El tránsito solo era comparable con el que habrá mañana. Sobre los autos, entre los autos, bajo los autos, levita la niebla gris del smog y la sombra amarilla del sudor cotidiano. Dos mundos se entrecruzan: los que se van en autos y los que permanecen entre ellos. Niños pasan golpeando los vidrios vendiendo chicles, vendiendo los días. Así como aparecen, así se van, como si fuesen fantasmas hijos del smog y el vapor del sudor derramado en el asfalto.

En los autos no van ni hombres ni mujeres. Van seres consumidos por el producto de la esperanza. Va una madre que cree que tendrá tiempo con su hija, va un padre que cree que compartirá la primera cerveza con su hijo, van familias que creen que siempre estarán juntas, van estudiantes que creen que lo hacen importa algo. Las aves vuelan sobre los autos porque creen que en algún momento algo morirá. El sol se aplasta sobre el asfalto y este empieza a dejar el calor del mediodía.

En una acera un pequeño ser sin origen se prepara para cruzar la calle. Este no tiene nombre, no tiene tiempo y no es capaz de entender el tiempo. Por el tamaño, puede ser un schenauzer, pero por el rostro puede ser cualquier otra cosa. Los autos van lento, casi estáticos y el pequeño animal da los primeros pasos sobre el asfalto. En la sensible piel de sus patas siente el calor que muta entre los distintos tipos de monstruos. Pasa entre un par de autos y luego, entre los carriles, se da cuenta que está atrapado. Los autos, aunque lento, se mueven a su alrededor. El pequeño perro se ve absorbido por la angustia, por el smog, por el sudor amarillo. Su pelaje gris absorbe la luz incansable del sol, algunos autos empiezan a desplazarse en segunda. El perro se empieza a confundir con el asfalto. En su pequeña habitación de smog chilla y siente que un trozo de hielo crece en su pecho. Por un mero acto del instinto, este se lanzó hacia uno de los carriles. No fue un acto de suicidio, fue un suceso solamente. Estrelló su cabeza contra de una de las llantas en rotación. Al caer al suelo bajo el peso el auto, el perro murió sin siquiera tener tiempo de entender la muerte. Su cuerpo quedó allí, gris como el asfalto, bajo el sol, bajo los autos que simplemente lo confundían con el gris del camino y del smog.  

***

Ilustración: Escalera falsa – Manuel C. Calderón

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Escrito por Mandrágora

Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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