Toda niña muere en el momento que deja de ser considerada una persona con derechos para convertirse en una cifra horrenda. Si bien, no todas las niñas se encuentran representadas en estadísticas de embarazos prematuros, abusos sexuales o desnutrición crónica, es un hecho que cuando una niña sufre cualquier tipo de abuso o violencia, el resto se encuentra en la misma situación de vulnerabilidad, sin importar su condición socioeconómica.

No obstante, las niñas no solamente mueren escurriendo sangre, también perecen de manera simbólica y silenciosa cuando se les obliga a sustituir su juicio crítico por obediencia mecánica; cuando son educadas para enfrascarse en las cocinas y desdeñar cualquier oficio que se considere “tarea de hombres”.

La muerte silenciosa ensombrece la niñez por medio de juegos de muñecas, pues se trata del primer mensaje subliminal que recibe una niña acerca de su maternidad socialmente obligatoria. Pero la infancia no es una condición permanente y pronto viene la adolescencia; los juegos cesan, pero las curiosidades persisten. Sin embargo, toda inquietud es acallada con sermones carentes de fundamento, generando la satanización de los cambios hormonales femeninos y de cualquier muestra de gratificación sexual y afectiva. Entonces, muere la niña, la adolescente y también la mujer, solamente queda un ser autómata sin voz ni sentimientos genuinos.

Esta muerte simbólica trae como consecuencia la subestimación y la subordinación de las mujeres desde temprana edad.

Se afirma categóricamente que las niñas son seres frágiles que necesitan sobreprotección, sin embargo, es precisamente esa transgresión de su capacidad de respuesta ante cualquier riesgo la que coloca a toda niña en una posición vulnerable.

Por esta razón, no es la muerte física de una niña la que debe alarmarnos, sino su muerte intelectual y emocional al amoldar su capacidad de sentir y pensar a un esquema preestablecido.

Es urgente comprender que las niñas no son futuras máquinas de reproducción de pensamiento prefabricado ni mucho menos, de reproducción humana; las niñas son seres humanos con derechos que deben reivindicarse, en especial aquellos que están estrechamente vinculados a su libertad y su individualidad.

Las niñas no deberían convertirse en cifras cerradas, sino en mujeres libres en todo sentido.

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María Alejandra Guzmán

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