Top 5 personas que me desagradan:

5. Homofóbicos
4. Pro-militares
3. Clasistas
2. Gente que se ofende por chistes de violación
1. La chava que violé la semana pasada y no me contesta las llamadas

– Oliver España

Bueno, arranquemos la curita: mi respuesta es no. Pero antes de que vengan a buscarme con el rosario de insultos las feministas, los cristianos y la gente decente, permítanme explicarme con toda la seriedad posible.

Absolutamente todas las controversias de la comedia emergen porque a alguien le ofende un chiste. Raramente se habla de un vejamen a la moral o a las buenas costumbres. Es aún menos frecuente que se mencionen consecuencias, como la desinformación del público o el mal ejemplo para los pequeños. Comediantes famosos como Kevin Hart o Louis CK han perdido prestigio y oportunidades por el contenido de sus rutinas, y corre el rumor de que ya no se puede bromear sobre nada.

En mi experiencia como standupera, cada vez que surge un chiste enfocado en temas como la muerte, religión o minorías, nuestra productora hace un conteo de ofendidos que se levantan y abandonan el show. Otras personas eligen acercarse a los comediantes al final para aseverarnos que no debemos bromear sobre algún tema delicado. Ahora bien, si uno les pregunta a quienes reclaman si ellos son acaso LGBT, minusválidos, indígenas, católicos practicantes o víctimas de cáncer, todos responden inmediatamente que no, pero me repiten que no tengo permiso de hablar de eso

¿Quién tiene la razón? ¿El artista que genera una interpretación enfocada en entretenimiento o la audiencia que consume ese entretenimiento? ¿Tiene la audiencia el derecho a prescribir los límites creativos?

Para empezar, creo que las personas que buscan educarse en un show de comedia, un meme o una serie de televisión necesitan repensar sus prioridades. Les sugiero que mejor abran un libro de vez en cuando. La comedia siempre se trata de dolor. No se trata de cambiar el mundo ni de prescribir la moralidad. Se trata de transformar algo doloroso en risa, en cuestión de segundos.

Sigamos.

La libertad de expresión, para bien o para mal, existe y no tiene ningún interés en la verdad o la razón. Sin embargo, defenderse con esa excusa es la primera señal de que un comediante es mediocre. Si no existe una subversión o inversión legítimamente ingeniosa o creativa, lo justo no es señalar que un chiste es ofensivo. Lo justo es decir que es malo, o peor, solo un cliché.

Muchos comediantes en mi pequeño rincón del tercer mundo son aplaudidos por chistes de ese tipo: se burlan de las mujeres por ser emotivas o de los homosexuales porque existen. Pregunto: ¿cuál es la novedad ahí? Esos chistes se han escuchado desde hace décadas. Sí, existe un público que aplaude y se ríe. Al final de cuentas consumimos el contenido que resuena con nuestras ideas y emociones, pero eso también delata hasta dónde estamos dispuestos a cuestionar nuestras creencias y convicciones.

Un comediante que apunta al denominador común es tan olvidable como original. Por eso no me sorprende que busquen la ofensiva como un bravucón en el campo de recreo, solo para lastimar a otros, escandalizar y ganar unas palmadas en la espalda antes de huir despavorido porque viene la maestra. Patético, la verdad.

¿Cómo funciona el verdadero humor negro? Para empezar no es una retórica del odio, sino que parte de un espacio de humildad y sinceridad.

(Por eso no me sorprende que el ego de muchos no lo soporte.) Si está bien hecho, un chiste negro cuestiona por qué existe el tabú en el primer lugar. Por supuesto que incomoda y ofende, pero su discurso se basa en una evidencia observable, no en los paradigmas que otros han impuesto como “lo gracioso”. George Carlin expuso maravillosamente este fenómeno hace años, efectiva y maravillosamente, con un chiste sobre una muy gráfica violación.

En un mundo cada vez más dotado de tuiteros ofendidos y cuentas bloqueadas, vale la pena volver a escucharlo. De nuevo: la comedia no es un negocio para discursos morales ni masajes a la autoestima (esas son las iglesias). Es una interpretación, y cuestionarla como verdad y testamento es tan absurdo como preguntarle a Paul Walker si suele conducir con seguridad.

Al final, el humor negro no es para todo el mundo y eso está bien. Lo mismo puede decirse del reggaetón y el death metal: no somos ni mejores ni peores personas por consumirlo y solo es una preferencia basada en nuestros principios. Sin embargo, si vamos a pedirle a las personas que “tengan una mente abierta” y que “aprendan a reírse de sí mismos”, lo mínimo que podemos hacer como artistas es esforzarnos para que su atención valga la pena y sea recompensada con legítimo ingenio.

Imagen: Joan Cornellá

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Escrito por Editores Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014. Es una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Publicamos narrativa, poesía, reseñas, opinión y crítica de arte.

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