Wislawa Szymborska dice que la eternidad de los muertos dura mientras se les paga con memoria, moneda inestable. Es pues, comprensible que muchos, poco favorecidos con esa moneda, no resistan al tiempo. El olvido, inevitablemente, nos mata aun muertos. Camilo José Cela o (específicamente) Pabellón de reposo sufre/goza de esta inestabilidad. 

Cela abruptamente interfiere la carta de la señorita del 103 para contarnos que se le ha solicitado suspender la novela Pabellón de reposo que ha ido publicando por entregas en el diario El español. El emisor en cuestión es un tal tisiólogo que está preocupado por las consecuencias sintomáticas que la novela está generando en sus pacientes. Muchos, dice, se ven en esas imperceptibles voces moribundas y sus ánimos son profundamente afectados… Cela les pide, a esos lectores asiduos, no creerse el ombligo del mundo. La señorita del 37 es una entelequia dice; la del 40, un vacío, la del 103, una sombra esfumándose. El enfermo del 14 es una mera apariencia; el del 52, un simulacro; el del 11, un fingimiento. Ficción, en resumidas cuentas. Ahora sí, la señorita del 103 puede continuar su carta.  

Entre marzo y agosto de 1944 Camilo José Cela publicó Pabellón de reposo, crónica minuciosa de la vida de un grupo de hombres y mujeres que conviven en una clínica de reposo para tuberculosos. Las relaciones de los protagonistas con otros pacientes, el relato de su pasado –que contrasta con un presente que se les escapa de las manos –, sus obsesiones y el difuso futuro, constituyen un triste canto de la inevitabilidad de la vida. 

La obra, estructurada en tres secciones, nos presenta siete capítulos iniciales (en esta sección el verano estará íntimamente ligado a la vida) narrados por los pacientes del pabellón, una sección intermedia construida por informes médicos, voces aisladas de enfermeros o chismes amorosos (distanciamiento objetivo del pabellón) y una segunda sección, narrada por los pacientes nuevamente (el invierno ha sublevado al verano, la muerte es palpable). Paul Illie afirma que esta ordenación estructural es el único modo de dar forma a una masa de pensamientos subjetivos, esquematizar el proceso vida/muerte que sucede en el pabellón. 

Una obra sin suerte, donde la acción narrativa es prácticamente nula y el tiempo cronológico (¡vaya realidad!) no se detiene, y su proceso cotidiano supone el quebranto vital de los protagonistas, más optimistas en el verano que en el invierno. El pabellón es un lugar donde se muere lentamente observando la vida y los “tiempos felices, en que la tristeza era como un aliciente”. 

¡Ah! interminables días de zozobra; deambular se ha vuelto una costumbre y siempre, casi siempre, finalizo mis trayectos en alguna venta de libros, casi siempre de segundas lecturas, de otras manos. ¿Estaré buscando algo que realmente no son esos libros baratos? 

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Escrito por Mandrágora

Mandrágora fue fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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