El maestro “Óscar Washington Tabárez”, después de finalizado el Mundial en Rusia dijo que era natural que futbolísticamente Europa superara a América si la supera en infraestructura, poder económico, poder organizativo, etc.: Bolivia no puede competir contra Alemania, ni Uruguay contra Inglaterra, por ejemplo.

Sin embargo, cuando se dan competiciones internacionales en donde todos juegan contra todos, parece que América se va quedando cada vez más corto frente al resto del mundo, incluso a nivel de clubes. Y eso que hablamos de países con una fuerte tradición futbolística en donde el cáncer de la corrupción no debería afectarles tanto como, por ejemplo, a los países centroamericanos sí les ha afectado desde que el tiempo es tiempo.

Podemos acusar la exportación mercenaria de jugadores suramericanos a Europa, ¿pero en dónde ha quedado el amor propio, la estrategia futbolística y el estilo de juego…?

¿Entonces cómo explicar que en el Mundial de Clubes, por cuarto ocasión, un equipo de la Conmebol no puede clasificar a la instancia final y se queda en las semifinales, cuando tal torneo prácticamente fue hecho para que la final fuera el campeón de Europa vs el campeón de Suramérica? Y además, ¿cómo explicar que ese equipo que se quedó fuera fue el glorioso campeón de la mítica final de la Copa Libertadores 2018 que se jugó en el Santiago Bernabéu, ese River que le remontó el partido a un Boca pasmado en saborear el lúgubre efímero placer de un gol?

La vida está llena de cosas extrañas, y el futbol no es para menos: River, de un partido a otro, paso de tocar el cielo y el Paraíso inmaculado a caer estrepitosamente en el peor Infierno de Dante. ¿Será esto la misma vergüenza de haber naufragado en la estrepitosa División B? Pues, parecía que los astros se alineaban, así como cualquier pirámide de civilización antigua, para que los dos equipos más legendarios de América jugaran la final de la Copa que los catapultaría, primero a la inmortalidad total sobre todas las cosas, y segundo a poder enfrentarse a los campeones del resto de confederaciones que habitan este mundo incierto y azaroso. Y después de un mes de ires y venires para poder jugar el partido tan esperado de vuelta, intentando salvar 90 minutos (o más) de las bandadas terroríficas de las barras bravas, se dio irónicamente en el país del conquistador cuando la copa está dada para la liberación. Pero en fin que siempre pasan cosas extrañas… La gloria de la victoria y la amarga desgracia fatal de la derrota.

¿Pero, me pregunto, al final de cuentas todo esto para quedar plasmado en la vergüenza histórica de no poder avanzar frente al campeón de Asia, el desconocido y virtualmente inofensivo Al Ain de Emiratos Árabes Unidos? Los periódicos repetían la clásica fórmula de la pelea entre David y Goliat…

A veces, los méritos del futbol y de la realidad cotidiana están basados en hechos puntuales, cuantitativos -como la quinta Bota de Oro de Lionel Messi- y otras veces tales méritos están basados en puntos de vista, perspectivas cualitativas en cuanto a las faenas pasadas, presentes y probablemente futuras -Messi en el quinto lugar para obtener el Balón de Oro, y un posible recuerdo del River campeón de la Libertadores para no trascender en el campeonato que podía hacerlo imperecedero y eterno en toda América-.

La sabiduría del “Maestro” Washington Tabárez hace eco en los sucesos inmediatos que se nos presentan descarnadamente: “las derrotas se tienen que sentir en un país de tradición futbolística”.

P. D. River, como en la final de 1966 contra Peñarol, otra vez volvieron a ser gallinas…

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Escrito por Mandrágora

Fundada en 2014 por Fernando Vérkell. Una de las primeras revistas en línea con sede en Guatemala dedicada a la divulgación de la literatura contemporánea en Hispanoamérica. Envíe propuestas a gt.revistamandragora@gmail.com

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