“En un instante, junta el pasado al presente y de una mirada abraza los confines del mundo”.

Arte literaria, Lu Ki, Siglo III

 

Habría que inventar un sorprendente signo ortográfico para recubrir con la majestad debida todo aquello que uno cita de memoria. Habría que preguntarse si cuanto escribimos no es, en efecto, un mágico lugar común que convoca al festín de nuestras palabras cotidianas la desnudez y las derrotas más antiguas de la creación. En otras palabras, lo primero que yo me pregunto cuando escribo es si alguien, antes y con mayor dignidad, no escribió ya lo mismo.

Al temor de no ser original va emparejada, siempre, la certeza de ser un tonto. Monterroso, quien citó de memoria toda su vida y ennobleció como nadie el arte de reescribir, dijo que uno solamente comienza a ser original cuando decide, abandonando toda esperanza de ser bien visto, copiarle a sus autores predilectos. En el intento de resultar novedoso habita la soberbia; en la resignación del perico labora eternamente la gracia de la humildad.

Son innumerables los engaños de la literatura que se deben a los comercios de la originalidad. Tiende a confundirse la creación nueva con la creación auténtica. Es difícil no resbalar y caer de rodillas ante el espejismo de frescura que ofrecen algunos libros, pero en algún momento, también, es fácil notar cómo para el arte de escribir es más importante ser una flor invisible que un cadáver luciente. Quien conoce la pasión literaria sabe que la fragancia eterna de las obras que importan nunca se acerca engalanada y lustrosa. La huella de las lecturas perpetuas es un moho inapagable. Ocurre que tal vez no se acoge con demasiado deleite el visitar libros complejos, nada entretenidos, con ese tono viejo y mandón de autores que, para mayor asombro, escribían a mano. Tal vez.

Al escribir, y al leer, y probablemente al reflexionar acerca de toda materia poética es indecoroso buscar la originalidad. Recurrir a una distracción semejante para vilipendiar millones de palabras tan valiosas como las nuestras; palabras que, además, forjaron las nuestras, solamente puede deberse al mareo que produce la montaña rusa de nuestra época inmoral e inconsciente. Esta época que olvida que el auténtico lector nunca confundirá el canto del ruiseñor con el bramar de una caja registradora, aunque este brille como el oro y el canto duerma bajo la arena.

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Ismael Labrador

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Foto: Marvin Monzón

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