1

Natalia respondió con una afirmación y con plena seguridad a todas sus preguntas. Tras analizar su currículum, el gerente administrativo le sonrió atravesando sus negros ojos con un dejo de malicia. Le estrechó la mano y le brindó la cálida bienvenida. Con esa sonrisa equina de hombre de negocios le expresaba que a partir de ese momento formaba parte de la familia: una prestigiosa empresa de localizadores con innovaciones en todo el mercado centroamericano.

Ella era una muchacha soltera, pero con la intención de formar en un futuro no muy lejano un hogar con su novio, Joaquín, un universitario que repetía por segunda vez el primer semestre de zootecnia en la Universidad Nacional.

Por supuesto que en el cuestionario contestó que sí, cuando le preguntaron si estaba segura que en los próximos tres años no tendría hijos. Su madre le enseñó desde pequeña que las mentiras piadosas tienen vigencia. El padre, que la abandonó cuando su cuerpo se estremecía en el primer día de su adolescencia, la conminó siempre a mentir cuando se tratara del honor, prestigio y solvencia de la familia.  

Sin embargo, esa tarde, cuando tiñó de rojo el centro de las sábanas de su cama, supo por palabras de su madre, que Papi no regresaría más a la casa. Nunca le guardó rencor a pesar de que su madre insistía en que era un malparido, que se marchó con una muchacha que sin cumplir los 18 años llevaba en su vientre, lo que sería siete meses más tarde, un hermano solo de parte de Papi, como le explicaba entonces a las compañeras de clases.

A Natalia ese recuerdo la abordó cuando colocó una X en el inciso A, donde le preguntaban si tenía cargas familiares: 1, un hermanastro, aclaraba.

Cuando su padre abandonó a Yamilet, la madre de su medio hermano, esta vez en un barco bananero con destino a Miami, Natalia suplicó a su madre para que se quedaran con él, quien recién había cumplido 8 años. Yamilet lo llegó a ofrecer por no más de trescientos dólares. Había tomado la determinación de viajar, primero a Guatemala, donde le ofrecieron trabajar en un prostíbulo, luego a México con destino directo a Tijuana, donde estaría a un paso de San Diego, la puerta que recibe a todos aquellos que quieren subirse al tren del American Dream.

2

Le correspondió el turno nocturno en la oficina. Así le sucede a las nuevas, le explicó Olga. Ella fue la que le ofreció el rápido curso de inducción. Su escritorio era muy pequeño. Una computadora conectada a una línea telefónica, un audífono con micrófono, un pequeño cuaderno y su silla giratoria eran sus herramientas de trabajo.

Le asignaron la clave 21 y le sugirieron que contestara con total amabilidad: buenas noches, soy Natalia, para quién es su mensaje, con mucho gusto.

La primera llamada la recibió a las nueve de la noche: por favor para míster Jhon F. H. Winston, con el número de unidad 34321. ¿Cuál es su mensaje? Qué ojos tan hermosos los tuyos, te amo, de parte de Verónica.

Unos minutos más tarde entró el segundo para la misma persona: dichosa yo de ser tuya, te amo por sobre todas las cosas, Enma.

Natalia sonrió al transmitir sendos mensajes, pero consultó a Olga acerca de las restricciones de la compañía y las políticas para la transmisión de los telemensajes. Ella respondió que la empresa se caracterizaba por la total libertad, pero toda vez, y eso se lo remarcó con el ceño fruncido, que tuvieran un remitente: mensajes anónimos o de seudónimos no se enviaban.

Natalia tomó un poco de café. Bebió con prisa para acabar con el sueño. Ella tenía costumbre de dormir temprano, pero a partir de ese día saldría a la una de la madrugada de la oficina.

Por favor, un mensaje para la unidad 34321, qué ganas de estar con vos a todas horas, Nineth (por favor operadora 21, puede repetir dos veces el mismo mensaje), con mucho gusto, buenas noches.

Recibió dos recados más, pero no como los anteriores, eran emergencias médicas y para un supuesto periodista, que se dirigiera hacia el lugar donde había ocurrido un accidente.

Natalia estaba a punto de entregar el turno cuando recibió un último mensaje para míster Winston: nunca conocí a alguien con esos ojos y ese calor como el tuyo, Verónica.

Cogió un taxi para su casa. El piloto la veía a través del retrovisor con los ojos bien abiertos y casi asustados. Le recordó un caballo que montaba en El Chompipe, una finca donde la llevaba Joaquín a vacunar bestias o a castrar toros. El taxista sacudía la cabeza como si tuviera animales en las crines. Natalia pensó que quizá habría tomado alcohol. De cualquier manera llegó sin novedad a su casa.

Antes de dormir recordó los mensajes para la unidad 34321. Intentó imaginarse a míster Winston, pero el sueño la venció. Una sonrisa se le dibujó en su rostro, antes de quedarse profundamente dormida.


3

Cuando viajaba en bus hacia la oficina, Natalia observó con más atención los cafetales, las casas, los puentes, especialmente a los hombres que portaban un localizador. Se dijo a su fuero interno que más le valía a Joaquín terminar pronto su carrera porque ella quería comprar un terreno cerca de la finca El Chompipe.  

