Mariana



Mariana camina por las calles de una Habana gris. Nada es como ayer. Las promesas de poesía y caricias se esfumaron con la juventud de sus pasos. Ninguno le promete la eternidad mirándola a los ojos. Mariana musita un padrenuestro tras cruzar cada esquina. La isla se le hace pequeña cada atardecer que se pierde en el espectáculo de su espalda desnuda. La sal del mar ha hecho hogar en sus labios. Ella relame la carne agrietada esperando descubrir algún rincón inexplorado, una curva en su piel morena que pueda reclamar como suya, y es que, aún con las noches que lleva a cuestas, Mariana es ingenua. No sabe que el amor desconoce la locura de las pasiones efímeras. No sospecha que su cuerpo despierta un deseo animal en aquellos de tierras lejanas. Ella es una diosa de ébano: inalcanzable y asoladora. El amor no se encuentra en las playas ni en unas manos que se derriten en el sol. No, Mariana. ¿Cuándo vas a entender? ¿Cuándo entenderás, por fin, que el amor te espera en la boca que besó tus cicatrices sin alejarse, en las manos que sujetaron tu rostro mientras llorabas por quien te olvidó en las Antillas como algo menos que una mujer enamorada? ¿Cuándo entenderás, por fin, que el amor te espera en un café, en una sonrisa, en todas las mañanas de La Habana?
La casa está tranquila  



La casa está tranquila. Tus pies descalzos no se pasean por el salón martillando historias en el tiempo que compartimos. Es fácil fingir que fuimos dos. Este techo guarda tantos secretos que a veces me pregunto si podrá sostenerse ante el peso de tu ausencia o cuando te pienso, imaginando que estás, y voy recordando que la casa sigue tranquila. Los relojes han seguido. ¿Acaso lo haré yo? Quizás no. Es una necedad pretender que las luces y las sombras y las calles y tu voz no me persigan. Están dentro. Saberte en los espejos y en todas partes es visceral. Lates en mi vientre, en mi sangre, incluso donde no estoy y, sin embargo, la casa sigue tranquila. Caminamos -¿lo recuerdas?- en la orilla de una playa fría, ennegrecida de bruma y adioses, con las manos enlazadas y las almas tan cerca, que cuando nos separamos, temimos caer de lado o al frente, al fondo de un abismo infinito, oscuro y solitario, sin más compañía que nuestras manos palpitantes de universos, de fragancias, de recuerdos. Entonces despertamos. No hubo, al abrir los ojos, más playa, sino las paredes de esta casa. Y ahora está tranquila. ¿Cómo aprendo a andar hacia atrás si construimos la eternidad en un abrir y cerrar de ojos? Es preciso que algún ruido parta este silencio en dos y robe el lenguaje a la memoria, así no podré nombrarte en la llovizna, en las estrellas o en pieles pasajeras. A veces veo tus pies descalzos en mi cama. A veces quiebras mis palabras antes de que nazcan. A veces eres yo o yo soy tú o somos uno. A veces es solo a veces, mientras la casa está tranquila. 
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Elisa C. Martínez Salazar

Nace en Santo Domingo (1989). Es autora del libro de poesía Desvelo, silencios y recuerdos (Granada, 2012). Su trabajo literario ha sido incluido en las antologías de poesía y narrativa Desde el corazón II (Madrid, 2013), Otoño e Invierno (Madrid, 2014) y Una poesia per Giulia (Roma, 2015). Escritos suyos han sido publicados en las revistas Resonancias Literarias (Francia), Almiar (España), Inverso (Italia), El Café Latino (Francia) y Cronopio (Colombia). Es bloguera del Huffington Post.
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Foto: Fernando Hernández

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