Por Anthony W. Fontes, para el NYT

 

Es una época sin precedente en la historia política de un país. Un político neófito—un hombre famoso por payasadas incultas en la TV, quien nunca ha desempeñado un cargo público—está compitiendo para convertise en presidente. Se alimenta con aumentar el descontento a la corrupción del establishment político y los funcionarios de siempre. Respaldado por elementos de extrema derecha, hace promesas vagas y pregona su falta de experiencia política como un motivo para votar por él. Su competencia es una ex-primera dama de un ex-presidente con inclinaciones de izquierda. Ella es una figura polarizante, sin duda alguna, considerada por un gran parte del electorado como extremadamente corrupta.

Sorprendiendo a todos los expertos una ola de furia populista lo conduce a la victoria.

¿Le suena familiar? Sí, pero también es la historia de la elección presidencial guatemalteca de 2015. El político es un hombre llamado Jimmy Morales, un comediante quien se postuló bajo el amparo de un partido político de extrema derecha llamado el Frente Nacional de Convergencia FCN-Nación. Su frecuentemente repetido eslogan de campaña fue “Ni corrupto ni ladrón.”

El apoyo al sr. Morales, como lo fue para Donald Trump, estaba basado parcialmente sobre la frustración de los votates hacia un establishment político a quien ellos responsabilizaban por un amargo e injusto statu quo. Pero a diferencia del sr. Trump, el sr. Morales ganó por amplio margen contra su oponente, Sandra Torres, alcanzando casi el 70 por ciento del voto.

A primera vista, los paralelos peculiares entre las victorias del  Presidente Morales y del Presidente Trump podrían parecer puras coincidencias. De muchas maneras, las dos naciones no podrían ser más distintas. Guatemala ha sido desde hace mucho una de las naciones del Hemisferio Occidental con más desigualdad social, y por generaciones el sueño americano ha atraído a cientos de miles de guatemaltecos quienes buscan escapar la pobreza e inseguridad.

Y aún así en los Estados Unidos, la promesa de un futuro mejor que alimenta el sueño americano—no solamente para los inmigrantes pobres sino también para las familia de clase media-trabajadora—ha estado en detrimento por décadas. Desde los setenta, la brecha entre ricos y pobres se ha extendido inexorablemente. Y ahora, las aspiraciones de los legisladores estadounidenses de extrema derecha pueden presagiar convergencias mucho más profundas y perturbadoras entre las pesadillas centroamericanas y el decadente sueño americano.

Los niveles espectaculares de desigualdad en Guatemala han estado en la palestra for mucho tiempo. Por 100 años, una minúscula élite oligárquica ha luchado ferozmente por mantener  el poder y monopolizar la economía de exportación del país. A través de la opresión militar y la manipulación de un sistema democrático débil, ha continuado sus ataques a cualquier esfuerzo de reformas. Como resultado, hoy Guatemala tiene el dúodécimo nivel mundial más alto de desigualdad en riqueza, con algunos estudios que indican que 5 por ciento de la población es dueño del 85 por ciento de la riqueza nacional. Esta élite también ha trabajado en mantener al estado guatemalteco débil e incapaz de interferir en sus intereses económicos. En esto, ha sido increíblemente exitosa. Guatemala tiene uno de los regímenes fiscales más bajos en el hemisferio y una serie de leyes laborales débiles y permitivas en los ámbitos financiero y ambiental.

Las consecuencias del éxito de la élite han sido terribles para el resto del país y ofrecen un aviso para aquellos que creen que limpiando desde adentro las instituciones públicas pueden crear una sociedad mas equitativa. Falta de fondos para la educación pública asegura que Guatemala continúe como una de las naciones más iletradas de las Américas, con un sistema de salud decadente y un programa social en recortes y escaso para los pobres. Mientras tanto, una porción de la clase media se aferra a su precaria posición entre la súper minoría súper rica y una cade vez más acechante pobreza abyecta. Más del 50 por ciento de guatemaltecos vive por encima de la línea de pobreza y la escalación social es casi inexistente, motivo por el cual muchos guatemaltecos en condiciones de pobreza hacen el riesgoso viaje hacia los Estados Unidos.

Sin embargo, las condiciones económicas y sociales en los Estados Unidos, que hicieron posible el sueño americano se han ido erosionando. Los salarios de la clase trabajadora se han mantenido congelados por 30 años mientras más y más riqueza es controlada por el 1 por ciento poniendo la desigualdad de riqueza en los Estados Unidos en sus niveles más altos desde los años veinte. Las instituciones que hicieron posible la escalación social, como educación superior costeable, y aquellas que protejen a las familias de bajos recursos, como los programas de ayuda, han sobrellevado cortes drásticos desde hace 30 años, forzando a las familias pobres a cargar con más deuda y bajar sus expectativas y horizontes. Aún cuando el rico se hace más rico y el pobre más pobre, incrementar los recortes de impuestos para los ricos ha asegurado de que ellos paguen un porcentaje menor de su riqueza hacia las arcas públicas–menor que lo que paga la asediada clase media.

Y ahora, al acelerar la destrucción de las instituciones nacionales y fortificando la élite, los políticos de extrema derecha en los Estados Unidos parecen empeñados en re-estructurar la sociedad americana para parecerse más al modelo guatemalteco. Mientras tanto el Presidente Trump fanfarronea sobre su “hermoso y gran muro” para mantener a raya a los inmigrantes pobres, los legisladores republicanos han introducido leyes para neutralizar regulaciones en los bancos, desaparecer estándares de protección ambiental, eliminar el Departamento de Educación y retroceder en el costo de la salud. Ellos exijen mayor alivio en la carga tributaria de los ricos y mayores recortes tributarios a las corporaciones para hacer de los Estados Unidos más competitivos en la carrera mundial hacia el fondo.

Los Estados Unidos todavía es un faro para los centroamericanos desesperados por una vida mejor. En julio pasado, hablé [el autor original en inglés] con un guatemalteco de 20 años llamado Wilmer quien estaba viajando a través de México y buscaba cruzar hacia los Estados Unidos, “Para gente pobre como yo, mi país es como una jaula sin salida” dice Wilmer mientras espera con docenas de otros centroamericanos para saltar sobre un tren nocturno de carga. “Y todos sabemos que el viaje es peligroso. Podríamos caer, podrías incluso hasta morir. Pero al menos hay esperanza al final”.

Por ahora, el sueño americano está vivo. Qué atemorizante, sin embargo, es imaginar un futuro en el cual la esperanza que los Estados Unidos ha representado para los centroamericanos en pobreza se apague, no debido a un “hermoso y gran muro” sino porque la desigualdad pueda convertir al país en un mounstroso gemelo de sus propias sociedades.

***

Anthony W. Fontes es parte de la Universidad de Wisconsin.

Título original en inglés: The American Dream Meets a Central American Nightmare 

Traducción: Fernando Vérkell, para Mandrágora.

***Revista Mandrágora is an independent, no partisan, Guatemala-based, non-profit site, that takes no profitable outcome from its publications. This article has been translated into Spanish for sharing purposes only.  If the original source, author, or editors want to have the translation taken down from this site, please contact the editor via email and we will comply immediately. 

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