Abrazar las posibilidades que el arte nos ofrece es casi un delito en el imaginario colectivo de nuestro país. Aferrarnos a la música, a las letras y a las infinitas oportunidades que nos ofrece un lienzo en blanco es visto como síntoma de vagancia, conformismo o en el mejor de los casos, como idealismo barato.

No toleramos al músico que día tras día ejecuta la misma melodía para perfeccionar su oficio, nos burlamos de quienes aspiran a dedicarse a tiempo completo a la danza o a la escritura de poesía, criticamos a la actriz que fuera de las tablas vive bajo sus propias reglas, fiel a sí misma y a su labor. El arte nos parece una amenaza, porque es un lenguaje que no comprendemos.

No entendemos dicho lenguaje porque quizá cuando éramos pequeños, no tuvimos las mejores directrices para comprenderlo. Quizás teníamos más distracciones televisivas que libros. Aún peor: nos obligaban a leer textos que aún no habían sido escritos para nosotros, permitiendo que percibiéramos la lectura como una obligación y no como un acto hedonista.

En cuanto a la música, quizás nuestro acercamiento con ella se limitó a las canciones estridentes de una emisora local, letras vulgares compuestas por una masa gris plagada de conceptos de mercadeo y estrategia lo suficientemente eficaces como para masificar a las personas por medio de ruido comercializado como si fuese una melodía digna de ser escuchada.

No nos han educado para tener contacto con el arte de la forma más apropiada: las clases de música se han circunscrito generalmente a la ejecución de melodías en flauta y las Artes Plásticas, a la enseñanza de técnicas básicas de dibujo y

pintura.

Es entonces cuando reforzamos las apreciaciones erróneas acerca de la enseñanza del arte, percibiéndola como el accesorio en el pensum educativo, como la palabra innecesaria en los documentos que enlistan las materias que debe recibir el estudiante. Así lo percibimos, para fortuna de nuestros funcionarios y para desgracia del resto.

Menos arte, más ovejas, más sujetos vulnerables a ser masificados, domesticados y sujetos a un sistema político y social que pretende cosificar a cada ciudadano a toda costa. Sin embargo, esto nos es difícil asimilarlo, preferimos ver partidos de futbol o sumergirnos de forma exclusiva en la lucha por la supervivencia, esa que se limita a la satisfacción de nuestras necesidades fisiológicas apremiantes, limitando nuestra existencia de forma radical.

Aunque usted no lo crea, detrás de nuestros funcionarios hay mentes astutas que no ignoran todo lo expuesto en este texto. Quizás esa sea la razón por la cual se redujo la cantidad de períodos designados a la formación artística de los estudiantes de nivel medio y por este mismo motivo, se despidieron a varios docentes que imparten clases de música y Artes Plásticas.

Nos habían robado la posibilidad de recibir una formación estética sólida, ahora nos despojan de casi toda oportunidad de acercarnos al arte dentro de las aulas. Me pregunto hasta cuándo seguiremos permitiendo tal agravio, pensando que nos están brindando un beneficio.

***

Ilustración: Claudio Parentela

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