Tal parece que en el imaginario de los estudiantes de primaria y nivel medio, portar la bandera o izarla es el mejor premio a su esfuerzo. Desde esa edad, existe un vínculo erróneo entre los valores cívicos y el reconocimiento a quienes se perfilan como futuros ciudadanos ejemplares, hablando en términos productivos.

Premiar la excelencia académica desde los resultados cuantitativos, es una práctica obsoleta que refleja el enfoque utilitarista de nuestra educación, ya que el objetivo es formar ciudadanos que puedan adaptarse con facilidad al sistema dentro del cual subsisten, cumpliendo de forma férrea con lo establecido. No se educan entes críticos, sino seres económicamente activos que mantengan intacto el statu quo sin cuestionar jamás las decisiones de cualquier autoridad.

La verticalidad es la norma en los centros educativos, mientras que una estructura horizontal es vista como utopía, en el mejor de los casos.

En otras palabras, recompensar el esfuerzo académico abanderando a los mejores estudiantes en términos de promedios y  buena conducta, refuerza la idea que el buen ciudadano es aquel cuyos principios se basan en la obediencia absoluta a sus «superiores» y en la búsqueda de la satisfacción personal en base a los estándares que la sociedad le ha impuesto.

Es por eso que el alumno que jamás rompe filas, él que nunca se levanta de su silla sin antes pedir permiso y quien no osaría permanecer más de un minuto sin el uniforme que le han asignado pero que nunca eligió, es funcional para el sistema cuando se convierte en adulto.

Quienes nunca se sublevan, esos altoparlantes humanos que hacen apología de un conformismo disfrazado de cursilería motivacional, son considerados hijos ejemplares de la «patria»,  a diferencia de quienes rompen el silencio solemne para defender sus derechos laborales, aquellos se rehúsan a portar un uniforme porque no desean pertenecer a una masa acrítica, quienes descaradamente dicen lo que opinan y creen firmemente en la flexibilidad como un principio de vida,  son seres subversivos e inútiles en un sistema dentro del cual somos una cifra y no sujetos con voz, voto y garantías reales.

En el mes de los abanderados, es válido cuestionarnos si esta es la forma más adecuada de reconocer el esfuerzo de los estudiantes o si estamos tergiversando la idea de lo que representa ser un buen ciudadano.

Al respecto, no hay verdades absolutas, pero tengo la certeza que, si desde esta coyuntura convulsa empezamos a reflexionar acerca de ello, a largo plazo estaremos formando sujetos en lugar de títeres de un sistema al borde del colapso.

 

Visite el archivo de María Alejandra

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