En primer lugar, mujer, debes saber de antemano que detesto que fumes, bailes y bebas; me molesta que te asomes a los bares a disfrutar de un trago como si fueses una bestia y aún es más intolerable, que rías a carcajada limpia mientras compartes con alguna de tus amistades.

Quizás te veas sensual, sí, pero a pesar de ello no tolero que lo hagas, ni mucho menos, que lo disfrutes.

Simplemente no es sitio para ti, a menos que quieras que yo trace una letra escarlata sobre tu piel.

En el fondo, no te odio, simplemente temo que puedas responder por ti misma sin depender en absoluto de alguna figura masculina. Detesto la posibilidad que puedas desenvolverte sin situarte en las zonas cómodas que he diseñado para ti con tanto trabajo. Así como debes abstenerte de buscar placer e independencia, debes limitarte a tareas menores. Lo tuyo es lo doméstico y quizá cualquier laborcilla que no implique tanto esfuerzo. Que no se te ocurra cuestionarlo, naciste para obedecer y no para alzar la voz.

Aunque de cuando en cuando, me gusta permitirte que levantes la mano. Sí, que puedas expresarte, pero sólo lo suficiente como para convencerte que me has ganado la batalla. Emite sufragios, ve a la universidad, trabaja y cómprate el estúpido vestido que te gusta, sal con tus amigas, así creerás ingenuamente que no necesitas cuestionar absolutamente nada, pues ya cuentas con todas las herramientas suficientes para imaginarte empoderada, aunque por dentro seas vulnerable.

Por cierto, ¿sabías que me encanta imaginarte vulnerable? Lo eres cuando crees que ya no tienes razones para luchar, que tu vida está resuelta después de haber obtenido ciertos derechos que siempre mereciste, pero que no me conviene que tengas. Por eso adoro verte absorta entre vitrinas de centros comerciales, sumergida en las páginas de una revista insulsa o en chismorreos de lavandería o escritorio. Es ahí donde puedo convertirme fácilmente en tu verdugo, pues mientras creas que basta con cumplir tus propios caprichos para fortalecer tu autoconfianza, yo vendo tus ojos impidiendo que te fijes en las injusticias que otras padecen o incluso de las que tú misma eres víctima.

Aunque claro, todo tiene límites. Tú, en especial. Debes saber que te corresponde cumplir el rol que te han impuesto desde antes que nacieras. No importa que seas una mujer trabajadora o una universitaria ejemplar, si quieres sobrevivir debes enfrascarte únicamente en todo aquello que quiero que creas que es fundamental en tu vida: amor romántico, matrimonio, bebés, vida familiar, banalidades y tonterías domésticas y de eso deberás hablar en cada conversación que sostengas con otra persona.

Te aconsejo no desafiar nunca el papel que yo te he asignado desde niña. No te atrevas, pues el precio podría ser bastante alto. No merece la pena que recorras el mundo en lugar de sostener un bebé en tus brazos, como tampoco valdrá la pena que te sumerjas en universos literarios ensimismada en tus pensamientos cuando los dramas televisivos te esperan en el mismo sitio que pisaron tu madre y tu abuela. No serás feliz, claro está, pero estarás a salvo.

La plenitud, el placer y el gozo que trae consigo el sentirte realmente dueña de ti misma, podrían tener un precio. Quizás yo podría castigarte con las críticas de tus padres, de tus amistades y colegas, pero a veces pienso que no es suficiente. Es mejor el aislamiento, que todos te rechacen de forma consciente o inconsciente por ser una mujer distinta. Que los hombres te perciban como bicho raro y las mujeres como enemiga. Y si eso no es suficiente para ti, quizás te castigue hermanándome con la muerte. A fin de cuentas, si mueres desafiándome o defendiendo tus derechos, la culpa será únicamente tuya.

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