Al buen chapín, pocas palabras le bastan. Le basta el ruido de la antorcha, las sandeces de un comediante sin más gracia que palabras soeces, misóginas y racistas y la nota de un diario amarillista. Lo demás, es silencio.

Pero en ese silencio, se esconden las atrocidades registradas en una historia de masacres, despojos y esclavitud. Ahí reside la injusticia y sus miles de rostros ocultos; las voces de miles de guatemaltecos que aún claman justicia por sus seres queridos víctimas de desapariciones forzadas, las lágrimas de millones de mujeres que fueron abusadas antes, durante o después de un conflicto armado cuyas cicatrices aún duelen, pero cuyos gritos de dolor se desvanecen entre tanto silencio.

El silencio está ahí entre nosotros, no como un aliado sino como un enemigo. Es bueno callar cuando se anhela encontrar lo mejor de uno mismo en cada resquicio de nuestra consciencia, pero cuando se trata de acallar injusticias, el silencio socava nuestras almas hasta dejarlas vacías y aniquilar toda empatía posible hacia el sufrimiento ajeno.

El buen chapín es dueño de sus palabras y esclavo de su silencio. Se jacta de astuto cuando decide no denunciar una injusticia, pero se lamenta cuando esa misma injusticia toca las puertas de su propia casa. No obstante, incluso cuando es nuestro espacio el que está cubierto de sangre y luto, decidimos agachar la cabeza y seguir andando, rotos, despedazados y acabados, pero continuamos caminando mientras la indiferencia se sitúa justo a nuestro lado.

Caminamos teniendo la certeza que un buen día podríamos ser el titular de ese diario amarillista que mencioné anteriormente. La posibilidad seguirá existiendo mientras sigamos rindiendo tributo a nuestra cultura del silencio, justificando que no hay solución posible, cuando ni siquiera nos hemos tomado la molestia de buscarla.

Así transcurre la vida del buen chapín, el mismo que compra y agita banderas celestes en el mal llamado mes patrio, pero que jamás agitaría la bandera de la tolerancia y la empatía hacia algún movimiento que busca reivindicar a un grupo minoritario e invisibilizado. A ese buen chapín le escribo hoy, recordándole que es esclavo de su silencio y quizá también de sus pocas y vanas palabras.

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