del Lago, que Nancy, en tiempos diferentes, la misma circunstancia: alzhéimer. El tren que regresó a Vivien Hyde a Toronto luego de su boda frustrada, era el mismo que Juliet abordó para ir a Vancouver por el trabajo de literatura grecolatina, sin sospechar que resultaría embarazada durante el viaje. En la estación donde se bajó Juliet, Greta se despedía de Pete, se llevaba a Nancy con ella de regreso a Toronto. ¿Se toparon con “la loca” Madeleine huyendo de Benny? Él nunca encontró la 1. 249 Ridle Street cuando fue a buscarla. En el Mundo Munro las calles se entrecruzan, se detienen, se alejan… alguien nace, alguien crece, alguien se enamora, alguien se casa, alguien huye, alguien empieza de nuevo… alguien muere.
Ontario existe en los mapas, en fotografías de turistas americanos y en la documentación de la Academia Sueca, pero también existe un Ontario personal interpretado por Alice Munro, uno repleto de chismes, rumores y secretos. En fin, humano.

***

Imagen: La casa del pescador

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Escrito por Mandrágora

Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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