La revista literaria Acento, fundada por el que esto escribe, en unión de Otto Raúl González, reunió en nuestro país a un grupo de jóvenes escritores afines, los que aspirábamos a constituir una generación. De ese grupo que surgió con tan buenos bríos, no quedan hoy, al cabo de seis u ocho años, más que unos pocos nombres. Quedamos únicamente aquellos que en verdad teníamos una vocación que defender y acrecentar.

Si hoy nos proponemos hacer un recuento de los valores de ese grupo, tendríamos que limitar nuestro entusiasmo y referirnos sólo a aquellos que tienen obra realizada. En poesía están Otto Raúl González, Enrique Juárez Toledo y Eloy Amado Herrera; en prosa, Carlos Illescas y Augusto Monterroso Bonilla; en artes plásticas, Dagoberto Vásquez, Juan Antonio Franco y Guillermo Grajeda Mena.

En Guatemala, hasta el día, aun no ha existido una generación literaria que represente a su tiempo con un verdadero criterio histórico. Hoy nos parece totalmente ingenuo lo que se ha dado en llamar generaciones del 20, del 30 y del 40. Acaso los más jóvenes, los que hoy pertenecen al Grupo Saker-Ti, puedan responder dentro de algunos años al auténtico sentido que debe valorar a lo que entre nosotros, con ligereza, se ha dado en llamar “generación”. Y digo lo anterior porque ese grupo me parece el más homogéneo y el más disciplinado para responsabilizarse lealmente con lo que implica ese término.

El joven poeta Otto Raúl González publicó en el año de 1943 su primera “plaquette” lírica, intitulada: Voz y voto del geranio. En este poemario, además de sus valores propiamente literarios, existía el mérito político de enfrentarse a la dictadura, a través de encendidos cantos que expresaban con sinceridad el dolor del pueblo aherrojado.

Posteriormente, González publicó en México dos libros más; el primero de ellos: A fuego lento, en el año de 1946; el otro, Sombras era, en 1948. Vamos a referirnos a uno de ellos:

Es el poemario A fuego lento donde González se muestra más dueño de sus armas, de personal estilo, de una manera muy suya, lo que hace que su poesía esté alimentada de novedosos jugos, de emocionado aliento y sentimiento. Se recogen aquí varios poemas lejanos, escritos en nuestro país durante los días de la dictadura. Entre ellos forman los Diez Bocetos para Diez Estatuas, en los cuales se hace una sentida exaltación de la mayoría de las profesiones humildes, de los oficios sencillos, de nuestro pueblo. Estos poemas, por su intención misma, por su definida tendencia social, se nos muestran un poco duros en la forma, como si el autor, al escribirles, haya tenido que autocontrolarse, autofijarse metas con propósito deliberado…

Sentimos más naturales, más llenos de sentido y contenido líricos aquellos poemas que dedica a motivos íntimos: el amor, la soledad y todas las otras formas en las que el poeta vierte su angustia y su penetrante sentido del mundo, de la realidad.

La poesía siempre hallará sus más profundos estímulos en el drama ardiente y conmovido del hombre; en su sentido dramático, en su sed de eternidad. Cuando el motivo no llega a alcanzar una estatura singular, es decir, densidad, el poema, por mucho que se afane el autor, carecerá de la temperatura cálida del hecho lírico. A todos los poetas les pasa el caso de rendir excesiva importancia a hechos que, juzgados con criterio de tiempo, realmente no lo tienen. González tiene algunos poemas en este libro que disienten un poco de esa temperatura que a él le es peculiar. Pero este error —si le podemos llamar así— estriba en que ha recogido diversas direcciones, variadas zonas de experiencias. Por eso su libro a ratos lo sentimos desigual: en su intención y en su sentimiento.

En nuestro tiempo, el poeta —como el que más— debe y puede ser un luchador social: desde luego que en él se da la calidad hombre de modo determinante, nunca podrá, sin traicionarse, estar al margen de los acontecimientos políticos y sociales de su época. Lo grave está en que estos acontecimientos de que hablo, colectivos, no siempre serán sentidos ni expresados con suficiente fuerza por el poeta; o si lo son, los resultados no siempre son importantes. Entre los millares de cantos cívicos y combativos de nuestro tiempo, ¿cuántos podrán sobrevivir realmente por sus íntimas y no previstas calidades poéticas?

El peligro anterior lo hemos experimentado en carne propia. Creemos que también en González se patentiza, lo mismo que en otros jóvenes que dentro o fuera de nuestras fronteras hagan poemas de tendencia. Salvo contados poemas de Alberti, de Vallejo, de Lorca, de Neruda, y si acaso diez poetas más, la gran mayoría de cantos revolucionarios se quedan meramente dentro de los estrechos límites del panfleto.

En Otto Raúl González, —insistimos— nos gustan más sus poemas de angustia, de soledad, de amor. Vasto y profundo campo hay para ser revolucionario en este sentido universal del hombre: el que mejor le condiciona y define, el que mejor le muestra. Lo lamentable está en confundir la posición, en creer que es únicamente el motivo social el que le puede dar sentido y contenido revolucionario a determinado poema. Ese es y seguirá siendo un craso error, donde, sin embargo, muchos gozan en perderse.

Creo que vamos en el mismo camino de México y otros países americanos, en donde las artes plásticas son las que definen de manera más característica —por sus condiciones especiales— el sentido revolucionario del pueblo. La poesía, acaso por su índole especialísima de magia verbal, de arquitectura sonora, parece que se desvirtúa un poco cuando se sale de sus linderos, cuando se quiere hacer de ella un instrumento de lucha política, de aventura social. Ventura y desventura del hecho lírico, en países donde el analfabetismo ha sembrado profundamente su raíz sofocante.

Volviendo a Otto Raúl González, decimos que es un poeta lírico que ha dado muestras, a través de su obra, de rico talento y de profunda sensibilidad. Es uno de los pocos sobrevivientes del Grupo Acento que ha seguido un ininterrumpido camino de superación, hecho a base de encendida vocación y no desmayado sacrificio en pro de nuestra poesía.

Raúl Leiva. (Ciudad de Guatemala, 1916-, México, D. F., 1974). Poeta y ensayista guatemalteco. Perteneció a la Generación del 40 y fue secretario de la Revista de Guatemala, fundada por Luis Cardoza y Aragón. Salió al exilio tras la caída del gobierno de Jacobo Arbenz Guzmán. Su poesía entera se reúne en el volumen Palabra en el tiempo (Editorial Universitaria, Guatemala, 1975) y sus ensayos y críticas figuran en Batres Montúfar y la poesía (Ediciones Acento, Guatemala, 1944), Imagen de la poesía mexicana contemporánea (Universidad Nacional Autónoma de México, 1959) e Iluminaciones: crítica literaria (Editorial Letras, México, 1971). Su estudio acerca de Otto Raúl González procede de Los sentidos y el mundo (Editorial del Ministerio de Educación Pública, Guatemala, 1952).

Transcripción: Eddy Roma.

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