Le encantaba la vida del campo, los caballos, el bosque, bañarse en el río, ponerle leña a la chimenea. Le fascinaba hacer el amor sobre la copa de un árbol con Joaquín. Por todo lo anterior se había decidido a trabajar duro para ahorrar plata y, junto a su pareja, alcanzar esos sueños. Su hermano podría ir a vivir con ellos, a él le encantaba montar.  

Justo ahora que estaba llegando a la oficina recordó que dentro de su bolso había metido una foto de Fernandito, montando un caballo negro azabache. En esa ocasión ella llevó al chiquillo a la finca. Don Albin, el dueño, ante la insistencia del pequeño lo dejó montar a Tornado. Como fue un día histórico decidieron tomarle un foto. Fernandito salió con un aire triunfador. El caballo se veía imponente, con ojos de lascivia y un halo de bestialidad sexual. Natalia no se atrevía a ver la cara del animal.

Buenas noches, por favor un mensaje para la unidad 34321: qué tirada, me estremeciste como nunca nadie lo había  hecho, Enma. Para la 34321: espero que tu noche sea tan especial como tu día, tuya, Nineth. 

Natalia sintió un cosquilleo dentro de su vientre. Recibía otros recados sin trascendencia, pero los dirigidos a míster Winston eran fabulosos. Además provenientes de numerosos nombres de mujeres, no solamente de uno. Ese gringo ha de ser un bicho en la cama, se dijo, pero se sonrojó al pensar así, porque ella, cuando se refería al sexo, solamente lo hacía pensando en función de Joaquín. Otra llamada la interrumpió: qué polvo, ruego a todos los dioses del firmamento que te den mucha vida, que te alcance lo suficiente para hacerme feliz una y otra vez, Verónica.

Natalia realizaba su turno con otras dos compañeras, Susana e Ivonne. Ellas la recibieron con aquella camaradería y solidaridad, típica de salón de belleza. No se atrevió a hacerles comentarios sobre las llamadas que recibía para míster Winston. Uno de los decálogos de la empresa era la total privacidad de los mensajes. Se llevaba un control con códigos. Era estrictamente prohibido discutirlos con las demás.  

Susana sonreía excesivamente cuando recibía un mensaje. Su escritorio estaba ubicado al lado derecho del de Natalia. Alguna vez comentó que tenía un hijo, pero prefería no hablar del padre de la criaturita. Era una rubia guapísima con anchas caderas y ojos verdes. En uno de los tres paneles, que en conjunto ella denominaba con ironía el establo, colgaba una herradura de la buena suerte precisamente en el que colindaba con el de Natalia. Ese talismán fue un pretexto para conversar. Platicaron desde el tema de los hombres, las caricaturas, especialmente la del Cabazorro, hasta de los caballos de carne y hueso. Susana era admiradora de las carreras y las apuestas. Le confesó que alguna vez asistió con frecuencia. Allí se divirtió hasta el éxtasis. Además, en ocasiones hasta ganó bastante plata. Las dejó porque apareció, de entre los establos del hipódromo, el padre de su unigénito. Después evitó aparecerse por cualquier sitio que le recordara esos desagradables momentos. Cuando Natalia insistió en preguntar por qué guardaba la herradura, Susana respondió que la tomó de las pertenencias del padre de su hijo. Cuando él se atreviera a volver a su lado, la utilizaría como arma contra ese ser despreciable.  

Natalia le explicó que lo poco que sabía de caballos lo había aprendido de Joaquín. Su novio, le relató entre sorbos de café, era estudiante de zootecnia, pero también asistía a los jaripeos a montar potros salvajes. Ambas sonrieron, pero cuando timbró la línea telefónica en cada uno de sus escritorio dejaron de conversar. Natalia atendió: para… te amo, te amo, te amo, Verónica (por favor, repítalo dos veces).

A la una en punto se quitó los audífonos y anotó en su agenda las llamadas y códigos. Atrás de ella permanecía Guadalupe, a quien le entregó todo el equipo. Ella era la encargada del turno de la madrugada. Pensó hacerle algún comentario, pero recordó el decálogo. Guadalupe era una mujer que transitaba por los cincuenta años. Era soltera y nunca tuvo hijos. Observarla inspiraba indulgencia. Una mujer muy amable y recatada, sonrió Natalia para sí cuando tomó su chaqueta. Su relevo no iba más allá de buenas noches, feliz retorno a casa 21 o, cuando estaba de buenas, hasta mañana compañera.

Alargó la mano casi en medio de la carretera y detuvo a un taxista. Tras indicarle las señas para llegar a su barrio, recostó su cabeza en el asiento y se imaginó a Susana lanzando la herradura hacia una cabeza de caballo con el cuerpo de palo. La imagen le causó risa y pensó en decírselo al siguiente día a su compañera. A diferencia de otras ocasiones, el conductor del taxi era un hombre respetuoso, maduro, fue la palabra con la que lo describió Natalia. Recordó a su padre. No encontró la mirada de centauro del taxista de días pasados. El tipo escuchaba las noticias y su único comentario fue sobre lo mal que andaba el fútbol por esos días. Ni siquiera la vio por el retrovisor. Natalia echó una ojeada a lo negro del paisaje. Escuchó el canto de un gallo y a lo lejos un potro que relinchaba con placer hacia el infinito, y pensó en míster Winston.

[TO BE CONTINUED]

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Escrito por Mandrágora

Editorial y revista digitales. Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe sus propuestas a edmandragoragt@gmail.com

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