Para B.

En más de una oportunidad, todos hemos asistido a una puesta escénica o exposición visual con poca concurrencia. Podemos tildar de incultos a quienes no frecuentan teatros, exposiciones fotográficas o lecturas de poesía, podemos culpar a los docentes de Latinoamérica y el mundo entero por no fomentar en el estudiante sensibilidad artística (mea culpa). Es más, podríamos efectuar todo un estudio sociológico arguyendo las mil y una razones por las cuales las mayorías no asisten al teatro ni mucho menos leen con frecuencia, que de igual manera, habrá butacas que queden vacías frente a las tablas.

La respuesta no se encuentra exclusivamente en quienes son censurados por no asistir a eventos de esta índole. Así también, argumentar que el problema radica únicamente en una educación con un sinfín de deficiencias, no nos ofrece una explicación contundente, aunque cabe mencionar que sí es posible cambiar la percepción respecto al arte desde las aulas.

Si deseamos comprender este fenómeno, es necesario entender que existen tantas percepciones y visiones del arte como personas poblando el planeta y sería iluso pretender que existe un conocimiento único que nos permitirá comprender el arte de una forma idónea. Es más, sin importar los alcances y límites de nuestro intelecto, todos hemos tenido experiencias estéticas en algún momento de nuestra vida.

En medio de este universo de pensamientos divergentes, es donde existe una oportunidad tangible para que las mayorías tengan acercamientos con el arte. Sin embargo, a tal grado llega la censura hacia la diversidad, que la mayoría de seres humanos crecen con prejuicios respecto a aquello que deben ver, leer y escuchar. Es entonces cuando nuestra experiencia se limita de tal forma que buscamos en la librería únicamente aquellas obras premiadas con el Nobel de Literatura o nos fascinamos cuando alguna compañía local realiza una adaptación de un musical de Broadway, por citar ejemplos. Lo mismo aplica a las artes visuales, la música, etcétera.

Por esta razón, la concurrencia que suele asistir a cualquier actividad artística está conformada en gran parte por familiares y amigos del artista, así como por personas que pertenecen al gremio en cuestión y en ciertos casos, periodistas que cubren eventos culturales.

El resto de asistentes suelen ser esnobistas que no poseen un genuino interés por el arte, sino un cúmulo de ideas preconcebidas acerca del mismo. En resumen, la motivación principal no estriba en el gusto por una rama del arte per se, sino en la cercanía con el artista o en un deseo frívolo de pertenecer a una élite social o intelectual determinada.

¿Quién es entonces el responsable de esto? ¿El artista, el público, los gestores culturales? Para responder estas preguntas, debemos centrarnos en las percepciones erradas sobre el arte, pues aunque no podamos brindar una definición única del mismo, sí podemos desmitificarlo y aclarar ciertas ideas equivocadas al respecto.

El arte, desde una óptica de masas, sigue siendo percibido erróneamente como un medio de entretenimiento exclusivo de ciertas élites, como un elemento inasequible para quienes no cuentan con los recursos económicos suficientes o con un conocimiento profundo de la historia y teoría del arte. Quienes aprecian el arte desde esta perspectiva, desarrollan esnobismo o apatía como consecuencia.

Por otro lado, las manifestaciones artísticas que buscan una ruptura con los cánones tradicionales (el arte contemporáneo en todas sus expresiones, por ejemplo) no se perciben como “arte verdadero” sino como un síntoma de vagancia irremediable. En cierta medida, esto se debe a que muchas personas suelen confundir experiencia estética  con la percepción de la belleza, cuando se trata de dos universos completamente distintos aunque en ocasiones puedan converger  en un mismo espacio. La estética no necesariamente se relaciona con la hermosura que una obra pueda poseer en términos sensoriales, la estética es en sí misma la experiencia del individuo frente al arte, la posibilidad de transformación del ser humano desde un espectro artístico.

Ahora bien, me pregunto si deberíamos preocuparnos por la poca afluencia de gente en eventos culturales o no. En realidad, no me preocuparía demasiado por los espacios vacíos de los teatros y las galerías, sino por las sensibilidades estéticas adormecidas que únicamente se estremecen mientras presencian un partido de fútbol o ante los efectos especiales que ofrece el cine comercial.

Es más, quizás tampoco me alarmaría tanto por el grueso de la población que se muestra apática hacia el arte porque la calidad de una manifestación estética no se mide en términos cuantitativos, sino en la experiencia que incluso una sola persona puede tener respecto a ella. No obstante, aún sigo pensando que, llenar unas cuantas butacas vacías sería un faro esperanzador en medio de las sombras que produce un mundo resquebrajado a punta de consumismo y ruido.

 

***

María Alejandra Guzmán

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