Cuando pienso en palabras, pienso en el primer latido de nuestro corazón, en las primeras experiencias que vivimos al vernos expuestos ante un mundo desconocido después de un largo proceso de gestación. En nuestro ámbito familiar, aprendemos tanto las palabras como los significados, connotaciones y denotaciones de las mismas. Las primeras vivencias familiares moldean nuestro vocabulario y discurso desde el comienzo de la vida.

Cada experiencia vivida construye nuestro discurso a lo largo de la existencia, muchas veces de una manera inconsciente, por lo tanto, no sabemos con certeza si las connotaciones que damos a cada palabra reflejan apertura, individualismo, empatía o una conducta racista y/o clasista. Aquí es donde la lectura entra en juego: el ejercicio lector adulto redefine, cuestiona y hasta objeta todo lo aprendido durante nuestra infancia y adolescencia, incluso cualquier conocimiento adquirido a través del proceso de educación formal.

Quien huye de la lectura crítica y consciente, renuncia a la posibilidad de cuestionar el discurso aprendido. Es así: huir de la lectura es acomodarnos a repetir ininterrumpidamente toda palabra que nuestros predecesores utilizaron; es tomar como verdad absoluta todo lo escuchado en las paredes de nuestro hogar, escuela y comunidad. Huir de la lectura es permanecer en la burbuja y no solamente me refiero a la simbiosis entre escritor y lector que se desarrolla cuando leemos un libro, sino también a la observación aguda y crítica del entorno que nos rodea.

La experiencia lectora se convierte en un camino necesario si realmente deseamos desarrollar criterio propio y autonomía tanto intelectual como emocional. Aunque existe el mito que el lector renuncia al disfrute de su existencia a cambio de adentrarse en el universo literario, realmente no se trata de un ser que huye de su realidad, sino de una persona que encuentra en cada texto leído un complemento idóneo que le permite escapar del mero proceso de supervivencia para acariciar la posibilidad de estar presente durante cada segundo transcurrido, aunque eso implique transitar unas cuantas sendas dolorosas.

Por otro lado, leer no consiste en un proceso que deba ser obligatorio; la persona que hace quince años se limitó a leer las novelas de Verne o de cualquier otro autor clásico en la escuela y desde entonces no ha tocado ni siquiera la solapa de un libro, podrá seguir sin inconveniente el curso de su vida incierta, entre cuentas por cobrar y pagar, ciudades ensordecedoras y afanes cotidianos. No obstante, prescindir de la lectura nos obliga a que las palabras aprendidas desde la niñez, permanezcan eternamente en el sitio donde siempre han estado.

En otras palabras, la lectura puede y debe ser un ejercicio optativo y no un castigo autoimpuesto. No se trata de desechar todo lo que aprendimos en los primeros años de vida, se trata de retomar las palabras primarias como nuestro punto de referencia para adentrarnos en la lectura, aunque esto implique cuestionar cada palabra aprendida. En este punto, es válido preguntarnos: ¿Merece la pena cuestionar cada aprendizaje recibido? La respuesta es muy simple: si quieren averiguarlo, tomen un libro y compruébenlo.

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Ilustración: Acid Zoo por John F. Stifter.

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Escrito por Mandrágora

Editorial y revista digitales. Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea, con sede en Guatemala, dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe sus propuestas a edmandragoragt@gmail.com

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