Cual dinosaurio esbozado en el cuento de Augusto Monterroso, así tiene cabida el empleo en nuestras mentes cuando no nos sentimos compensados más allá del salario y ciertas condiciones laborales. Por otro lado, el desempleo es percibido en nuestro imaginario colectivo como un ente monstruoso que encarna dentro de sí todo el fracaso, miseria y derrota que un ser humano pueda imaginar en términos de autorrealización.

Percibimos el desempleo como un monstruo bizarro a quién temer. Por lo tanto, poner una renuncia es extender los brazos hacia ese ser temible cuya fuerza es superior a la nuestra; ser despedido significa entonces encontrarnos a merced de esa forma monstruosa que nos devorará entre filas de antecedentes penales y horas hábiles diseñando hojas de vida sin éxito, quizás.

Cuando invertimos nuestro tiempo en labores cuya compensación es únicamente económica, el desempleo, aunque no sea una realidad palpable, se convierte en un fantasma que no deseamos encarar porque seguramente nos alejará de nuestra zona cómoda. No renunciamos porque, además de cuentas por pagar, poseemos un cúmulo de ideas negativas respecto al desempleo y por lo tanto mostramos una aversión total a tomar cualquier decisión que los lleve a ello.

Por supuesto que no estoy sugiriendo, bajo ninguna circunstancia, que el desempleo es una condición deseable. Sin embargo, es preciso desmitificar cualquier creencia errónea al respecto y ver bajo una óptica menos subjetiva, los pros y contras de continuar ejerciendo un oficio que no es cien por ciento gratificante para nosotros.

Se habla hasta el hartazgo de desigualdad, poco equilibrio entre ofertas y demandas laborales, crisis económica y profesionales nada competentes, ignorando que esa persona laboralmente activa no es una estadística, sino un ser humano cuyas aspiraciones quizá  han quedado desvanecidas entre deudas, inseguridades e ideas erróneas.

Por otro lado, desde preescolar hasta la universidad, nos aleccionan anulando sistemáticamente nuestra individualidad y por ende, estamos adoctrinados para acoplarnos al ritmo del tráfico y el reloj, cuando en realidad cada uno de nosotros tiene un ritmo de trabajo particular, ese que muchos empleadores, profesores y gerentes prefieren ignorar. Así mismo, al hablar de ritmo particular me refiero también a esa búsqueda individual que requiere tener la suficiente paciencia y persistencia para cerrar ciclos laborales cuando sea necesario.

Por primera vez, no hablemos de empleo y desempleo en términos cuantitativos sino cualitativos. Hablemos de calidad de vida, de satisfacción integral, no de estadísticas, salarios y cifras. Quizás justo ahí estriba la solución, olvidemos por un momento los números y traigamos de vuelta a nuestra memoria al ser humano, ese que es responsable de su propia gratificación, pero que ha olvidado esa responsabilidad para poder cumplir con otros compromisos “más importantes”.

 

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