Esta ciudad no sabe mentir. De repente se levanta y abre las manos. Se deja ver desnuda, cuando las luces baratas le dan en la cara.

Alguien camina, tambaleándose, por las esquinas húmedas. Cierro los ojos. Hay tan poco que ver aquí.

Fumo por deporte. Cualquier brisa apaga el cigarro y enciendo uno nuevo. Aspiro. No siento casi nada. Me veo las manos: tiemblan. Debe ser el frío. Debe ser la muerte que muerde la mano amarilla de cal y espuma, de días mojados y óxido brusco. Creo que ya lo pensé antes: esta ciudad no sabe mentir.

A veces me da por buscar raíces. Hay algunas gruesas que me atan a cualquier lado: la biblioteca, la plaza del León, la avenida Brasil, la vereda del señor Lao y sus figuras de barro. Otras raíces más delgadas no sobreviven mucho tiempo: la marca de cigarrillos, los besos apagados de una artista barataria, el papel tapiz, el(os) trabajo(s), mi autor preferido, etcétera.

Frecuentemente soy el etcétera perezoso de una oración no-tan-bien-construida. Soy fugaz y tal vez hasta invisible; siempre con las mismas mañas, sintiéndome juzgado por tribunales imparciales; de todo y para todo, desde siempre.

Un hombre me mira desde el fondo del vaso. Se parece a mí, pero está ebrio. Se ríe y le faltan tres muelas; la barba le crece irregularmente y no parpadea. No soy yo. Es otro hombre. Está triste y no sabe por qué, ni cómo alegrarse. Se acerca a mí cuando levanto el vaso y nos vemos por segundos: ese hombre triste soy yo.

Camino sin rumbo fijo pero me duelen los pies. Ya no tengo cigarrillos ni ganas ni días restantes: en casa uso un calendario de 1970 al que le faltan páginas y fechas.

Cuando chico escribía sobre un gran cuaderno negro con letras rojas, a oscuras y lloraba. No recuerdo qué escribía, pero siempre terminaba exhausto y feliz. De esa infancia de fábula y fuentes ya no queda nada. Siempre fui un chico triste. El hijo del carnicero borracho y de la costurera triste que lavaba y cocinaba y planchaba y caminaba y se cansaba y seguía de pie hasta que llegaba a casa donde un chico escribía y lloraba a oscuras. El chico era bueno. Siempre se lavaba las manos antes de comer. Cuando comenzó a fumar, se lavaba las manos. Cuando empezó a beber, se lavaba los dientes.

Antes de saltar, se quitó los zapatos. En el vacío pensó: el mejor libro que he leído está a la vuelta de la esquina, tambaleándose.

***

Foto: Samajel Silvestre.  

 

 

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