“Toda hora florece en el mar”.

Semana III, Bruto. Lawislao Çamarcanda

Probablemente con leer asumiremos un lugar en el mundo pero, desde todas las otras perspectivas, el lector podría ser juzgado con crueldad o con desprecio o con sorna o no será juzgado sino simplemente borrado y execrado. Decir que un lector auténtico es un lector perseguido es una exageración, de esa clase de exageraciones que deberían ser verdad, porque para ser un perseguido no es siempre necesario combatir con actos alguna clase de terror material o evidente (como las leyes); es demasiado común que para ser perseguido baste con ser diferente.

A un lector, flor de la incertidumbre, pueden perseguirlo toda clase de artimañas espirituales y, entre estas, la más peligrosa de todas, porque conduce a las demás: la soberbia. Un lector corre el riesgo, también, de caer en vicios como la pereza fastidiada o en virtudes como la complacencia diligente. En realidad, enumerar todas las cosas que podrían llegar a sucederle a quienes leen es innecesario, porque se trataría de listar todo lo que puede sucederle a todos, pues las y los lectores son seres humanos tan débiles y tan torpes como todos los demás, con una única particularidad: se esfuerzan por asumir su propia vida y, en el camino, tienden a comprometerse con la de los demás.  

Asumir la vida como cosa nuestra, dicho de este modo, no parece demasiado complicado. Todo lo que nunca hemos hecho nos resulta fácil. En cambio, si se piensa un poco más despacio es posible ver que casi nadie asume su vida. Las personas parecen la horrorosa hojarasca con que se alimenta, con monstruosas dentelladas y sin pausa, la inconmensurable insensibilidad. La mayoría de mujeres y hombres que han pisado la tierra, desde los remotísimos primeros tiempos, tienen el aspecto de quien ha sido vapuleado por un cachalote invisible. El símbolo más perfecto de la condición humana es Polifemo: ciego y creyendo saber que Nadie lo cegó. Así lo vio Sabato: ciegos que van por su propio pie hacia el abismo; tanto si se nos ve en manada como uno por uno, somos irremediables y encima ridículos. En resumen, la especie humana es criminal, repugnante y estúpida y, aun peor, ignora por completo su ruindad.

Sin embargo, hay algo que respira lejos y cerca de la nauseabunda ebullición humana. Algo que podría ser sencilla pero no exclusivamente denominado el espíritu del arte; una ficción cautivadora en cuyos derroteros se pierden los lectores para regresar, más despiertos, al punto de partida; una manera de vivir que consiste principalmente en aprender a observar con mayor coraje la ruina o la perfección moral de los seres. Este es un aprendizaje infinito que mientras se lleva a cabo conlleva la condena del mundo.

¿Lectores y, peor todavía, artistas? Es inútil engañarse: a los reyes del mundo les va bastante bien sin estas avispas aguafiestas. Puede que un lector vea y grite que el mundo y sus tripulantes caminan ciegos hacia su destrucción, pero a nadie en esa nave sin alma parecerá importarle. Las verdades siempre parecerán demasiado pesadas, resultará siempre más cómodo olvidarlas, y todas las infamias portarán siempre un traje de justicia fabricado a medida. Los seres humanos no desearán jamás que un artista derrumbe sus conveniencias. El espíritu del arte, los lectores y todos los artistas deberán ser arrojados por la borda.  

Un lector (y todo artista lo es) es quien ha sido echado por la borda. Y es entonces, según la paradoja más hermosa, cuando comienza su verdadera vida. Todos sus sentidos aprenden a marchar hacia dentro, y sus facultades ya no se prestan al juego sucio de la sobrevivencia mezquina. Tras la supuesta condena a que ha sido destinado, encuentra como un don gratuito la sorpresa de un sentimiento aventurero en el que por cada cosa de que haya sido despojado, el mar de la lectura le dará una habilidad distinta y extraordinaria. Y si la soberbia o un calamar gigante osan aparecer en su camino, su presente espiritualidad náufraga le recordará constantemente algo que, en palabras de Çamarcanda, podría funcionar como el santo y seña de un lector en el océano: lamparón de polvo en el agua, no dilates tu intimidad.

Y únicamente el recordar en todo momento su polvorienta insignificancia conducirá a los lectores y a quienes, entre estos, posean la fuerza del arte, hacia su destino final: el retorno. El mar donde podríamos aprender a pensar y a sentir como nadie en la nave del mundo llegará a enseñarnos, debe ser también el escenario de múltiples nacimientos según los cuales nos obstinemos en alcanzar (con ingenua terquedad) el lugar de donde hemos sido expulsados. Nadie es un auténtico artista o lector hasta que no completa este círculo de fuego.

Así, el mundo es un lugar que navega hacia la desgracia, pero el odio ni siquiera es suficiente para reventarlo de una buena vez y, en cambio, afuera suyo existe otro mar donde podríamos aprender a ser y hacer de una manera completamente diferente. Qué deba suceder con los lectores a partir de que son echados por la borda es imposible saberlo; al menos es tan difícil como adivinar en qué consiste verdaderamente la fuerza que nos empuja a acercarnos a los libros. Tal vez solamente podría llegar a ser posible confiar en que todos los barcos necesitan polizones.

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Ismael Labrador 
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Foto: Ricardo Meliá

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