IV

Extraños los relojes doblados, me emborrachan, las nubes se levantan con resaca. Ahora que caigo, hace tiempo que no escucho el sonido de los pájaros.

Perece el mundo, pero llueve y tu paraguas cubre a la bella joven, quisieras cuarenta días y cuarenta noches permanecer en ese pequeño rincón alejado del silencio de la soledad. La mujer se despide haciéndose pequeña al alejarse, sabes que sin conocerte ella ya te había olvidado. 

Galán, escribes poesía, riegas tus plantas y cuidas de tu gato. Mademoiselle toca a tu puerta, se convierte en el amanecer y la noche de tus días. 

El calor de sus veinte primaveras riega el jardín seco del amor. Los te quieros se terminan y la legítima propietaria de estos, acaba por romperte los poemas, escupir en tus plantas y putear a ese felino negro como el carbón.

***

Duermes, o podrías haber muerto ya sin sufrimiento, no lo sabes. No, sigues vivo, respiras entrecortado, un sonido se escapa de tu garganta que rompe la noche. Se hace el silencio. 

En sueños te estabas muriendo, en tu habitación sin muebles, sin cortinas. El norte, demasiado tiempo sin conocer un verdadero hogar.

Tan joven y siempre triste, polos opuestos que sin embargo se encuentran, cada vez que flanqueas la entrada a Intxaurrondo. Cuartel acorazado, vestido de luto con sus tanquetas, chalecos antibalas y Cetmes a punto de disparar. 

Vives tanto tiempo esperando la muerte, en forma de bala, o bomba, sin saber que soñarás con ella el resto de tus días.

***

III

Los renglones impregnados en alcohol, llenan mil páginas de un libro de la mala vida. Párrafos mal alineados que se escriben solos con cada acto u omisión que protagonizas, padre. 

Hechos que visten de traje mugriento a ese hombre que no quiere ser buen marido, ni papá ejemplar.

El angelito de ojos claros en brazos de mamá, a dios gracias, duerme ajeno a tu decadencia maltratador, quien con cada sorbo de vino, tornas tus palabras en duras punzadas de puñales de ira y obsesivos ritmos, convertidos en golpes contra las puertas. 

El día de la oscuridad y el terror, él, arrebató al pequeño de tus brazos ¿a que si mamá?, con violencia te lo arrancó.

Quiso tirar su llave imaginaria asida al delirium tremens de su borrachera. Deseaba el violento ocultar de ti misma al pequeño.

Constitución y consumación de hermetismos, uno entre los brazos del otro, el niño en el padre, y los dos en otro, al igual hermético  habitáculo. 

Mil uniformes, mil veces las frases atropelladas del hombre “es mi hijo”, mil detenciones en una sola, una orden de alejamiento. 

***

Xavier  Eguiguren (1969, Francia). Activista, escritor, miembro de la Guardia Civil. Antiterrorista. Reside en España.

Foto: Nick Ulivieri

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