Empezás por algo sencillo y siempre en orden. El clima, el tráfico, que estás bien respondés con una seguridad calmada que ojala tuvieras cuando no te lo están preguntando pero lo pensás.

Y si el encuentro va a durar más de lo que duran los minutos largos dentro de un elevador, los pasillos de una clase a otra, la espera resignada a que te despachen en la tienda, te decidís rápido entre el silencio y la mancha en la pared o te atrevés a preguntar sobre los días hasta que te la devuelven sin clemencia: ¿vos qué has estado haciendo?

Has estado con ganas de algo, seguro. Y en países como este (al que le pertenecemos y no al revés) lo más probable es que estés en algún punto entre la espera y el querer. Pero eso no lo vas a decir. Mejor que las cosas siguen igual, un logro mínimo, una alegría disimulada.

Y ya, sea largo o corto, los encuentros repetidos durante el día se van acumulando en ti hasta que regresás a tu casa, los pensás más de la cuenta y allí si tenés algo bueno que decir, muy tarde casi siempre. Porque lo que uno quiere decir, peor aún para uno mismo, lo que quiere traducir en algo más interesante que el propio rostro, no deja de ser una respuesta tardía a la incapacidad de acercarse a los demás.

Es una cuestión de desfase temporal, porque pareciera que ocupáramos las mismas cuatro cuadras chiquititas, que bailáramos las mismas canciones y nos enfureciera el mismo calor. Pareciera que estamos todos abandonados a nuestra suerte en esta isla de volcanes y el mar ya no se mueve de tantos mensajes  aprisionados en botellas: en voz alta no se dice nada.

El éxtasis es más que un rincón privado y personal donde va a uno a esconderse y a alegrarse de que la vida no es siempre la misma. Etimológicamente, no lo es al menos y yo decidí que de algún lugar tiene que venir ese sentido en las primeras veces que se nombraron a las palabras. EX/TASIS, estar fuera de sí, que es lo mismo que estar afuera, junto a los otros.

Porque querramos o no, la poesía, las canciones, los planes que no cumplimos casi nunca, tienen más de afuera que de adentro. Y si a lo más que se puede aspirar es a estar fuera de sí, el viaje es un círculo continuo que ya te está regresando de una vez a la rendija por la que mirás al mundo.

Andrea Morales.

***

Foto: Ednita Sandoval

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