Yo también ando en las calles, rozando las suelas de los zapatos en ese asfalto donde camina usted, mi madre, mi abuela, el vecino, en resumen, donde transita cualquiera sin excepción. La diferencia estriba en las sensaciones que lleva cada cual a cuestas; a mí me encanta caminar sola (aunque algunos no me crean), no obstante, sé que cada vez que lo hago me siento vulnerable y aunque sé las razones por las cuales experimento esta sensación, me cuesta asimilarlas.

Todos los días transito pasarelas poco después de las seis de la tarde, en noviembre esto implica movilizarse a oscuras. Siempre me mantengo alerta, quizá ello raya en una psicosis constante. Al regresar a casa sin ninguna novedad, la sensación de alivio me invade por completo.

De todo esto, quizá la parte más indignante se relaciona con mi género y aunque transcurran los años, aún a las mujeres se nos responsabiliza de cualquier vulneración a nuestra dignidad; en incontables ocasiones, las denuncias por maltrato físico, violación o asesinato han sido archivadas en las gavetas del Ministerio Público, a eso sumemos el hecho que denunciar en este país es un acto heroico que implica exponernos a que nos hagan responsables del agravio que hemos sufrido, argumentando que no nos vestimos apropiadamente, que hemos bebido alcohol en demasía o cualquier otra estupidez.

Al caminar, no olvido lo que hasta ahora he expuesto y el miedo e inseguridad que eso genera en mi fuero interno y en el de millones de mujeres alrededor del mundo. No importa la edad, la estatura, la condición social, la ideología ni la personalidad, este temor está enraizado en cada una de nosotras. Sin embargo, creo que la solución no radica en sustituir la caminata por automóvil o en estar acompañadas durante el trayecto porque esta no debe circunscribirse a tomar precauciones y con ello no estoy exhortando a nadie a no estar alerta, sin embargo, ese estado de psicosis permanente nos roba la ternura, nos aniquila moral y espiritualmente de forma paulatina.

Por lo tanto, la solución estriba justamente en visibilizar nuestro miedo, no para colocarnos en una posición de mayor vulnerabilidad, sino todo lo contrario. Cuando emergen las palabras, los miedos se empiezan a desvanecer y cuando estas se llevan a la práctica, quizá no dejamos el temor de lado del todo, pero nos hacemos más conscientes que movilizarnos es un derecho que nadie debe arrebatarnos.

Si queremos caminar con mayor libertad, no debemos dejar de hacerlo bajo ninguna circunstancia así sea siguiendo al pie de la letra la lista de precauciones que las personas mayores suelen recitar o ignorando unas cuantas de estas advertencias. Tomemos las calles, no las tornemos hostiles con nuestra ausencia. Ningún derecho se hace valer renunciando a él. Y aunque tengo miedo, las huellas de mis zapatos aún se encuentran en el asfalto.

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María Alejandra Guzmán

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Foto: Eduardo Juárez

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