Pues bien, quizás te maraville, pero llevo aún en mis alforjas provisión de esperanzas, y si he de ahogarme, cree que me ahogaré con la vista clara y la mano firme.

Lawless, en Flecha negra. Robert Louis Stevenson

De los fragmentos de la literatura imposible podrían formarse unas inolvidables obras completas. Y si los personajes de todas las historias que comenzaron pero nunca llegaron a su fin se reunieran un día en un solo relato, un lector despierto podría distinguir ahí donde vea argumentos desmembrados y discursos interrumpidos la misma incierta y vacilante épica que vivimos todos los días con tan sólo poner un pie en la calle. Este lector debería grabar con fuego en su espíritu la inocente confianza en la inmortalidad de las palabras, aunque estas no resuelvan las tribulaciones fragmentarias de la experiencia. En la batalla entre la poesía y el tiempo cualquiera puede perder el rumbo y hacer el ridículo con mil páginas rotas entre las manos; cualquiera, sobre todo un escritor, puede quedar traicionado y vacío, sintiéndose nada más que otro engranaje que se deflagra lentamente hacia la caducidad precoz; la única excepción debe ser el lector, un vigilante de los signos donde estalla el abismo.

Hay solamente una cosa peor que la destrucción inminente de todo lo creado: el indiferente y en apariencia obligatorio deterioro al que está sometido. No estamos esperando el último de los días del mundo, que en realidad no tiene ninguna importancia pues será un final y nada más. Tal vez sea más útil presenciar con los ojos muy abiertos el tenebroso circo enmarañado donde cada objeto y cada sueño y cada deseo y cada palabra van despacio arrimándose hacia su correspondiente colapso. Desde el primer chispazo con que arrancó la desbocada ruta, los seres humanos buscamos la autodestrucción y, para lograrlo, hemos estado durante milenios arrancándonos el pellejo mediante diversas y cuanto más nuevas más crueles formas de esclavitud brutal e inconmensurable violencia. Para lograr el odio y el sufrimiento y el envilecimiento más crudo del alma, contamos con un talento innato para justificar nuestras ambiciones más pestilentes, transformando todo lo que tocamos en una bacanal de torturas que se visten con otros nombres. La obsesión por los desenlaces es la causa de que las tramas sean un asco.

El único reducto que impide el desquiciado desgarramiento del ser humano hacia sus semejantes es la creación artística. Aunque hoy como antes y después gran cantidad de las mujeres y los hombres que dedican su talento al oficio de la escritura no puedan escuchar la palabra eternidad sin hacer una mueca soez, el auténtico lector debe recordar su compromiso con las fuerzas de resistencia que dentro de la historia actúan como aterrizaje de emergencia, guiadas por un sentimiento de tenacidad con un horizonte artístico y moral a un mismo tiempo. Sin pesimismo y sin optimismo, quien lee solamente cuenta con sus dos ojos: el de su inteligencia y el de su sensibilidad. No puede saber qué son el futuro y el presente; estos probablemente no existan o sean una trampa horrorosa. El destino está en el pasado. Para ese destino no existe salvación, solamente amor y paciencia.

Un lector auténtico no debería quejarse porque los libros no encuentren la salida del laberinto. Nadie puede encontrarla. No sé qué es la literatura, pero sí sé que no es un catecismo. Aprender con humildad es lo que único que puede movernos a vivir pero, como dijo Wilde, nada que valga la pena aprenderse puede ser enseñado. Un martillo no dice al carpintero dónde colocar los clavos; un libro no debería intentar ninguna receta, salvo la que conduzca a romper todas las demás. La poesía nunca termina porque está en franca y abierta oposición a la materia de la que está hecho el mundo. Las palabras podrían ser instantes nómadas que se escaparon de la prisión de aquello que sí debe concluir: la náusea y el terror.

Ismael Labrador.

***Foto: Silvia Figueroa

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