A ratos, me prometo a mí misma tomar una distancia prudente respecto a lo que sucede en Guatemala, ya que en ocasiones, las razones para creer en un cambio sustancial de país se desvanecen cada vez que recorro una calle cualquiera o las páginas de un periódico.

Hojeo el diario, veo las prendas raídas del niño que se sube al autobús a pedir dinero y los callos en las manos de la señora que vende dulces en un semáforo. Sí, me decepciono.

Cuando esto sucede, me repito una y otra vez que la próxima ocasión que vea algo semejante, seré indiferente. Sin embargo, esto nunca ocurre, aunque utilice el mejor de mis mecanismos de defensa para lograrlo. Por esta razón, mi apatía tiene la misma duración que la paciencia del lector durante un día de tráfico cansino.

Mi indiferencia muere en el mismo momento que leo una trágica nota sobre un niño que fallece en un autobús rumbo a la capital.

Murió de cáncer, esa enfermedad terrible que no tiene cabida en centros de salud públicos, esos que no cuentan con los insumos para atender ni al paciente ni a sus familiares cuando padecen dicha enfermedad. No existe una unidad oncológica eficiente que sea totalmente estatal, por ello el guatemalteco que no pertenece al uno por ciento del sector privilegiado queda a merced de instituciones privadas u oenegés, en el mejor de los casos.

Sin embargo, el medio que publica la noticia culpa a Codeca, yo no responsabilizo a nadie en particular. Fue el cáncer, insisto, esa enfermedad cuya magnitud es difícil de concebir para los funcionarios responsables de la salud pública, quienes no poseen la suficiente capacidad de gestión para que todos contemos con una red eficiente de servicios gratuitos en toda Guatemala, sin exceptuar rincón alguno. Pese a ello, más de un medio de (des)información culpa a Codeca de manera inminente.

Aunque mis vísceras se agitan al tratar de digerir una noticia como esta, entiendo que no todos en Guatemala tienen la capacidad de comprender que el Estado debe garantizar la salud y bienestar de todos, es más fácil asimilar toda aquella información con la cual nos bombardean mediáticamente quienes se regocijan al ver al pueblo de rodillas. Esto es menos complicado que cuestionar los datos y estadísticas con la lectura de la realidad cotidiana; cuestionar es complejo, complicado y aburrido. Y usar el sentido común, es quizá utópico.

Desde que tengo memoria, se han satanizado los bloqueos de carreteras. Si bien no meto las manos al fuego por ninguna organización en particular, sé que estas medidas no son lo que la prensa tradicional nos vende en texto e imágenes.

No obstante, al margen de los bloqueos, nuestra red de salud (y nuestro país en general) ya no llora sangre, pues se cansó de llorar, esperando que la población deje de condonar tantas veces al Estado, el mismo que la tiene arrodillada rezando letanías de nunca acabar.

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María Alejandra Guzmán

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Arte: Claudio Parentela

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