Murió un domingo en la noche, no le arruinó el fin de semana a nadie y su funeral se programó el martes siguiente en horas de la tarde para que lloviera, tal y como él lo había deseado según un calendario de precipitaciones que guardaba como tesoro.

El lunes fue la primera noticia que se recibió en el pueblo, a la hora del almuerzo ya todos sabían que Roberto había pelado el bollo y que lo enterraban al día siguiente.

Como todo pueblo pequeño, lleno de viejos (debido a que la mayoría de los jóvenes se habían trasladado a la ciudad para probar suerte) y sin nada mejor que hacer, a la hora de la cena el tema de conversación era si se iba o no a la recepción que ofrecían los hijos del muerto en su hacienda.

El martes en la tarde llegó y como si hubiese sido arte de magia, justo en el momento que el Sacerdote entró a la Iglesia para iniciar la ceremonia  se escuchó un trueno. –¡Mierda! El viejo la pegó con ese bendito calendario- murmuró para sus adentros el mayor de sus hijos mientras trataba de no respirar la fragancia de las flores que su padre había escogido para su propio funeral, parecía como si todo lo hubiera planeado para joderlos.

–  Que el Señor tenga en su gloria a Don Roberto, un gran hombre, padre y esposo abnegado y amigo fiel – dijo el Padre a regañadientes, sabiendo que no podía decir otra cosa de un muerto. Todos son buenos cuando mueren.

– La familia del difunto desea invitarlos a la recepción en la Hacienda Flores, para los que no tengan cómo transportarse, afuera habrá dos buses patrocinados por sus hijos. Que la paz del Señor esté con Ustedes.

Unos vieron el gesto con simpatía en cambiootros sólo pensaban que les habían visto con la misma cara de pobretones con la que Don Roberto los había mirado durante toda su vida. Ellos no necesitaban de caridad para llegar a la recepción de nadie y menos de un muerto.

– Era tan joven –dijo una mujer de 91 años cuando salía de la Iglesia mientras recordaba una ocasión que en la escuela él se puso debajo de las escaleras para ver lo que ella guardaba en su falda. – Yo iba en último año, y él era un muchachito que aún estaba en primaria.- Recalcó al terminar la historia con algo de orgullo por formar parte del despertar sexual de su travieso Robertito.

Mariela, su última y tercera esposa escuchó lo que ya se decía de su difunto esposo y pudo vaticinar que la recepción sería un fracaso, le tocaría escuchar más anécdotas como esas durante toda la noche. –¡Gracias querido!– expresó con rabia a la vez que alzaba la mirada al cielo en busca de respuestas, pero sólo recibió gotas de lluvia que atentaron contra su rímel.

Los buses llevaban más de la mitad del pueblo y no faltó llegar a la hacienda para que se alborotara el congo. Las discusiones iban desde con quién y en qué circunstancias había sido su primera experiencia sexual hasta cuál había sido su última comida. “Que te digo la verda’ mija’ fue la mamá de Don Pancho que descorchó a Robertito, no ves que ellos dejaron de ser amigos en el bachiller por eso”. “Yo fui el que le vendió su última comida, un pescao’ a estilo chorrillero, de seguro por eso fue que lo incineraron, si alguien estira la pata después de comer pescao’ se pone morao’, ¿se imaginan un muerto así? ¡Jesús alabao’!” “¡Imposible! El calvo sinvergüenza perdió la virginidad conmigo, por eso me le entregué”. “Lo último que ese hijueputa comió se lo preparé yo, si él fue a visitarme la misma tarde de su muerte y ¡le di el mejor polvo de su asquerosa vida!”. “¡Ay! Vaya a creerse eso usted solita niña, en el burdel yo le ofrecía calidad y variedad a Don Roberto, nuestro mejor cliente, ¡hasta tenemos una habitación con su nombre! ¡Qué Papá Dios me lo tenga en lo alto!”

