Dejamos huella a cada instante, en cada objeto utilizado, en los libros leídos y en los brazos amados. Las dejamos en la piel y en el alma, a veces hiriendo y otras acariciando la memoria. Hay huellas inevitables, quizás casuales. Otras, llevan consigo un propósito particular; se trata de aquellas que se convierten en un destino y un objetivo de vida. Quizás debido a su existencia, invertimos tiempo y esfuerzo en construir legados que se burlen de nuestra condición mortal a tal punto que nuestra inmortalidad ilusoria cobra más importancia que nuestra finitud tangible.

Se dice que toda persona antes de partir debería plantar un árbol, escribir un libro y tener, al menos, un hijo. Esta sentencia tan enraizada en nuestra cultura popular, ilustra de manera perfecta la manera en la cual nuestro anhelo de trascendencia se convierte en el móvil de cada uno de nuestros pasos. Incluso la publicidad, los medios de comunicación, todos y cada uno de nuestros círculos sociales nos bombardean con esta idea, cada cual con un lenguaje y objetivo determinado, pues enquistar en nuestros cerebros esa ambición por dejar un legado que prevalezca después de nuestra muerte, lleva consigo una carga religiosa, moral social y espiritual que seguiremos heredando en tanto no cuestionemos su razón de ser.

Trascender se traduce en producción y reproducción material y biológica, en esencia. Quién ha conseguido todo aquello que la sociedad le ha impuesto como propósito de vida, es reconocido por su entorno cercano como “una persona exitosa”.  Quién, por cualquier razón, vive de una manera totalmente distinta a las imposiciones sociales y familiares, lleva consigo el peso injusto de las recriminaciones ajenas que, en ocasiones, traen como consecuencia, soledad y aislamiento.

Mis palabras no condenan ningún anhelo genuino por ejercer la maternidad/paternidad o bien, por conseguir determinado objetivo a nivel académico o laboral. Más bien, se trata de un ejercicio de crítica y autocrítica dirigida hacia aquellas acciones individuales orientadas a cumplir ciertas expectativas sociales, especialmente las que nos han vendido como mecanismos para nuestra trascendencia personal, ese legado que “debemos dejar” en cada sitio recorrido.

¿Realmente debemos dejar una huella y un legado en cada tiempo y espacio? ¿Merece la pena sacrificar la vida misma para fabricar un legado que trascienda las barreras espaciales y temporales? La respuesta está quizá encerrada en las preguntas mismas, pero aún creo que es posible liberarla en cada acción que realicemos, no para trascender, sino para compenetrarnos a plenitud con cada minuto vivido. Quizá, la mejor manera de burlarse de la muerte es reírnos de la vida durante su curso, liberándonos de esa obsesión por dejar huellas y concentrándose en fortalecer vínculos tangibles y trabajar (sin importar si nuestro entorno social lo aprueba o lo condena) por aquello que realmente nos sacude en lo más íntimo de nuestro ser.  

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Imagen: Colours that Don´t Exist.

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Escrito por Editores Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014. Es una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Publicamos narrativa, poesía, reseñas, opinión y crítica de arte.

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