Centroamérica pide zarpe en una cevichería

“Y ¡Ay de aquel que toque ese cable de tensión! Se quema”

Monseñor Romero


Centroamérica tiene fronteras                                                 imaginarias

como poetas 

                  reunidos en una mesa.

Tiene una larga cadena 

                             de cárceles de hambre

y lagos de sangre que buscan 

                                        sus piernas entre fúsiles y banderas.

Centroamérica es 

                            este quiste de malos amores

hasta que alguien se anima 

por fin    a poner una canción.


Entonces Centroamérica parece sonreír 

como la niña

                       que ha escapado 

de sus persecutores.

Y comienzan a hablar las sillas de Centroamérica

como libros que se abrieran 

                                             para tratar su antiguo don de ciencia. 

Acá, alguien levanta su vaso 

                          y brinda 

                  por un país 

golpeado 

           por militares.

Los desaparecidos y los refugiados 

flotan en sus labios

como cubos de hielo en las venas de Centroamérica. 

Allá, alguien levanta 

su rabia incontrolable

y postea en los muros 

las consignas

de un genocidio 

que no limpiará más nunca 

su sangre seca.

Y en aquella silla, 

Centroamérica 

cuenta la remesa 

que le viene           y la que ha ido 

para ver si su cabeza 

alcanza para poner 

otra canción.

Y nada que se le olvidan 

los muertos aunque sus pies 

canten en otra tierra. 

Y Centroamérica se queda, como agachada,

hasta que otro litro y otra canción llegan.

Entonces Centroamérica 

escribe en su mente y en su piel,

en papeles 

y poemarios 

y manifiestos 

y documentales

                             su pie de lucha 

y su fuego inacabable

como los abuelos. 

Sufre más que los que quedan, 

y los que quedan, 

luchan y luchan 

porque su lucha no conoce tierra. 

Y Centroamérica 

se ríe amarga 

cuando abofetean

al borracho más feliz del mundo 

porque ya es hora 

de pagar la cuenta.

Y el azar de una moneda

toca el corazón

de Centroamérica 

y sus poetas comienzan 

el canto insomne

de una luna 

que los seguirá la vida entera.

Y la Luna 

le cuenta el viejo cuento

de una ballena

que encalló

en las costas de la utopía.

Y aunque afuera

la policía inicia

las redadas de la conciencia,

a Centroamérica

le dan ganas de quedarse 

para siempre en esa mesa. 

****

Estrellas, videojuegos y feromonas

I

Pasaban por mi casa sin tocar el timbre, sin mandar mensajes, sin llamar por teléfono,

y salíamos como quien sale a navegar las aceras,

chicos niños apenas hombres hablando de juegos y de series

y de chicas niñas muy mujeres que iban en camino al colmo de la fruta,

a la madurez de las esferas que caen y revientan.


II

A mí el romanticismo se me salía 

no tanto en los poemas sino en el fútbol,

al desbordar la banda o centrarla con rabia, aunque no la llegara.

El clasicismo se me salía en el gusto por jugar en la media

y preferir aguantarla que comprometer un pase largo.

Pero en una u otra posición,

siempre peligraba envalentonarme,

irme adelante, quitarme dos o tres,

y el cuarto que me viniera con plancheta.

Casi siempre me dejaron la plancheta, 

el pichazo era seguro,

me revolcaban en el piso

y luego me ofrecían la mano para levantarme.

Aún me dan ganas de pensar

que estoy en una plaza

y no en un salón, no en una lectura, no en una oficina,

de agarrar los tacos e irme a ver quién juega,

ponerme cualquier camiseta, jalarme una chilena en cualquier bando,

y mandar al descenso al tiempo y al dinero,

arrojarlos a las frías duchas de las revoluciones por/venir. 


III


Me dio por buscar estrellas entre video juegos

y de ahí conocí las primeras piernas que sé con certeza

que me pusieron duro y me dejaron hirviendo

y me pusieron rojo y me hicieron activar el disimulo 

y concentrarme en la pantalla antes

de que la sala se volviera

un mar de babas.

Llegaba ella, Lucy por los púberes llamada,

su tazón con cereal y leche,

sus shorts, sus piernas cruzadas,

y que miraba la pantalla y que nos miraba punzante

y que miraba su tazón y que me mira y sonríe

y que reviento la bola y es un golazo desde media.




IV

Las noches a las estrellas son iguales, y nos dio, como coyotes,

por probar los caminos largos de una ciudad acostumbrada al fuego lento,

a las luces apenas animadas como el sombrero de Mario Bros.

Así que nos metimos a las cañerías,

revisamos las cloacas de esta sociedad en 8 bits.

Nos enamoramos de una princesa y su tazón de cereal, 

sus labios para mayores y menores.


Nos enamoramos de una vida

donde siempre había algún password 

para jugar hasta la eternidad.

***

Sebastián Arce Oses (Heredia, Costa Rica, 1986). 

Poeta, narrador, ensayista y gestor. Profesor de Comunicación y lenguajes en la Universidad de Costa Rica.  Ha publicado los poemarios Emigrar hacia la Nada (2010, Ediciones Espiral) y Variantes de una herida (2017, Editorial Nuevas Perspectivas).

Imagen: Rob Borradetti

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Escrito por Mandrágora

Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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