Los comentarios sobre Roberto eran de toda clase, ya los que quedaban después de dos horas de recepción lo amaban u odiaban hasta la muerte. “Él fue como el padre que nunca tuve; me pagó la Universidad después que murió mi mami, ella le trabajó a su familia desde que era niña”. “¡Pobre iluso! Capaz que ni sospecha que él es otro de los bastardos de Roberto”. “Al igual que la mitad de los chiquillos que hubo en el pueblo en los 70’s, y quién sabrá cuántos más habrá dejado en la capital y en Europa cuando fue a estudiar”. “Yo lo recuerdo muy buen mozo, siempre pasaba en su caballo por mi casa, con ese cabellera rubia parecía un Dios”. “Esa fue la que quedó preñada de él mientras cabalgaba de un pueblo a otro, ni siquiera tenía la decencia de llevarla al río, se la cogía  ahí mismo en el caballo y después que terminaba la tiraba a un lado del camino para que fuera de regreso”. “Don Roberto era un Santo, gracias a su visión humana y científica es que tenemos el hospital mejor preparado del país”. “¡Ay, por favor! Todo el pueblo sabe que él le daba plata al hospital con tal que le dieran sus drogas  y le practicaran abortos a todas las que llegaran en cinta de él”. “Pobrecita, se nota que hace rato no le dan lo suyo a esa mojigata, recuerdo como anduvo por años detrás del pipí de Roberto a pesar de estar casada. Dio y dio hasta que se la cogiera”.

Ninguna historia mejoraba con la siguiente, ya se habían llevado a su sinnúmero de nietos y sus hijos no encontraban forma de echar a los invitados. La viuda llevaba desaparecida con Don Pancho más de una hora, por lo que muchos decían que por fin el Pancho del bachillerato se las había cobrado a su mal amigo. Por otro lado, en el otro extremo de la sala el sacerdote hablaba con una larga fila de mujeres que querían agendar su siguiente confesión.

Tras cinco largas horas de algarabía, llanto y mucho bochinche, parecía que por fin los invitados habían dejado sobre la mesa toda su rabia reprimida hacia el difunto. Ya los ánimos se habían aplacado cuando se escuchó un disparo y varios gritos, era Doña Carmina, la primera esposa del causante de todo este caos y a la que todos recordaban como panti sucio por ser la primera mujer que Roberto había cambiado. Entró con una mueca que era entre risa y llanto y con rifle en mano diciendo: – Queridos vidajenas, para que todos se vayan a su muerte en paz, siguiendo lo más pronto posible los pasos del desgraciado que los ha convocado en este lugar, les vengo a hacer unas cuantas aclaraciones. En primer lugar, la que lo desvirgó fui yo en uno de los potreros de la finca de los Ruíz cuando ambos teníamos quince años; pero yo ni loca me iba a quedar sólo con él, así que a la semana  lo dejé por Pancho, con quien me lo gozaba diferente. Tanto fue el cabreo de Roberto por haberme perdido que fue a casa de su “mejor amigo” para darle una paliza, pero se encontró con su pobre madre, recién viuda y tan falta de hombre.

Se abrió camino en el recinto sin pronunciar palabra y sin soltar el rifle, le arrancó la copa de vino a la viuda, quien había regresado con la ropa un poco desarreglada, y continuó con el destape de olla. – Todos saben que fue más o menos para ese entonces que mis padres me mandaron a estudiar a Europa, Roberto nunca dejó de escribirme a pesar que ambos disfrutábamos del sexo libremente. Puntualmente los lunes y jueves me mandaba interminables cartas de amor , o lo que sea que él hacía con eso que llamamos corazón. Yo fui la razón por la que cruzó el charco y estando allá me convenció en regresar a este pueblucho de quinta para casarnos, pero al poco tiempo lo dejé por Teresita, la muchacha que hacía el aseo, no fue al revés tal y como él les hizo creer. – Terminó con una sonrisa de oreja a oreja y mirada cínica, se volteó con frialdad hacia Mariela y remató:

–           Por cierto, él y yo nunca nos divorciamos, siempre iba a visitarme como un cachorrito a la ciudad en busca de la mujer que le daba el mejor sexo de su vida, por lo que todo lo que ven aquí es mío. ¡Se largan ya de mi casa!

 

***

Corina Rueda Borrero (Ciudad de Panamá, 1991) es escritora, abogada, activista social y política panameña. Licenciada en Derecho y Ciencias Políticas egresada de la Universidad Católica Santa María la Antigua y del Diplomado en Creación Literaria por la Universidad Tecnológica de Panamá. Ha participado en distintos talleres literarios realizados en su país y es una contribuyente activa en movimientos juveniles como #JuntosDecidimos yEl Kolectivo, que fomentan la participación ciudadana, la gobernabilidad democrática y la implicación de las juventudes panameñas en el desenvolvimiento del país. Es autora del blog De Panamá a donde sea.

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Foto: Eduardo Juárez

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