II


Si me preguntaras, en el caso de que lo hagas, en un bar o en una noche no tan fría en una plaza, te diría, sin demasiados preámbulos, que no me quedaron más opciones. No las tuve. Hablaste y me quedé sin variables, sin caminos para elegir, sin escapes. Me gusta escapar, pero esta vez no pude, estoy atrapado en los laberintos de una perfección que debo desmentir, de una belleza que reaparece cuando estoy solo. Mientras te miro, imagino una conversación, donde pueda contarte lo que no puedo decir ahora.
Difícil es viajar solo, recordando lugares y personas, deseando una vuelta que nunca será la imaginada. Difícil es volver, encontrarse con la vida que uno ha sido, con los errores a cuestas que esperan una pronta resolución, que presionan desde atrás y se cargan en la mochila. Pero cruzamos unas palabras, sencillas, nada complejo, un par de preguntas, intercambiamos experiencias, me contaste cosas, te escuché, te dije hacia donde quiero ir.

En el amor no existen fórmulas. Solo puedo inventar ciudades, que quieras conocer. Te ofrezco una casa, un parque no tan lejano, una serie infinita de montañas de fondo que parezcan no tener fin, que en donde terminen nazca el mar. Un río, una luna que se refleje en el agua. Un lago, extenso, con olas agitadas por un viento continuo. Un bosque donde correr cuando el sol de la siesta queme sin piedad. Un desierto y un oasis donde dibujar un jardín. Puedo ofrecerte esa ciudad y también cualquier viaje. No tendré la potestad para apartarte del sufrir de la vida, de las presiones materiales de un mundo superficial, ni de las infames traiciones. Tampoco podremos evitar el tiempo y sus dudas.

Escuché tus historias y las bondades de los lugares que has visitado. Por eso inventé un mundo, cuando te canses de parajes solitarios y bosques sin rumores ni lluvia.

Si me preguntaras una vez más, te invitaría a recorrer una ruta sin carteles de retorno.
V
Las ventanas saben de miradas que las cruzan, buscando las huellas de la llovizna ininterrumpida, las melancolías de calles de transeúntes vacíos. Lo saben también tus libros, abiertos ante tus ojos, afortunadas letras que son leídas por vos en la noche, antes de dormir.

Mientras busco las respuestas para definir el camino a seguir, estás ahí leyendo, buscando alguna canción cuando dejás la novela sobre la mesa de luz. De vez en cuando, te escondés en el amparo de un cigarrillo, para jugar con el humo, sintiéndote en una de esas películas que te gustaron hace mucho tiempo.

No somos protagonistas de un cuento de Cortázar, pero me gustan tus verdades. Me basta la evidencia de unas palabras que intercambiamos un miércoles no tan frío, donde descubrí que no necesito mirarte, sino más bien escuchar tus contenidos y la forma en que unís las oraciones cuando contás los pormenores de tu existencia, para poder construirte tal cual sos.

No conocés de límites mirando hacia el horizonte. Te encantan las rutas, los viajes, los paisajes de tus propias fotografías y las listas infinitas de las canciones que te gustan. No sabés responder sin una sonrisa.

Hay una ciudad que nos ha encontrado.
***

Leonardo Rapali, argentino, comunicador social. 

***

Foto: Renza.

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