No don Fernando (aguántese el don, así tratamos a la gente mayor que no es amiga nuestra): el rock, la música disco, el heavy metal, géneros de la música popular en inglés que usted insiste en meter dentro del mismo armario de objetos ruidosos, dejaron de atontar y desesperar a la gente por estos rumbos. ¿No me diga que hasta lo alto del edificio de apartamentos de la calle Amsterdam 122 donde vivió en dulce amasiato con el escenógrafo David Antón no le llegaban los trompetazos de la narcobanda, parida en malahora para acabar con el son jarocho, la marimba chiapaneca, el mariachi de Jalisco y la redova norteña, haciendo explotar unas cuantas bombas yucatecas para arrasar con los oídos y la paciencia desde temprano por la madrugada hasta retarde por la noche en los vecindarios?

Me atrevo a imaginar que más de algún vecino suyo se curaba el susto con repetidas dosis de narcobanda todos los días después del terremoto del 19 de septiembre de 2017, que sacudió la Ciudad de México a los pocos días de que la muchedumbre se reuniera en el Zócalo para entonar el Grito bajo la dirección de Enrique Peña Nieto, y por eso usted, en su desesperación, dejó su conducta dulce y afable para transformarse en el narrador de sus libros contados en la primera persona del singular para atacarlo cuchillo en mano ya que no se podía razonar con él por las buenas. Como usted es extranjero, y joto por añadidura, la paisanada hizo causa común con el supuesto agraviado: seguro fueron a denunciarlo a la delegación del Ministerio Público más cercana. Murió David Antón, ya no tenía sentido quedarse en México y regresó a su Antioquia, aunque años atrás renunció a la ciudadanía colombiana y juró su pertenencia a la tricolor.

Le apuesto Fernando (ya ve, le tengo más confianza), que en lugar de los vallenatos lacrimógenos que suenan en cada taxi tomado en La Virgen de los sicarios se encuentra con el reguetón producido por sus paisanos cada vez que sale a pasear con su perra Brusca. Y la verdad me parece extraña su aversión al rock: usted nació en 1942, el mismo año que Paul McCartney; sé que hizo estudios de piano, que gusta de la música de cámara y se me ocurre que quizá debió prestarle atención a los Moody Blues, King Crimson, Yes, Genesis, ¿Supertramp?, y de perdida asistió a los comienzos del rock progresivo italiano durante los años que estudió cine en Roma. Pero entiendo, no hace falta ser contemporáneo de un movimiento (cultural, literario, lo que sea) para sentirse parte de ese movimiento y gustar de ese movimiento.

Espero que el silencio, ese bien tan preciado y tan raro (escribo estas líneas mientras guerreo contra mis vecinos; son más de las nueve y no dejan de poner narcobanda; yo les contraataco con el balkan beat; solo una canción más y toco retirada porque no dejarán de hacerse las víctimas para llamar a la policía y me amonesten por perturbar la paz mientras ellos, pobrecitos, solo se la quieren pasar bien porque no tienen el dinero suficiente para salir de descanso en Semana Santa), le acompañe en su retiro de Casablanca en Medellín y le permitan escribir ese libro donde terminará de ajustar, de una vez, para siempre, las cuentas que todavía tiene pendientes con Colombia.

Fotografía: Jairo R. Sanabria

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Escrito por Mandrágora

Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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